La monarquía que no pudo ser

Escrito por elrevisor 11-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La de Carmen Bolaños Mejías es una excelente tesis doctoral, un trabajo que aborda perfectamente el desafortunado reinado de Amadeo de Saboya entre 1871-1873, incidiendo con absoluta lucidez en lo que fue el sexenio democrático (1868-1874) y la Gloriosa Revolución del 19 de septiembre de 1868. El reinado de Amadeo de Saboya y la monarquía constitucional es un necesario retrato de aquellos días que prometieron democracia y modernidad y que terminaron de la peor manera posible con el regreso de los Borbones. También una reflexión importante de como los intereses de una casta pueden llegar a jugar de manera tan irresponsable con los intereses y necesidades de un país. El reinado de Amadeo de Saboya es una época triste por su desgraciado final, quizá si entonces hubiese tenido éxito un régimen democrático y moderno con un rey respetuoso con la constitución y la legalidad vigente España se hubiese ahorrado momentos muy desagradables, pero una vez más ganó el tradicionalismo, amparado por la familia Borbón.

¿Por qué estalló la revolución? Esta es una pregunta que creó que responde muy bien la autora. Los progresistas no podían acceder al poder por medios legales en tiempos de Isabel II. El general Prim vio bien que los Borbones tenían que irse para que su partido alcanzase el control del Estado. Los moderados habían monopolizado el poder. Había una clara contraposición entre progresismo liberal y tradicionalismo, estando la monarquía interesada en que esto último se consolidase. Entre los progresistas no había en principio ideas de sufragio universal ni especialmente democráticas, pero para que el golpe tuviese éxito necesitaba el apoyo de la población, hastiada por las crisis y harta de los impuestos injustos y del sistema de quintas. El partido que más conectaba con las clases populares era el demócrata, y Prim (que contaba con el apoyo del ejército) tuvo que ceder en varios puntos que en principio no tenía en mente. La adscripción al pacto de Ostende de los unionistas de Serrano terminó de sumar el último elemento conservador al proceso.

El que los progresistas de Prim acallasen desde el principio a las juntas revolucionarias evidencia hasta qué punto quiso que la revolución debía de limitarse a ser el gran golpe que llevase al poder a los progresistas, partido liberal pero no democrático. Desde el principio Prim actuó con formas autoritarias, imponiendo a su candidato para el trono de España, Amadeo de Saboya, sobre otras opciones. Los demócratas empezaban a mostrar claras simpatías por la república y Serrano siempre sugirió la vuelta de los Borbones después de las diferentes reformas que se llevaron a cabo. De hecho los unionistas siempre mostraron reticencias al sufragio universal masculino y el propio Serrano sugirió a Amadeo el suspender los derechos constitucionales, algo a lo que el hijo de Víctor Manuel II se negó.

El proceso de formación de la nueva monarquía no pudo ser más torpe. Se tardaron casi dos años en encontrar a un nuevo rey y se justificaba en la falta del mismo la razón por la que no se emprendían las reformas sociales más alarmantes. Las luchas internas llevaron al asesinato de Prim en la calle del turco cuando aún Amadeo no había llegado a España, primer golpe de efecto para hacer a la nueva monarquía totalmente inviable. La monarquía de Amadeo es toda una anomalía histórica al ser una monarquía electiva en pleno siglo XIX. Aparentemente no tiene mucho sentido el haber derrocado a Isabel II para buscar a otro rey, pero entonces la monarquía era una institución incuestionable en España.

Desde el momento en que llegó el nuevo rey, se le responsabilizaron de todos los males del país que ahora le acogía. Muy pronto se hizo evidente la nula tradición democrática de España, donde Sagasta como ministro de Gobernación amañaba elecciones sin ningún pudor y donde los gobiernos dimitían en masa ante lo que consideraban afrentas del parlamento. Solo en el primer año hubo tres gobiernos. Amadeo tuvo que luchar por el respeto de la Constitución de 1869, así como por el suyo propio, recibiendo desaires constantemente. Se le tachó de déspota al disolver temporalmente las Cortes, con lo que había buscado un período de reflexión ante las constantes crisis de gobierno.  Los rumores corrían por doquier, y a pesar de sus buenas intenciones no consiguió alzarse como la gran figura de estabilidad que entonces necesitaba el país. Fue objeto de dos atentados de los que salió ileso en el transcurso de un corto reinado de apenas un bienio.

Carmen Bolaños no hace un retrato en absoluto amable de los políticos de aquella época. La mayoría de ellos estaban ya en los tiempos de Isabel II y siguieron con la república y Alfonso XII, cobrando buenos sueldos a pesar de no estar para nada a la altura de las necesidades del país. Los unionistas al final fueron fieles colaboradores de la Restauración planeada por Antonio Cánovas del Castillo, mientras los progresistas de Sagasta y de Ruiz Zorrilla eran incapaces de ponerse de acuerdo para gobernar. Los propios progresistas dieron un nuevo impulso a la participación del ejército en política al servirse del él para acallar reivindicaciones demócratas, a la vez que estallaban los conflictos de Cuba y la tercera Guerra Carlista.

Bolaños dedica un apartado al problema de Cuba. Muchas de las principales personalidades del nuevo régimen tenían importantes intereses en la isla y en su sistema esclavista, razón por la cual las tesis abolicionistas siempre tuvieron problemas para ser debatidas. Los hacendados cubanos querían que se respetase su propiedad y que se aplicasen políticas proteccionistas frente al liberalismo septembrista, así pues en la isla los alfonsinos de Cánovas encontraron otro caldo de cultivo para preparar la Restauración. Todas las reformas se quedaban a medias. No se suprimió el sistema de quintas, ni los impuestos de consumo ni hubo una reforma agraria. El Estado español seguía financiando al clero católico (es decir financiaba a sus enemigos, pues una vez más la Iglesia estaba de lado de los tradicionalistas. No podían aceptar que hubiese libertad de culto ni que el rey de España fuese el hijo del unificador de Italia que había acabado con los Estados Pontificios) a la vez que se veía incapaz de sanear las arcas públicas.

La revolución fue un fracaso. Los partidos de la época representaban el interés de una casta, no los de la nación española, precisamente no triunfó por ello la monarquía democrática (a entender de Carmen Bolaños). El rey fue el que cumplió más escrupulosamente con el papel que le confería el marco constitucional que muchos políticos afirmaban había que revisar. Fue el primer experimento de una democracia (limitada pues aún no reconocía el derecho de voto para las mujeres) en España. Un intento de los progresistas para afianzarse en el poder aprovechándose de los anhelos del pueblo español. La falta de una tradición democrática y de un sistema de partidos moderno sumado a los intereses de la élite en las colonias y en mantener sin grandes cambios el sistema económico condujo de manera inevitable a la vuelta de los Borbones en la figura de Alfonso XII. Fue el peor desenlace posible sin duda alguna, y sin embargo leyendo a Bolaños parece casi evidente que no había otra posibilidad. Amadeo nunca tuvo muchas posibilidades como rey de España. Reinó con nobleza, pero la élite del momento no estaba interesada en un monarca con tantos escrúpulos democráticos.