El Revisor

Isabel II

España trágica

Escrito por elrevisor 26-12-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

El sexto volumen sobre la serie Historia de España que dirigen los historiadores Josep Fontana y Ramón Villares y que está escrita por el primero es una excelente síntesis sobre la implantación del liberalismo en el país y las causas que lo pusieron en la cola de Europa occidental, concluyendo de manera creo que muy correcta que no había comparación entre la ruina española y las potencias allende los pirineos y que es un disparate considerar su desastrosa situación política y social como algo “normal” y propio de la época. Su lectura es altamente recomendable y ayuda a entender como pocas obras la situación actual de España a la vez que es todo un placer leerlo porque está escrito con una agilidad tan deliciosa como poco habitual.

Lo mejor del libro es que va destrozando mitos de la historia española página a página desde el reinado de Carlos IV hasta el triste fracaso del sexenio democrático en 1874. Recalcando que Carlos IV, Manuel Godoy y Fernando VII dejaron que Napoleón saquease España a placer hace una radiografía muy interesante de la Guerra de Independencia donde el gran perjudicado fue el pueblo español (víctima del ejército napoleónico, de los aliados británicos y en última instancia de las propias guerrillas nacionales que necesitaban subsistir de alguna manera y que acabaron agrediendo a determinadas poblaciones) y en el que Napoleón lo que llevaba no era precisamente la democracia, sino la conquista y la opresión disfrazada inteligentemente en una monarquía pseudoconstitucional encabezada por José I (monarca bienintencionado pero de facto un mero títere de su hermano y que pintó bien poco en el desarrollo de los acontecimientos) en la que se planeaba la anexión francesa de Cataluña. El liberalismo radical de Cádiz fue posible plasmarlo en papel en ese contexto y no pudo implantarse de facto durante el trienio liberal (1820-1823) ante la vuelta de los franceses llamados de nuevo por esa lacra borbónica con la que España ha cargado ya demasiado tiempo.

En los albores de la Edad Contemporánea el clero católico alcanzó y fomentó un fanatismo extremo, deseoso de mantener su elevada posición política, social y económica y resultando en una fractura que llevaría al surgimiento de grupos guerrilleros ultrarrealistas primero y al estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) después. Por otra parte los líderes políticos españoles destacaron tanto por su ambición personal como por su escasa inteligencia. La guerra tardó en terminarse pues había más miedo en Madrid al propio liberalismo que a las fuerzas carlistas.

Lo que viene a defender Fontana a lo largo de toda la obra es que en el Nuevo Régimen se consolidaron en el poder tanto las viejas élites (Corona, clero y nobleza) como una nueva burguesía ascendente centrada en el comercio y un ejército al que se había metido irresponsablemente en política. Estas élites no se preocuparon en ningún momento de industrializar España ni de crear un sentimiento nacional a través de un sistema educativo moderno, pues solo estaban interesados en el enriquecimiento privado, alcanzándose altas cotas de corrupción en los que participaban todos ellos. Es muy significativo estudiar la carrera pública de personajes como Espartero que en tiempos de Fernando VII acalló los levantamientos liberales de Cataluña (a la que España debe muchísimo) con el loco conde de España para después hacerse el adalid del partido progresista o Serrano, quien también siguió con los realistas antes de 1833 para luego pasarse al bando liberal, ser amante de Isabel II, estar entre los revolucionarios de 1854 y entre los contrarrevolucionarios del 56 para sumarse a la del 68 y traicionar tanto a Prim como a Amadeo y aún tener una posición interesante en el sistema de la Restauración Borbónica.

El Estado liberal español decimonónico fue directamente criminal, acallando a sangre y fuego los motines populares contra los sistemas de quintas y consumos, tolerando la llegada de productos extranjeros sin proteger la industria nacional por miedo al creciente movimiento obrero, bombardeando la propia ciudad de Barcelona dos veces en la década de 1840 (Espartero y el propio Prim). En Cataluña encontramos movimientos demócratas y defensores de la soberanía nacional, del asociacionismo y una economía protegida en esta época. Unas reivindicaciones muy adelantadas dadas en la región que hizo que España no se convirtiese directamente en África. El terror (que en contra de unas creencias divulgadas muy interesadamente viene más del orden contrarrevolucionario que del revolucionario) con que la casta de Madrid aterrorizó Barcelona es solo una muestra de los medios que se aplicaron en el reinado de Isabel II para hacer imposible el progreso y la democracia. Es una vergüenza que las grandes calles de la capital de España lleven los nombres de los políticos de aquella época y tengan monumentos a los mismos.

No había conciencia nacional entre los gobernantes ni por supuesto en la figura regia, todo estaba orientado a sus turbios negocios. Nada bueno sacó España de las guerras emprendidas durante la época de O´Donnell y la Unión liberal (1856-1868) y es muy triste que la guerra fuese el único recurso utilizado para crear un sentimiento de unidad. No es casualidad que países que se tomaron más enserio el sistema educativo lograsen con éxito la unificación (Italia y Alemania) mientras que la unión con Portugal fue imposible y nunca planteada seriamente. Las universidades españolas estaban a la cola del mundo civilizado y el sistema educativo primario en manos de una Iglesia que no aceptó el liberalismo hasta 1891 y seguía siendo retrógrada a más no poder. El analfabetismo español era muy superior a finales del siglo al de Francia, Italia y Alemania. Las carreras técnicas tuvieron un desarrollo muy pobre mientras que se estudiaba en masa Derecho para medrar en una administración desastrosa y espesa.

El propio sexenio democrático vino dado por una revolución dirigida en gran parte por la casta de siempre, pues recordemos que el progresista era un partido apartado del gobierno central por moderados y unionistas, a lo que se suma que en 1868 el régimen isabelino era ya insostenible y difícilmente legitimable.  Septiembre de 1868 fue un golpe necesario para que gran parte de la élite se mantuviese donde había estado siempre, si en un determinado momento una monarquía democrática fue posible todo se vino abajo con el asesinato de Prim en la calle del turco en diciembre de 1870. Pero recuérdese (vuelvo a recomendar la tesis doctoral de Carmen García Bolaños sobre el reinado de Amadeo I, reseñada en este blog) que nunca se cumplieron las reivindicaciones populares y que la Primera República fracasó por tímida y no por radical (ni mucho menos como indica Fontana). También es muy llamativo que la bandera tricolor fuese la ondeada por los grupos republicanos de 1868.

Este ensayo alumbra perfectamente los difíciles enredos políticos españoles desde 1808 (fecha en la que España ya se encontraba en una situación bastante difícil después de un siglo XVIII absolutamente mediocre) hasta 1874, atendiendo con precisión igualmente las grandes dificultades sociales y la llegada de las ideas revolucionarias así como su puesta en práctica. La conclusión de Fontana de que las políticas aplicadas en este corto siglo XIX no fueron un fracaso porque no se proponían el desarrollo del país me parece bastante lúcida y certera. “España” fue un proyecto imposible y en el siglo XX las consecuencias serían desastrosas.  


Aquellos diez curiosos años

Escrito por elrevisor 31-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

liberalismo.jpg

Excelente acercamiento a la historia social, política y económica española de la primera mitad del siglo XIX constituye el gran trabajo de Carlos Marichal que lleva por título La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España. 1834-1844. Un estudio profundo en el que la comparación del avance del liberalismo español con el de las otras potencias europeas (especialmente Francia e Inglaterra) es una constante. El recorrido de un período revolucionario muy tenso socialmente que concluyó en 1844 con la consagración de la dictadura del partido moderado, la cual se extendió hasta 1868.

España, como país apartado de Europa tras la frontera pirenaica, presentó muchas singularidades en lo que al avance del liberalismo se refiere. Las ideas liberales tuvieron un tiempo de fructífera reflexión y madurez en el exilio impuesto por el reaccionario gobierno de Fernando VII desde 1823 hasta l833. Por una parte los liberales se ponían al día de las nuevas ideas de Europa y establecían fuertes lazos con hombres influyentes de Francia e Inglaterra, por otra en España se iba consolidando el futuro carlismo, apoyado por el clero que no aceptaba el fin de su hegemonía política y económica, el campesinado del País Vasco, Navarra, y el Maestrazgo catalán que recelaba de los nuevos planteamientos económicos y una parte de la aristocracia más reaccionaria, no solo de España sino de todo el continente. Marichal insiste en la importancia que tendría el conflicto carlista y en los intereses internacionales que en él se jugaron. Con la guerra civil emprendida en Portugal por el pretendiente Don Miguel la carlista es el único conflicto en que la nueva coyuntura económica mueve a los grupos más tradicionalistas al enfrentamiento bélico directo y abierto.

El estado de guerra llevó a María Cristina de Borbón (que para nada compartía las nuevas ideas) a pactar con los liberales, dejando a los más radicales ocupar el gobierno, caso de Mendizábal que llevó a cabo una más que necesaria desamortización de las tierras eclesiásticas. Durante la guerra que fue de 1833-1839 los liberales toman posiciones en Madrid, explotó una gran cultura de concienciación política difundida a través de una nueva prensa y se consiguió sacar adelante la Constitución de 1837, dejando de lado el Estatuto Real de 1834, fervientemente defendido por la regente.

En todo momento María Cristina actuó como la mayoría de los miembros de su familia, con mucha más ambición que inteligencia, con movimientos absolutamente irresponsables como la aprobación de una impopular ley de ayuntamientos que llevaría al motín de la granja de 1836. Carlos Marichal no se centra especialmente en las intrigas de palacio, las cuales abundan en el mucho más mediocre estudio de Carmen Llorca, Isabel II y su tiempo donde incide en la educación que recibió la hija de Fernando VII. Una educación basada en rezar, cantar y pronunciar algunas palabras en francés. La que fue reina de España entre 1843 y 1868 cometía faltas ortográficas constantes. Una delicia para manipular por parte del partido moderado. Según las estadísticas de las que se sirve Marichal en 1840 el 90% de la población era analfabeta y el sistema universitario era anacrónico. No es una burrada afirmar que la propia reina era una analfabeta funcional. Por su parte una vez más los intereses de los Borbones iban al margen de los del pueblo español, evidencia de ello fueron las prácticas corruptas de María Cristina, una de las principales fortunas del mundo.

Marichal narra muy bien los cambios ideológicos que van transcurriendo a lo largo de esos años, como la nobleza apoya el liberalismo por miedo a la gran rebelión campesina del carlismo, como el ejército pasa de ser el gran baluarte de las ideas progresistas al gran bastión de los moderados ante el hartazgo de tantos años de inestabilidad y fases revolucionarias, como por lo mismo el partido progresista se fue haciendo más conservador y como al finalizar la guerra contra los carlistas los moderados se reafirmaron en varios principios propios del Antiguo Régimen, defendiendo por ejemplo el derecho de la Iglesia Católica al diezmo.

Durante la regencia de Espartero y los anteriores gobiernos progresistas el sufragio estaba considerablemente más extendido que en Francia, numerosos derechos políticos como los de prensa y reunión eran reconocidos. España no era un país aparentemente atrasado en logros políticos, de hecho en esto era de los más avanzados, pero era evidente que ante tanto caos social el creciente enfrentamiento entre moderados y progresistas la dictadura era esperable. Se definieron a grandes rasgos dos bandos con su prensa y su apoyo armado, de los cuales los moderados de Narváez salieron como claros vencedores ante la torpeza política de Espartero, que estaba entregando el país a las garras del librecambismo inglés que destruiría la industria textil catalana. El terrible bombardeo de Barcelona de 1842 fue su sentencia. Espartero era como su predecesora en la regencia, mucho más ambicioso que inteligente. Los dos abandonaron España en barco y los dos todavía tendrían que desestabilizar la realidad política en el futuro.

El libro concluye con un análisis de la situación económica y las causas del atraso español. Una de las principales razones de este atraso fue la escasa formación de las élites, también el poco interés de los terratenientes en invertir en mejoras técnicas agrarias siendo España un país agrario. La debilidad política y de la armada hizo de una España proteccionista un caramelo para los contrabandistas ingleses, franceses y norteamericanos. El país dependió cada vez más de las importaciones, limitando esto sus posibilidades de industrializarse, además de que estaba endeudado con los banqueros de Francia e Inglaterra que habían apoyado al bando liberal en la guerra carlista. La excepción fue Cataluña, región que se industrializó enormemente y que desde la primera mitad del siglo XIX tuvo problemas de tensión social entre los trabajadores y los patronos. Barcelona fue una ciudad de enormes tensiones donde encontraron eco muchas ideas de izquierda y de republicanismo.

En conclusión La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España. 1834-1844 es una gran radiografía de la sociedad española de la época desde una perspectiva del materialismo histórico bastante sólida y convincente a pesar de que se trate de un trabajo de los años setenta. Su principal punto flaco es el apartado cultural, si bien su estudio de la prensa de la época es correcto el autor ignora la efervescencia del radicalismo romántico, del cual muchos autores participaron activamente en la vida política y plasmaron su visión de la sociedad en su obra. Pienso por supuesto en el excelente José de Espronceda (1808-1842), políticamente muy exaltado y autor de numerosos artículos sobre la realidad política de su tiempo además de muchos poemas como 2 de mayo o A la traslación de las cenizas de Napoleón. Dejando esto de lado se trata hasta el momento del mejor libro que he leído sobre la situación política de aquellos años, quizá porque destaca grandes logros políticos momentáneos que no se suelen resaltar.