El Revisor

Felipe IV

Reconsideraciones sobre el Conde Duque de Olivares

Escrito por elrevisor 14-01-2015 en Historia de España. Comentarios (0)

La obra de John Elliot sobre el Conde Duque de Olivares se acerca a muchas cuestiones que Gregorio Marañón dejó sin plantear en la primera biografía del hombre fuerte del reinado de Felipe IV entre 1621 y 1643. Va mucho más allá del personaje, contextualizándole con buen rigor en la mentalidad de una Monarquía Hispánica bien consciente de que ya no era lo que había sido y en una Europa a punto de explotar en una serie de guerras y revoluciones que definitivamente dejaron a las potencias mediterráneas en un segundo orden. Mientras Marañón apenas salía de la corte para hacer un estudio psicológico de Gaspar de Guzmán, Elliot atiende con gran rigor toda la política exterior, así como los grandes problemas que trajeron en su desarrollo una patente desarticulación de la administración interna de la Monarquía.

Desde luego no se trataba de un válido al estilo clásico (como por ejemplo los Duques de Lerma y Uceda en tiempos de Felipe III.  Elliot  llega a cuestionarse si “valido” es un término correcto para referirse a él) pues de verdad trató de hacer de Felipe IV un gran soberano. Recordemos que en 1621 el nuevo monarca contaba con apenas 16 años, y tenía que hacer frente a no pocos problemas. Guzmán trató de conformar un gobierno con un rey firme que contase a su vez con un ministro fuerte, mucho se le debe en la formación intelectual del Rey Planeta. Ahora bien, si Felipe era inteligente, culto, con un buen gusto poco común y de cuerpo atlético padecía el mal de los Habsburgo del que ya hablaba Marañón, una timidez y falta de confianza que se agravaba con el paso de las generaciones. A esa carencia se unía una explosiva mezcla de pasión por el bello sexo y una religiosidad excesiva que le llevaba a sentirse directo responsable de todos los males que afectaban a sus reinos. Pocos eran quienes estaban capacitados para encabezar aquel gigantesco imperio con pies de barro, y Felipe no era uno de ellos… y el Conde Duque tampoco estuvo a la altura.

Convencido de que se necesitaba una regeneración moral de la población y la recuperación de las buenas costumbres castellanas el Conde Duque de Olivares planteó toda una serie de reformas económicas, administrativas y cívicas. Su aspiración era la formación de un Estado español que fuese más allá de la reunión de varias coronas bajo un mismo rey. Dicho Estado debería estar bien unificado, tener una administración eficaz capaz de recuperarse de la crisis económica y crear un fuerte sentimiento nacional que fuese más allá de Castilla al permitir a gentes de los demás reinos ascender en su administración y a la inversa, castellanos en la administración de los otros países que conformaban entonces la monarquía. El proyecto era muy ambicioso, pero apenas consiguió ninguno de sus objetivos debido al estado constante de guerra.

Elliot desarrolla muy bien lo que en la época era el concepto de “reputación” por el cual había que evitar toda paz que diese una sensación de debilidad. También la idea de que una alianza entre los Habsburgo castellanos y los alemanes debía garantizar la paz y la estabilidad en el continente, lo que explica la intervención que resultaría funesta en la Guerra de los treinta años. En esta situación, Olivares nunca planteó (ni recibió) una paz aceptable por parte de los holandeses. Si hasta finales de la década de 1620 parecía que la monarquía había recuperado su antiguo vigor lo cierto es que ampliar aún más los frentes abiertos en la guerra de Mantua fue el gran error de toda su política. Había insistido desde el principio en recuperar el belicismo de unos tiempos idealizados en exceso y protagonizados por Fernando de Aragón, Carlos V y Felipe II. Elliot incide en que el recuerdo en Castilla (y seguramente también en Aragón) de Felipe II era bastante crítico a su muerte, para luego quedar como una época heroica según avanzaba el reinado de Felipe III (1598-1621) con una política exterior timorata y claramente dominado por Lerma. El recuperar esta política exterior agresiva puede justificarse en parte por la mentalidad de la época, pero no hizo de Olivares un político precisamente popular.

Para Elliot una de las consecuencias de su mandato fue el haber arrastrado a la aristocracia y al clero a unas posiciones ultraconservadores al resistirse a sus reformas, lo que explica su radical oposición al reformismo del XVIII, en gran parte deudor de los proyectos de Olivares. También habría que destacar la desestructuración de todo un imperio, al no haber encontrado más que en la guerra un nexo común entre todos los súbditos de Felipe IV. De este modo Portugal alcanzaría su independencia y Aragón luchó fuertemente por ella. La segunda mitad del siglo vería una cierta estabilidad e igualamiento con Francia (muerto ya Richelieu y destrozada por la Fronda) pero para entonces Olivares ya había desaparecido. Su legado es difícil de juzgar, aunque desde luego no tuvo que ser agradable vivir bajo su mandato.


Psicoanálisis a un Conde Duque ambicioso y a un rey simpático

Escrito por elrevisor 18-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

La biografía de Gaspar de Guzmán redactada por el médico español Gregorio Marañón a finales de los años treinta del siglo pasado y que lleva por título El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar es más una obra literaria que un estudio firmemente histórico. Un análisis naturalista de la personalidad no solo del hombre fuerte en la primera época de Felipe IV (entre 1621 y 1643), sino también del propio rey y de la corte española. Escrito con una genialidad realmente admirable, peca sin embargo de dejar de lado el derrumbe de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en los diferentes escenarios en Europa, de las relaciones internacionales y prácticamente de todo lo que fuese más allá de la Corte. Si bien en lo referente a este entorno es bastante preciso. La obra es totalmente demoledora con aquellos ilustres genios que formaron la última generación de los siglos de oro. Aquellos poetas que para medrar y ascender no dejaban de adular al Conde Duque y a Felipe IV. El que sin duda fue más lamentable en este aspecto fue Quevedo, quien alabó al Conde Duque en poemas y comedias para luego volverse contra él tras caer en desgracia por oscuros motivos.

El pequeño prólogo con el que Marañón abre su obra (publicada en 1936) es una verdadera joya y un análisis interesante de la personalidad humana, en lucha constante entre el destacar y el subordinarse, la pasión de mandar es algo muy humano que a veces llega a unos límites insospechado, siendo los momentos críticos idóneos para el alzamiento de dictadores que la padecen, caso de Gaspar de Guzmán.

En el prólogo ya se aprecian todas las intenciones del autor, que reniega de hacer un estudio propiamente histórico. Marañón aprovecha la vida de Olivares para estudiar este curioso fenómeno psicológico. A partir de aquí inicia un estudio riguroso de su vida desde una perspectiva médica y naturalista. Para Marañón todo está determinado por los genes y el entorno, por lo que estudia a la familia del Conde Duque y la situación de aquellas instituciones políticas en las que se movió. Tiene gran importancia en la obra el concepto nietzscheano de la voluntad (de hecho está dedicada a Azorín, cuya obra más importante tiene precisamente este título, La voluntad). Olivares tenía una ambición desmedida, al nivel de su fuerza de voluntad. Frente a esto encontramos a un Felipe IV incapaz totalmente de tomar decisiones y que se sirvió de otros privados tras la caída de Olivares (Luis de Haro y Sor María).

Tiene apuntes y desvaríos bastante curiosos. Para Marañón los dictadores se diferenciaban por su forma física. Así contraponía a un Olivares grande y obeso caracterizado por los grandes ademanes y la importancia de las formas frente a un Richelieu alto, escuálido, austero y cruel. Es muy crítico con este último y muy condescendiente con el primero. Olivares fue un desastre político para la Monarquía Hispánica, un megalómano con ansias de grandezas política y militar que acabó rendido ante la realidad.

No puedo sino rechazar muchos de sus juicios. Exculpa a Olivares de los desastres que sufrió la Monarquía en aquella época. El Conde Duque heredó una situación política con una situación exterior controlada, aunque miserable en el interior. Decidió  recuperar el espíritu de las campañas de Carlos V y de Felipe II, lo cual fue un desastre. Marañón señala que fue un político anacrónico, pero esa política que reemprendió fue la que había arruinado a esa Castilla que según Marañón tanto amó y que en realidad hundió todavía más. Sus intentos de unificar las distintas coronas en un gran estado español fueron llevadas de manera torpe, y teniendo como objeto el mantener las guerras que había reabierto en Holanda. Por no hablar de negarse a establecer una alianza matrimonial con Inglaterra. Todo en él fueron errores desastrosos. Es realmente cómico cuando Marañón apunta que Portugal y España no podían estar juntas por motivos biológicos.

Es interesante lo que dice de que los Austrias tenían poca voluntad, y que está fue siendo aún menor según pasaron las generaciones. Para él de los reyes de esta familia Carlos I despertaba admiración, Felipe II respeto, Felipe III indiferencia, Felipe IV simpatía y Carlos II lástima. Es una afirmación lúcida, aunque yo no comparta en absoluto su admiración a Carlos I. Mucho menos comparto las simpatías a Felipe IV ¿Quién puede sentir simpatías por un rey que pide consejos militares a una monja que no sabe nada de la guerra? ¿Un rey que representa la lujuria y el "donjuanismo" sexual y que a la vez impone rigurosas leyes morales"? Felipe IV casi impone la misma lástima que su hijo hechizado. Ciertamente no se puede negar que el Rey Planeta gozase de un buen gusto para el arte poco habitual y de una elegancia exquisita. Un gran mecenas y un rey penoso. Simpático solo a ratos.

Marañón veía más culpables de la situación al pueblo "vago y holgazán" que al rey y a su ministro. Esa afirmación era obscena e injusta. El texto está brillantemente escrito. Marañón fue un intelectual de merecida reputación pero, como el mismo afirma en el prólogo, no era historiador. Solo se sirvió de la Historia para desplegar sus teorías biológicas y científicas. Sin duda gracias a su clásico podemos entender mejor a Gaspar de Guzmán como hombre, pero no las consecuencias de sus actos políticos. Como hombre nos encontramos con un megalómano de ambición desmedida y tendencias depresivas, obsesionado con perpetuar su linaje y encabezar ejércitos en gloriosas batallas. Como político a un iluso en gran medida, que fue estafado por varios arbitristas, que no tenía ni idea de economía y que en muchas ocasiones careció de escrúpulos. Marañón niega que quisiera tener apartado a Felipe IV  de la vida política, más bien lo contrario, pero el rey era demasiado débil. Ciertamente eso lo evidencia el hecho de que siguió sirviéndose de ministros todopoderosos.

Como conclusión señalar que se trata de una obra recomendable desde el punto de vista literario. Una biografía con todo el espíritu de la Generación del 98. Como análisis de esa época tiene un valor bastante limitado.