El Revisor

Frustradas memorias de África

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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Manuel Iradier Bulfy (1854-1911) fue sin duda uno de los grandes intelectuales de la España decimonónica, garantizando un mayor entendimiento de África con su excepcional obra África. Viajes y trabajos de la Asociación Eúskara La Exploradora. Resultó también clave en la consolidación en las tierras del Golfo de Guinea de una colonia española, en pleno reparto del continente negro. Este explorador vitoriano que viajó a la isla de Fernando Poo con veinte años recién cumplidos y que hizo aportaciones importantes en lo que se refiere a la geografía del territorio, y análisis antropológicos de primera magnitud, fue objeto de marginación en su tiempo y de olvido por parte de las generaciones siguientes. Las biografías a las que he tenido acceso son un rotundo fracaso, hablo de la redactada por Ricardo Majó Framis en 1954, Las generosas y primitivas empresas de Manuel Iradier Bulfy en la Guinea española. El hombre y sus hechos y de la más reciente de Ángel Martínez Salazar, Manuel Iradier. Las azarosas empresas de un explorador de quimeras.

El desinterés y la apatía siempre han sido sentimientos muy presentes en las relaciones que España ha establecido con lo que hoy es la Guinea Ecuatorial. En la época colonial apenas fue objeto de interés para los distintos gobiernos hasta que en el año 1898 España fue definitivamente desplazada de América, siendo pues esa pequeña colonia perdida en el África una de sus últimas posesiones de ultramar. Pero no se vio nunca a Guinea como una extensión de España, solo era una colonia en el sentido más estricto. Sus habitantes eran súbditos del Estado español, no ciudadanos, y el régimen constitucional (cuando lo había en la península) no afectaba a esta población. Como país independiente, no parece suscitar un gran interés entre los españoles, a pesar de ser la única zona de África donde el español es el idioma oficial.

Cuando nos referimos a la colonización de Guinea  hablamos de una parte de la historia de España que genera poco interés, exactamente el mismo que generó cuando se estaba produciendo. En el momento en que Manuel Iradier realizó sus expediciones al país muy pocos en la península se dieron cuenta de lo que estaba pasando, especialmente con la realizada a mediados de la década de 1870. Ambas expediciones contaron con muy poco apoyo estatal, pues Antonio Cánovas del Castillo no quería saber nada de arriesgadas aventuras en el extranjero, y era el hombre fuerte de la España de finales de siglo. Hablamos de un proyecto que salió adelante en gran parte por el impulso personal de Iradier, ferviente admirador de las aventuras de Henry Morton Stanley, con quien mantuvo una entrevista en Vitoria en junio de 1873.

Las aportaciones intelectuales y políticas de Iradier no fueron reconocidas en vida. Sus viajes a África mermaron seriamente su salud además de arruinarlo económicamente. Su vida está plagada de desgracias familiares, con una hija muerta de fiebre en Fernando Poo, suicidios y el fracaso de su matrimonio. A esto se sumaron los fracasos de todas y cada una de las actividades empresariales que emprendió y la desagradable disputa que mantuvo con el doctor asturiano y compañero de su segundo viaje, Amado Osorio y Zavala.

Desgraciadamente las biografías a las que me he referido inciden bastante más en estas vicisitudes de su vida que en lo que realmente supusieron sus expediciones. De estas prácticamente se limitan a una pobre reescritura de sus trabajos. Iradier no fue objeto de interés hasta que en el franquismo se produjo una nueva obesesión por África y por sus posibilidades políticas, por lo que se aprovechó el centenario de su nacimiento (1954) para celebrar una serie de conferencias en Madrid y Vitoria. En dichas conferencias se procedió a analizar su vida como un gran cúmulo de inmerecidas desgracias y se le dibujó como a un abnegado patriota que lo había hecho todo por España. España habría quedado apartada del reparto del continente negro por la ineptitud y cobardía de algunos políticos y por la maldad de sus vecinos europeos. Manuel Iradier quedó como un mártir y los análisis sobre la formación de la Guinea española resultaban horriblemente pobres.

Las biografías de Framis y Salazar son fieles a este espíritu, aunque la de Framis está cargada de comentarios racistas y chauvinistas de una manera obscena. De dichos comentarios se encuentra depurada la de Salazar, que aunque hace una reseña biográfica interesante de la vida de Amado Osorio (extravagante personaje que era vegetariano y dormía vestido y de quien no he hallado hasta el momento ningún estudio sobre su vida) se puede definir como un lamento constante por las dificultades que marcaron la vida del vitoriano. Hasta ahora el autor con el que mejor he comprendido a Iradier ha sido José Antonio Rodríguez Esteban, en su Geografía y colonialismo. La sociedad geográfica de Madrid (1876-1936).

Iradier y las sociedades geográficas fueron claves a la hora de introducir a España en el reparto del continente africano. Las importantes crisis internas del país no le permitían soñar con ambiciosos planes de expansión colonial, por lo que la colonización de Guinea fue en gran parte una empresa privada. De la gestión española poco bueno hay que decir, pero la obra de Iradier es una joya de la antropología. Hablamos de un personaje que está a la altura de sus contemporáneos Stanley, Pierre de Brazza y Henry Livingstone. Explorador del África y gran intelectual, Framis y Salazar han  sido incapaces de contextualizarle como se merece.


Hagiografía de un intelectual

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La biografía de Manuel Fernández Álvarez acerca de Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) ya lo dice todo con su título,Jovellanos, el patriota. Texto de 2001 que parece redactado hace más de sesenta años y que solo está bien para conocer un par de datos sobre la vida del ilustrado gijonés, pero que por lo demás es enormemente condescendiente.

Jovellanos, el patriotano no profundiza en absoluto en lo que era España durante la segunda mitad del siglo XVIII, limitándose a repetir un par de clichés sobre el reinado del "buen rey Carlos III". Insiste en que entre el reinado de Carlos III (1759-1788) y el de Carlos IV (1788-1808) hubo un brusco cambio en la orientación política, algo que carece de sentido si se estudia el gabinete ministerial conformado por Manuel Godoy, ocupando el propio Jovellanos la cartera de Gracia y Justicia. La mayor parte de los cambios consecuencia del miedo a la Revolución Francesa se habrían impuesto igualmente con Carlos III, como evidencia la actitud de Floridablanca (ministro todopoderoso con dicho rey) en la frontera pirenaica.

La biografía no deja de ser también totalmente injusta con Manuel Godoy. Es cierto que era un advenedizo, como muchos de los principales ministros del siglo (Ripperdá y Alberoni con Felipe V o el propio Floridablanca con Carlos III son buenos ejemplos de ello), pero como recuerda John Lynch, Godoy solo se consagró cuando se hizo evidente que los políticos de la época anterior no sabían reaccionar ante la nueva situación que se vivía en Europa. Godoy practicó en exceso el nepotismo, pero no era más corrupto que la mayoría de sus predecesores. Fernández Álvarez también obvia el impulso que Jovellanos recibió del nuevo favorito para publicar su Informe sobre la ley agraria.

Una buena biografía de este intelectual debería haber insistido más en la esencia de la Ilustración española, sobre todo en la caída en desgracia del probablemente pensador español más radical del siglo de las luces, Pablo de Olavide, condenado como hereje por el tribunal de la Inquisición en plena época carlostercerista. También en los efectos que tuvo en el panorama educativo la expulsión de los jesuitas en 1767 y el sistema endogámico que triunfaba en los colegios medios y mayores de toda España.  En vez de eso tenemos una visión bastante amable y, sobretodo, tergiversada de la situación del país en aquella época. Una concepción en la que el poder regio prácticamente carece de responsabilidades en lo que a las crisis y fracasos se refiere. Cuando habla de los males del campo a raíz de la redacción del Informe de la ley agrariano no los relaciona con el fracaso de la administración borbónica a lo largo de todo el siglo.

En La España de la Ilustración (1700-1833)los historiadores franceses Jean-Pierre Amalric y Lucienne Domergue consideran a Jovellanos el intelectual más importante de todo el siglo XVIII, resaltando la repercusión de su pensamiento, que no de su obra política. Ciertamente nunca gozó de gran poder político. Aunque también es muy interesante todo su ascenso por la carrera judicial, Manuel Fernández Álvarez pierde otra oportunidad de oro para evidenciar un sistema judicial que era totalmente injusto y anticuado, además de sumamente cruel. Esto no le impide horrorizarse por los excesos de la Revolución Francesa, cuando los sistemas de gobierno borbónicos fueron más salvajes en el uso de la justicia en muchas ocasiones (solo recordar la salvaje represión que Carlos III impuso en América tras la rebelión de Tupac Amaru en 1781)

La actitud de Jovellanos ante los acontecimientos que estallaron en Francia en 1789 es muy interesante. Admirador del modelo político inglés y de la Constitución francesa de 1791, aunque enemigo radical de alcanzar esos logros mediante la violencia de una revolución. Manuel Fernández Álvarez incluso muestra algunos fragmentos de cartas en los que el gijonés llega a considerar que el modelo republicano podía llegar a aplicarse si llegaba el momento. Sin duda una de las consideraciones más lúcidas de Jovellanos sobre la nueva situación internacional fue el ver inmediatamente en Napoleón Bonaparte a un tirano y a un dictador.

Jovellanos sería víctima de intrigas políticas y del exilio (como muchas otras figuras importantes del momento, caso del Conde de Aranda). Recluido en Bellver a comienzos del siglo XIX para luego ser liberado con el ascenso al trono de Fernando VII. Renunció a participar en el gobierno de José I. Esta es la peor parte de la biografía de Fernández Álvarez, señalando que se decidió a luchar por la libertad y que no podía aceptar el constitucionalismo y el nuevo régimen liberal si venía de mano de un régimen extranjero. No cuestiono aquí la integridad política de Melchor Gaspar de Jovellanos, pero sí el nacionalismo rancio del biógrafo, quien solo ve en su biografiado a un justo y honesto patriota, un modelo cívico a seguir. Se encuentra muy cómodo escribiendo sobre alguien que legitimaba al régimen borbónico con planteamientos reformistas. Los Borbones perdieron toda legitimidad al regalar España a Napoleón.

El gobierno importado de Francia era una gran mentira (solo hay que ver las notas al pie de Napoleón a su edición de El príncipede Maquiavelo para ver hasta qué punto traicionaba todos los logros de la Revolución Francesa), pero el nuevo gobierno liberal no carecía tampoco de grandes contradicciones, al jurar lealtad a un rey cuya correspondencia con el emperador francés evidencia un total desentendimiento de los acontecimientos que tenían lugar en España.

Rafael Sánchez Mantero muestra en su biografía del rey felón (también del año 2001), la total desconexión entre los principios liberales promulgados en Cádiz en 1812 y las aspiraciones del pueblo español en ese momento, que solo ansiaba echar a los franceses, acabar con la guerra y volver a la normalidad. Esto se volvería a repetir con el trienio liberal (1820-1823), cuando las masas campesinas se opusieron de nuevo radicalmente a los cambios. Se trataba de un liberalismo para propietarios que no les beneficiaba más que el modelo previo. Aunque sería injusto no reconocer sus logros, como el poner fin a la Inquisición y el declarar numerosas libertades.

La de Jovellanos es la vida de un intelectual que observa atentamente los núcleos de poder, cultura, justicia y economía en un siglo muy duro y complejo que precede a una época revolucionaria. Sin duda una buena biografía debe ser también un excelente trabajo sobre la España dieciochesca en todos sus campos. La de Manuel Fernández Álvarez no es esa biografía. Es un trabajo horrible y en absoluto recomendable.


La monarquía que no pudo ser

Escrito por elrevisor 11-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La de Carmen Bolaños Mejías es una excelente tesis doctoral, un trabajo que aborda perfectamente el desafortunado reinado de Amadeo de Saboya entre 1871-1873, incidiendo con absoluta lucidez en lo que fue el sexenio democrático (1868-1874) y la Gloriosa Revolución del 19 de septiembre de 1868. El reinado de Amadeo de Saboya y la monarquía constitucional es un necesario retrato de aquellos días que prometieron democracia y modernidad y que terminaron de la peor manera posible con el regreso de los Borbones. También una reflexión importante de como los intereses de una casta pueden llegar a jugar de manera tan irresponsable con los intereses y necesidades de un país. El reinado de Amadeo de Saboya es una época triste por su desgraciado final, quizá si entonces hubiese tenido éxito un régimen democrático y moderno con un rey respetuoso con la constitución y la legalidad vigente España se hubiese ahorrado momentos muy desagradables, pero una vez más ganó el tradicionalismo, amparado por la familia Borbón.

¿Por qué estalló la revolución? Esta es una pregunta que creó que responde muy bien la autora. Los progresistas no podían acceder al poder por medios legales en tiempos de Isabel II. El general Prim vio bien que los Borbones tenían que irse para que su partido alcanzase el control del Estado. Los moderados habían monopolizado el poder. Había una clara contraposición entre progresismo liberal y tradicionalismo, estando la monarquía interesada en que esto último se consolidase. Entre los progresistas no había en principio ideas de sufragio universal ni especialmente democráticas, pero para que el golpe tuviese éxito necesitaba el apoyo de la población, hastiada por las crisis y harta de los impuestos injustos y del sistema de quintas. El partido que más conectaba con las clases populares era el demócrata, y Prim (que contaba con el apoyo del ejército) tuvo que ceder en varios puntos que en principio no tenía en mente. La adscripción al pacto de Ostende de los unionistas de Serrano terminó de sumar el último elemento conservador al proceso.

El que los progresistas de Prim acallasen desde el principio a las juntas revolucionarias evidencia hasta qué punto quiso que la revolución debía de limitarse a ser el gran golpe que llevase al poder a los progresistas, partido liberal pero no democrático. Desde el principio Prim actuó con formas autoritarias, imponiendo a su candidato para el trono de España, Amadeo de Saboya, sobre otras opciones. Los demócratas empezaban a mostrar claras simpatías por la república y Serrano siempre sugirió la vuelta de los Borbones después de las diferentes reformas que se llevaron a cabo. De hecho los unionistas siempre mostraron reticencias al sufragio universal masculino y el propio Serrano sugirió a Amadeo el suspender los derechos constitucionales, algo a lo que el hijo de Víctor Manuel II se negó.

El proceso de formación de la nueva monarquía no pudo ser más torpe. Se tardaron casi dos años en encontrar a un nuevo rey y se justificaba en la falta del mismo la razón por la que no se emprendían las reformas sociales más alarmantes. Las luchas internas llevaron al asesinato de Prim en la calle del turco cuando aún Amadeo no había llegado a España, primer golpe de efecto para hacer a la nueva monarquía totalmente inviable. La monarquía de Amadeo es toda una anomalía histórica al ser una monarquía electiva en pleno siglo XIX. Aparentemente no tiene mucho sentido el haber derrocado a Isabel II para buscar a otro rey, pero entonces la monarquía era una institución incuestionable en España.

Desde el momento en que llegó el nuevo rey, se le responsabilizaron de todos los males del país que ahora le acogía. Muy pronto se hizo evidente la nula tradición democrática de España, donde Sagasta como ministro de Gobernación amañaba elecciones sin ningún pudor y donde los gobiernos dimitían en masa ante lo que consideraban afrentas del parlamento. Solo en el primer año hubo tres gobiernos. Amadeo tuvo que luchar por el respeto de la Constitución de 1869, así como por el suyo propio, recibiendo desaires constantemente. Se le tachó de déspota al disolver temporalmente las Cortes, con lo que había buscado un período de reflexión ante las constantes crisis de gobierno.  Los rumores corrían por doquier, y a pesar de sus buenas intenciones no consiguió alzarse como la gran figura de estabilidad que entonces necesitaba el país. Fue objeto de dos atentados de los que salió ileso en el transcurso de un corto reinado de apenas un bienio.

Carmen Bolaños no hace un retrato en absoluto amable de los políticos de aquella época. La mayoría de ellos estaban ya en los tiempos de Isabel II y siguieron con la república y Alfonso XII, cobrando buenos sueldos a pesar de no estar para nada a la altura de las necesidades del país. Los unionistas al final fueron fieles colaboradores de la Restauración planeada por Antonio Cánovas del Castillo, mientras los progresistas de Sagasta y de Ruiz Zorrilla eran incapaces de ponerse de acuerdo para gobernar. Los propios progresistas dieron un nuevo impulso a la participación del ejército en política al servirse del él para acallar reivindicaciones demócratas, a la vez que estallaban los conflictos de Cuba y la tercera Guerra Carlista.

Bolaños dedica un apartado al problema de Cuba. Muchas de las principales personalidades del nuevo régimen tenían importantes intereses en la isla y en su sistema esclavista, razón por la cual las tesis abolicionistas siempre tuvieron problemas para ser debatidas. Los hacendados cubanos querían que se respetase su propiedad y que se aplicasen políticas proteccionistas frente al liberalismo septembrista, así pues en la isla los alfonsinos de Cánovas encontraron otro caldo de cultivo para preparar la Restauración. Todas las reformas se quedaban a medias. No se suprimió el sistema de quintas, ni los impuestos de consumo ni hubo una reforma agraria. El Estado español seguía financiando al clero católico (es decir financiaba a sus enemigos, pues una vez más la Iglesia estaba de lado de los tradicionalistas. No podían aceptar que hubiese libertad de culto ni que el rey de España fuese el hijo del unificador de Italia que había acabado con los Estados Pontificios) a la vez que se veía incapaz de sanear las arcas públicas.

La revolución fue un fracaso. Los partidos de la época representaban el interés de una casta, no los de la nación española, precisamente no triunfó por ello la monarquía democrática (a entender de Carmen Bolaños). El rey fue el que cumplió más escrupulosamente con el papel que le confería el marco constitucional que muchos políticos afirmaban había que revisar. Fue el primer experimento de una democracia (limitada pues aún no reconocía el derecho de voto para las mujeres) en España. Un intento de los progresistas para afianzarse en el poder aprovechándose de los anhelos del pueblo español. La falta de una tradición democrática y de un sistema de partidos moderno sumado a los intereses de la élite en las colonias y en mantener sin grandes cambios el sistema económico condujo de manera inevitable a la vuelta de los Borbones en la figura de Alfonso XII. Fue el peor desenlace posible sin duda alguna, y sin embargo leyendo a Bolaños parece casi evidente que no había otra posibilidad. Amadeo nunca tuvo muchas posibilidades como rey de España. Reinó con nobleza, pero la élite del momento no estaba interesada en un monarca con tantos escrúpulos democráticos.

Si se hicieron anarquistas no fue casualidad

Escrito por elrevisor 09-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)


Toda una serie de reflexiones sobre la Historia como ciencia, sobre el movimiento anarquista, la figura de Buenaventura Durruti y la dificultad que tenemos los hijos de la sociedad de consumo para entender a los hombres y mujeres de los años veinte y treinta del siglo XX. Como señala Leval “Para comprender la desesperación de estos hombres y explicar sus acciones, es preciso haber visto la miseria, la terrible miseria que reinaba entonces en España”. Todo esto encontramos en el libro de Enzensberger que lleva por título El corto verano de la anarquía (vida y muerte de Durruti), un trabajo en el que se suceden múltiples voces de testigos de aquellos tiempos. Una historia coral que nos permite replantearnos varios principios historiográficos, ya dice el autor que todo lo que es letra impresa parece incuestionable y académicamente inamovible.

El libro es bueno porque golpea. Mientras se va explicando el desarrollo del anarquismo en España se van entendiendo a partir de los contemporáneos las miserias de aquella sociedad que tanto producía y que tan mal repartía. Recuerda aquella parte tan vergonzosa y lamentable de nuestra historia española en la que el propio Estado apoyado por la alta burguesía armaba bandas de pistoleros para atacar y matar a quemarropa a sindicalistas. Dentro de nuestra endeble memoria colectiva solo los anarquistas eran los violentos, pero es muy interesante ver en esta historia espléndida del anarquismo español como el Estado siempre quiso criminalizar a los anarquistas. Los periódicos y otros medios siempre relacionaban cualquier crimen con ellos, a pesar de carecer de pruebas. Esto recuerda al momento posiblemente más lamentable de la historia de nuestra policía, cuando en los años ochenta del siglo XIX se inventaron una banda criminal anarquista, la mano negra, de la nada para poder asesinar con total impunidad a campesinos ideologizados por la Internacional en Jerez. Son manchas que hemos olvidado, precisamente por eso no podemos entender a los anarquistas.

El libro expone muy bien la postura moral ideal de estos grupos. Robaban y asaltaban bancos pero nunca pretendían quedarse ellos con el dinero, sino que iba para la CNT. No se casaban pero nunca tenían más de una pareja, tampoco bebían en exceso. Hay un peligroso parecido con la ética burguesa calvinista en este aspecto. Quizá con mucha razón el gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo de los anarquistas que eran unos decadentes y unos nihilistas como los cristianos al negar la vida, al negarse a sí mismos dándolo todo a una estructura superior.

También es interesante el cómo aborda el asunto de la mujer dentro del movimiento. El anarquismo declaraba la completa igualdad entre hombres y mujeres, si bien a raíz de testimonios como el de Émilienne Morin (“esposa” de Durruti) vemos que esto también tenía sus limitaciones.

Todo gira en torno a la vida y siete muertes de Buenaventura Durruti, el anarquista español más emblemático. Rebelde por naturaleza, entró a formar parte de los solidarios y de la CNT después de ser expulsado de la UGT por su violencia durante la Huelga General de 1917. Su compromiso con la causa le granjeó el aurea de mito entre sus compañeros. Durruti es la excusa perfecta para analizar las incongruencias de un movimiento que supuestamente rechazaba el culto a la personalidad y carecía de líderes. Pero también intenta responder a la misma pregunta que el documental Buenaventura Durruti anarquista (altamente recomendable) y es que ¿Quién era Durruti? Después de una dictadura de casi cuarenta años solo nos ha quedado el mito, pero como dice Enzensberger “Las mentiras y los mitos contienen algo de verdad”. A través del testimonio de quienes le trataron puede alcanzarse si no una respuesta convincente a esta pregunta sí al menos una idea de la impresión que causó este hombre en su tiempo.

Ciertamente era un hombre de acción, no un revolucionario de salón. Fue consciente de que vivió en la época del todo o nada y dio su vida por destruir a la sociedad (nunca se explica lo suficiente lo cruel e injusta que era esa sociedad) que oprimía a la mayoría de la población. Dio su vida por ello, pasando largas temporadas en la cárcel y siendo varias veces condenado a muerte. En este punto es importante la honestidad sin igual que le atribuyeron sus compañeros, un hombre que había atracado varios bancos y robado millones no tenía nada en el momento de su extraña muerte. Un par devotas, unas gafas de sol, unos prismáticos y dos pistolas.

Enzensberger explica que la II República española estuvo muy lejos de ser un régimen revolucionario, se trataba más bien de la consecuencia lógica de la monarquía acabada de Alfonso XIII. El reformismo fue especialmente limitado en lo que a clases trabajadoras se refiere y la represión contra la CNT especialmente fuerte. El régimen legal era hijo directo del anterior, y heredaba los mismos problemas: una situación social insostenible. El orden se mantuvo a duras penas, y con el estallido de la Guerra Civil la revolución estalló en Barcelona, el comunismo libertario fue una realidad durante un breve lapso de tiempo, suficiente para despertar de la utopía.

Con la guerra los anarquistas tuvieron que sacrificar sus principios más elementales en pro de la eficiencia. Valores como la libertad o la renuncia a cualquier tipo de liderazgo se esfumaron. Durruti se alzó como un líder militar que impuso disciplina a sus hombres, disponiendo en ocasiones de la vida de ellos. En Barcelona el trabajo en las fábricas controladas por la CNT se tornó en una obligación incuestionable, el propio Durruti mandó a trabajar a los gitanos. El que en su día había sido un firme defensor de la libertad y enemigo de la explotación se convirtió en el conflicto en lo que más había odiado. Él mismo tenía miedo de que se sacrificase la revolución en favor de la disciplina como en la Rusia Soviética, y al final fue lo que sucedió. El corresponsal de guerra Ehrenburg no dibuja de manera muy favorable al líder de los anarquistas, quien a pesar de negar que fuera eso se permitía hablar en nombre del movimiento a la prensa británica. No hay duda de que era un jefe y líder, Enzensberger narra su grandioso funeral, señalando que era más propio de un rey.

¿Cómo murió Durruti? No tengo ni idea. Las siete tesis parecen razonables. Tras su muerte en Madrid la guerra siguió. El anarquismo fue perdiendo fuerza, traicionado por el gobierno de la Generalitat de Cambó (cosas que nunca cambian, ayer y hoy solo interesados en su estatuto), por los comunistas (partido totalmente aburguesado según Enzensberger) y por el PSOE (¿Para qué hablar de este partido?) La Guerra fue mucho más que un conflicto entre oprimidos y opresores, fue también una guerra de intereses a nivel internacional. Una guerra entre países.

El fin de la guerra fue el fin de toda una época en España en lo que a lucha de clases se refiere. Se impuso el silencio y ahora cada vez que miramos atrás somos incapaces de empatizar con estos grupos de comunistas, anarquistas y demás revolucionarios. Como si hubiese sido un sueño en la historia del país, como si no tuviésemos nada en común. Va siendo hora de rescatarlos del olvido y sobre todo del desprecio.