El Revisor

Psicoanálisis a un Conde Duque ambicioso y a un rey simpático

Escrito por elrevisor 18-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

La biografía de Gaspar de Guzmán redactada por el médico español Gregorio Marañón a finales de los años treinta del siglo pasado y que lleva por título El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar es más una obra literaria que un estudio firmemente histórico. Un análisis naturalista de la personalidad no solo del hombre fuerte en la primera época de Felipe IV (entre 1621 y 1643), sino también del propio rey y de la corte española. Escrito con una genialidad realmente admirable, peca sin embargo de dejar de lado el derrumbe de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en los diferentes escenarios en Europa, de las relaciones internacionales y prácticamente de todo lo que fuese más allá de la Corte. Si bien en lo referente a este entorno es bastante preciso. La obra es totalmente demoledora con aquellos ilustres genios que formaron la última generación de los siglos de oro. Aquellos poetas que para medrar y ascender no dejaban de adular al Conde Duque y a Felipe IV. El que sin duda fue más lamentable en este aspecto fue Quevedo, quien alabó al Conde Duque en poemas y comedias para luego volverse contra él tras caer en desgracia por oscuros motivos.

El pequeño prólogo con el que Marañón abre su obra (publicada en 1936) es una verdadera joya y un análisis interesante de la personalidad humana, en lucha constante entre el destacar y el subordinarse, la pasión de mandar es algo muy humano que a veces llega a unos límites insospechado, siendo los momentos críticos idóneos para el alzamiento de dictadores que la padecen, caso de Gaspar de Guzmán.

En el prólogo ya se aprecian todas las intenciones del autor, que reniega de hacer un estudio propiamente histórico. Marañón aprovecha la vida de Olivares para estudiar este curioso fenómeno psicológico. A partir de aquí inicia un estudio riguroso de su vida desde una perspectiva médica y naturalista. Para Marañón todo está determinado por los genes y el entorno, por lo que estudia a la familia del Conde Duque y la situación de aquellas instituciones políticas en las que se movió. Tiene gran importancia en la obra el concepto nietzscheano de la voluntad (de hecho está dedicada a Azorín, cuya obra más importante tiene precisamente este título, La voluntad). Olivares tenía una ambición desmedida, al nivel de su fuerza de voluntad. Frente a esto encontramos a un Felipe IV incapaz totalmente de tomar decisiones y que se sirvió de otros privados tras la caída de Olivares (Luis de Haro y Sor María).

Tiene apuntes y desvaríos bastante curiosos. Para Marañón los dictadores se diferenciaban por su forma física. Así contraponía a un Olivares grande y obeso caracterizado por los grandes ademanes y la importancia de las formas frente a un Richelieu alto, escuálido, austero y cruel. Es muy crítico con este último y muy condescendiente con el primero. Olivares fue un desastre político para la Monarquía Hispánica, un megalómano con ansias de grandezas política y militar que acabó rendido ante la realidad.

No puedo sino rechazar muchos de sus juicios. Exculpa a Olivares de los desastres que sufrió la Monarquía en aquella época. El Conde Duque heredó una situación política con una situación exterior controlada, aunque miserable en el interior. Decidió  recuperar el espíritu de las campañas de Carlos V y de Felipe II, lo cual fue un desastre. Marañón señala que fue un político anacrónico, pero esa política que reemprendió fue la que había arruinado a esa Castilla que según Marañón tanto amó y que en realidad hundió todavía más. Sus intentos de unificar las distintas coronas en un gran estado español fueron llevadas de manera torpe, y teniendo como objeto el mantener las guerras que había reabierto en Holanda. Por no hablar de negarse a establecer una alianza matrimonial con Inglaterra. Todo en él fueron errores desastrosos. Es realmente cómico cuando Marañón apunta que Portugal y España no podían estar juntas por motivos biológicos.

Es interesante lo que dice de que los Austrias tenían poca voluntad, y que está fue siendo aún menor según pasaron las generaciones. Para él de los reyes de esta familia Carlos I despertaba admiración, Felipe II respeto, Felipe III indiferencia, Felipe IV simpatía y Carlos II lástima. Es una afirmación lúcida, aunque yo no comparta en absoluto su admiración a Carlos I. Mucho menos comparto las simpatías a Felipe IV ¿Quién puede sentir simpatías por un rey que pide consejos militares a una monja que no sabe nada de la guerra? ¿Un rey que representa la lujuria y el "donjuanismo" sexual y que a la vez impone rigurosas leyes morales"? Felipe IV casi impone la misma lástima que su hijo hechizado. Ciertamente no se puede negar que el Rey Planeta gozase de un buen gusto para el arte poco habitual y de una elegancia exquisita. Un gran mecenas y un rey penoso. Simpático solo a ratos.

Marañón veía más culpables de la situación al pueblo "vago y holgazán" que al rey y a su ministro. Esa afirmación era obscena e injusta. El texto está brillantemente escrito. Marañón fue un intelectual de merecida reputación pero, como el mismo afirma en el prólogo, no era historiador. Solo se sirvió de la Historia para desplegar sus teorías biológicas y científicas. Sin duda gracias a su clásico podemos entender mejor a Gaspar de Guzmán como hombre, pero no las consecuencias de sus actos políticos. Como hombre nos encontramos con un megalómano de ambición desmedida y tendencias depresivas, obsesionado con perpetuar su linaje y encabezar ejércitos en gloriosas batallas. Como político a un iluso en gran medida, que fue estafado por varios arbitristas, que no tenía ni idea de economía y que en muchas ocasiones careció de escrúpulos. Marañón niega que quisiera tener apartado a Felipe IV  de la vida política, más bien lo contrario, pero el rey era demasiado débil. Ciertamente eso lo evidencia el hecho de que siguió sirviéndose de ministros todopoderosos.

Como conclusión señalar que se trata de una obra recomendable desde el punto de vista literario. Una biografía con todo el espíritu de la Generación del 98. Como análisis de esa época tiene un valor bastante limitado.


¿Quién fue Felipe II?

Escrito por elrevisor 12-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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Creo que los españoles merecemos una respuesta convincente a esta pregunta ¿Quién se esconde bajo esa leyenda negra que ha marcado para siempre la visión de la Historia de España? ¿Un monarca digno de ser tachado de cruel, tirano, fanático, perverso y malvado? Felipe II ha despertado siempre sentimientos muy dispares entre los historiadores, pero fue la fecha del quinto centenario de su muerte, 1998, la que marcó un cambio en el trato dispensado a este rey. El resultado ha sido una bibliografía opuesta a la visión tradicional, resaltando sus virtudes y describiéndole como un hombre de su tiempo. Creo que dos de las obras más reseñables sobre este monarca y las consecuencias de sus actos son La España de Felipe II de Joseph Pérez y Felipe II: La biografía definitiva de Geoffrey Parker.

Ambos autores coinciden en presentarle como un príncipe del renacimiento. Parker es bastante insistente no solo en su educación, sino en resaltar también su faceta más artística. El joven príncipe conocía muy bien las ideas venidas de Europa, estando al tanto de obras tan revolucionarias como la de Copérnico, pero él mismo se dedicó también de joven a la pintura y a la poesía. Joseph Pérez defiende que con su reinado (1556-1598) se produjo un vuelco ideológico con respecto al ambiente cultural de la época de Carlos V (1516-1556), aunque no habría sido una cuestión del nuevo rey. Pérez desmonta el mito de un Carlos V liberal y moderno frente a un Felipe II excesivamente conservador. Para acallar el incipiente protestantismo en las ciudades de Sevilla y Valladolid recién coronado Felipe II y Carlos V recluido en Yuste, fue el padre el que insistió con más ahínco en reprimir con excesiva dureza dichos focos. Poco antes, cuando Felipe era rey consorte de Inglaterra, no hizo gala de ningún acto de fanatismo con respecto a la población protestante. Estos dos ejemplos nos muestran que los hechos no fueron tan simples.

Pérez está muy lejos de defender al rey prudente ciegamente. Señala que hizo honor a su sobrenombre al comienzo de su reinado, al hacer exigencias moderadas a una Francia hundida por la derrota de San Quintin (1557) y en el resto de cuestiones en general. Esta prudencia desaparece totalmente en los años finales del reinado. El rey intentó imponer en Francia a su hija Isabel Clara Eugenia como reina. También mandó al Duque de Alba cruzar las fronteras de Portugal con su ejército  en un momento en que el país ya casi le había jurado lealtad a su nuevo rey. Lo del Duque de Alba terminó con el saqueo de la misma Lisboa y un resentimiento entre los portugueses que crecería hasta estallar en 1640. Las órdenes que dio a Alejandro Farnesio de invadir Francia desde Flandes a comienzos de 1590 condenó (según Pérez) a perder una guerra que se alargaría ochenta años.

Tanto Pérez como Parker desmontan la figura que la leyenda negra ha transmitido de Felipe II, pero la nueva imagen tampoco es agradable en absoluto. Pérez le tacha de excesivamente tímido e incluso de cobarde, a raíz de abandonar a su amigo Carranza a las garras de la Inquisición en 1559. Los dos coinciden en que era también muy inseguro, y con esta inseguridad jugó todo lo que quiso Antonio Pérez. Un rey frío y distante que ordenó matar representantes de Flandes en Madrid cuando estallaba el conflicto los Países Bajos, haciéndolo pasar por muerte natural. Pérez también resalta su personalidad celosa, al pretender siempre rodearse de mediocres.

Parker es mucho más amable a la hora de describirle. Destaca el dolor que padeció ante la enfermedad que sufrió su hijo Don Carlos y como la tragedia afectó a las relaciones entre padre e hijo. También el afecto que sintió por su tercera esposa, Isabel de Valois, y por la hija de ambos, Isabel Clara Eugenia. Hombre en extremo ordenado, amante de la limpieza y totalmente inexpresivo, hasta el punto de que muchas veces era imposible deducir su estado de humor o lo que estaba pensando. Sin embargo, es Pérez el que más insiste en desmontar la idea de que era un fanático religioso. La religiosidad del rey se amoldaba plenamente a las ideas de su tiempo. Consideraba que los súbditos debían compartir la fe del rey por cuestiones de Estado, así por ejemplo  intentó mantener unas relaciones cordiales con la Inglaterra anglicana de Isabel I (1558-1603). Mientras Francia se hundía en ocho guerras civiles por cuestiones de intolerancia religiosa, él insistía en mantener abierto el frente de Flandes, cuya guerra no era tanto por motivos religiosos, pues los flamencos querían recuperar las relaciones con el rey de la época de Carlos V. En una época donde aún no se puede hablar de idea de nación eran la fe y el monarca lo que unía a los súbditos. Más aún en un conglomerado tan enorme y de culturas tan variadas como era la Monarquía Hispánica.

Ciertamente en aquella época España no existía como unidad política. La Monarquía Hispánica era un conjunto de estados que por herencia acabaron recayendo en la familia de los Austrias. Todo lo que afectaba a las leyes, a la justicia, a la economía o a la lengua variaba de un reino a otro. En esta situación política tan particular Castilla era el motor económico y también el cultural. Pero Pérez insiste en que no existía el estado español, no así la idea de España.

Pérez y Parker describen una situación cultural muy estimulante en aquel mundo hispánico. En esta situación Felipe II se alzó como el gran mecenas de las artes y las letras, pero también impulsó enormemente la geografía, lográndose gracias a su iniciativa un mayor conocimiento de la topografía de la península. También fue una buena época para las matemáticas, en un momento de renovación arquitectónica, y para los estudios de las cultura clásica y hebraica. Estos autores insisten en que bajo su reinado encontramos un ambiente muy propicio para el desarrollo intelectual. Pérez pone el ejemplo de que la obra de Copérnico no entró en el Índice de los libros prohibidos hasta comienzos del siglo XVII. Con Felipe II la Inquisición se mostró hostil frente a las obras de teología y filosofía, no siendo especialmente beligerante con los escritos de ciencias exactas y naturales.

A su muerte el rey era tremendamente impopular. Cervantes escribía sonetos satíricos sobre su persona y circulaban numerosos chistes por las ciudades. Pérez es tajante, sus súbditos eran más pobres cuando murió que cuando fue coronado. Parker señala que el enorme coste de las fastuosas y gigantescas celebraciones fúnebres, celebradas a lo largo de toda la Monarquía, no le hicieron especialmente más querido. Las costas eran saqueadas y las arcas estaban en un estado crítico. Parker apunta que la memoria española no lo rescató hasta prácticamente el reinado de Felipe IV (1621-1665). Cuando la monarquía se derrumbaba y perdía la supremacía en Europa en Castilla se tomó conciencia de que había tenido un rey respetado en el exterior, y sobre todo temido. Irónicamente el Conde Duque de Olivares había retomado su beligerancia, apartada en gran parte en tiempos del mucho más calmado Felipe III (1598-1621).

Como conclusión muestro toda mi conformidad con Joseph Pérez cuando señaló que el rey impuso sobre los intereses nacionales de Castilla sus intereses dinásticos. Carlos V y Felipe II desestructuraron la economía de un país potente en pro de su megalomanía. Parker considera, creo que con acierto, que de esa época quien gobernó con más conciencia nacional fue Isabel de Portugal, regente durante la ausencia de su marido. Se otorgaron privilegios a banqueros genoveses, italianos y flamencos y se sacrificó la potente industria castellana para conseguir créditos de manera rápida. Tras eso resultó más beneficioso dedicarse al rentismo y se consagró el tópico de que los españoles eran unos vagos. La península ibérica quedó apartada de las nuevas formas económicas y condenada a la pobreza y el estancamiento. Obviamente el de Felipe II no es un buen legado.