El desastroso rey Carlos

Escrito por elrevisor 19-05-2014 en Historia de España. Comentarios (9)


Existen dos ensayos que facilitan el entendimiento del desastroso reinado de Carlos III (1759-1788). Uno es Carlos III y la España de la Ilustración de Domínguez Ortiz, el otro, La España del siglo XVIII, es de John Lynch. La lectura de estas dos obras (sobre todo la de Lynch) permite entrever que el Borbón y sus ministros estuvieron muy lejos de llevarse por el espíritu ilustrado y que sus acciones estuvieron más orientadas por la improvisación, ante la falta de un modelo de gobierno establecido, y las propias querellas internas de la casta política del momento.

La de Domínguez Ortiz hace un repaso de la vida del monarca, incluyendo apuntes interesantes de su estancia en Nápoles. El autor muestra simpatías evidentes hacia su figura, lo que no le evita hacer juicios bastante correctos y acertados sobre los efectos del reinado, optando por un estudio sectorial antes que una revisión cronológica. Analiza sus relaciones con la Iglesia, la nobleza, la evolución social y la situación americana. Estimula una serie de reflexiones sobre la historiografía española, poco dada a la autocrítica y muy amiga de las palmaditas en la espalda. Es injusto afirmar tajantemente que Carlos III fue un gran déspota ilustrado, cuando Carlos IV heredó un reino hundido económicamente en 1788 y preparado ya para perder sus posesiones americanas. Quizá para mitificar a Carlos III fue necesario degradar enormemente a Carlos IV y a Manuel Godoy, como si hubiesen heredado una buena situación. Al respecto John Lynch afirma que lo que diferencia a ambas etapas no es el estar imbuida la primera de tintes progresistas (ni muchísimo menos) y la segunda de un espíritu completamente reaccionario. Para Lynch la diferencia es la fuerza. La de Carlos III era una España que podía soportar la improvisación, y donde los errores no te condenaban al exilio y la abdicación.

Es mentira eso de que la Historia pone a cada uno en su lugar, condenando así a no entender correctamente el transcurso de una época. Godoy y Floridablanca no se diferenciaban demasiado, de hecho el ministro de Carlos III era bastante más conservador, y gozó durante la mayor parte del reinado del "rey filósofo" (cuyos gustos estaban muy lejos de la literatura, la música o nada lejanamente cercano a la estimulación de un pensamiento filosófico) de un poder que en nada tuvo que envidiar al de Manuel Godoy.

Algo muy bueno de la obra de Domínguez Ortiz es que combina perfectamente la biografía personal del rey con el desarrollo más político de su reinado, incidiendo en aquellos aspectos de su personalidad que más ayudan a explicar sus decisiones, como su total aversión a los cambios o el celo de su poder absoluto. La obra no está completamente cerrada al período que va de 1759 a 1788, sino que también analiza la evolución del estado español desde la coronación de Felipe V a comienzos del siglo XVIII. John Lynch profundiza aún más en los reinados anteriores. Carlos III brilló como un hombre sereno en un siglo de reyes locos, pero tanto Ortiz como Lynch inciden en que estaba muy, muy lejos de ser brillante.

No hay duda de que la política exterior de Carlos III estuvo muy lejos de ser la deseada. Supusieron un gran lastre económico para el desarrollo del país los tres conflictos en los que se introdujo. Esta política exterior supuso una ruptura brusca con la llevada a cabo por su hermanastro Fernando VI, monarca que odiaba la guerra y se negó a entrar en ningún conflicto en los escasos trece años que reinó. Hubiese sido inteligente mantener esta actitud. En el XVIII la capacidad bélica española estaba muy lejos de ser una sombra de lo que había sido en los tiempos de Carlos V y de Felipe II. John Lynch señala que el ejército español no estaba a la altura de ninguna gran potencia europea, y que armada tenía una función claramente disuasoria, al ser potente pero dirigida por almirantes incompetentes. La marina debía intimidar desde los puertos, pero evitar los grandes enfrentamientos. La alianza con Francia hizo parecer a España algo que no era, un imperio sólido.

Domínguez Ortiz pretende justificar este abandono de la política de neutralidad. España era un país lo suficientemente importante y lo bastante grande como para abstenerse de participar en algunas de las guerras que se dieron a lo largo del mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, además de que no podía tolerar el creciente predominio británico en los mares. Son dos razones de peso, sin embargo todas las guerras de este reinado fueron un absoluto error. Primero la de los siete años (1756-1763), pues para cuando Carlos III decidió participar al poco de ser coronado rey de España en apoyo de los franceses, estos ya prácticamente habían perdido la guerra. Era muy improbable que la entrada de España cambiase el rumbo de un enfrentamiento que ya tenía en Gran Bretaña un claro vencedor. La guerra llegó a la península al enfrentarse también al Portugal del Marqués de Pombal y los desastres no tardaron en llegar, siendo ocupadas Cuba y parte de Filipinas. La guerra terminó con la renuncia de Florida y desventajosos tratados comerciales con los británicos. En compensación Francia entregó la Luisiana, que era en su mayoría un territorio desconocido y sin colonizar.

¿Y qué decir del interesadamente olvidado ataque a la ciudad de Argel en 1775 que también acabó en fracaso? Solo fue otra sangrante herida más a una economía española que empezaba a vislumbrar ya una crisis que no pararía en lo que quedaba de siglo. Pero sin duda el mayor error de la política exterior de Carlos III fue el apoyo dado a los rebeldes americanos en su guerra contra los británicos. A favor de Carlos III juega, como señala Ortiz, el que de este modo España quedaba como la gran potencia europea en América del Norte, a la vez que asestaba un golpe bestial a Gran Bretaña. Pero Ortiz, obviamente, defiende más la postura de Aranda (entonces embajador en París) que de Floridablanca. El primero entendió perfectamente la evidente contradicción que suponía el apoyar a unos colonos a levantarse contra su rey "legítimo" (¿Algún rey es legítimo?). Apoyar a unas colonias a levantarse frente a la metrópoli. Es muy interesante lo que señala Domínguez Ortiz de que los estadounidenses jamás reconocieron el apoyo español y de que ya antes de acabar la guerra ambicionaban extenderse a Florida y obtener derechos de comercio por el río Grande. España impulsaba así lo que para muchos es la primera revolución moderna. No tardaría en pagar las consecuencias.

Pero el asunto de las trece colonias es más grave para Lynch, pues los ministros de Carlos III quisieron asestar el golpe sin reconocer directamente a los rebeldes. Todo esto ocurría mientras en la América española el rey mandaba a José de Gálvez a desmontar la escasa industria que había, marginar a los criollos de la administración y subir los impuestos a límites insospechados. América se había mantenido fiel a España durante la Guerra de Sucesión, no ocurriría lo mismo con la Guerra de Independencia.

Y al final ¿Qué? Cuando murió el rey ilustrado, cuando el rey reformista desapareció del mapa aún seguían en España la Inquisición, los mayorazgos, las manos muertas, las aduanas internas y los privilegios. No fueron reformas muy profundas, ni mucho menos. Carlos IV y Fernando VII harían el ridículo en Bayona, pero no hay que olvidar como el padre y abuelo se había asustado por muchísimo menos en Madrid, durante los motines de 1766. Domínguez Ortiz cree que Carlos III habría mantenido la dignidad en la misma situación que sus sucesores, yo discrepo.