El Revisor

Siglo XX

Si se hicieron anarquistas no fue casualidad

Escrito por elrevisor 09-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)


Toda una serie de reflexiones sobre la Historia como ciencia, sobre el movimiento anarquista, la figura de Buenaventura Durruti y la dificultad que tenemos los hijos de la sociedad de consumo para entender a los hombres y mujeres de los años veinte y treinta del siglo XX. Como señala Leval “Para comprender la desesperación de estos hombres y explicar sus acciones, es preciso haber visto la miseria, la terrible miseria que reinaba entonces en España”. Todo esto encontramos en el libro de Enzensberger que lleva por título El corto verano de la anarquía (vida y muerte de Durruti), un trabajo en el que se suceden múltiples voces de testigos de aquellos tiempos. Una historia coral que nos permite replantearnos varios principios historiográficos, ya dice el autor que todo lo que es letra impresa parece incuestionable y académicamente inamovible.

El libro es bueno porque golpea. Mientras se va explicando el desarrollo del anarquismo en España se van entendiendo a partir de los contemporáneos las miserias de aquella sociedad que tanto producía y que tan mal repartía. Recuerda aquella parte tan vergonzosa y lamentable de nuestra historia española en la que el propio Estado apoyado por la alta burguesía armaba bandas de pistoleros para atacar y matar a quemarropa a sindicalistas. Dentro de nuestra endeble memoria colectiva solo los anarquistas eran los violentos, pero es muy interesante ver en esta historia espléndida del anarquismo español como el Estado siempre quiso criminalizar a los anarquistas. Los periódicos y otros medios siempre relacionaban cualquier crimen con ellos, a pesar de carecer de pruebas. Esto recuerda al momento posiblemente más lamentable de la historia de nuestra policía, cuando en los años ochenta del siglo XIX se inventaron una banda criminal anarquista, la mano negra, de la nada para poder asesinar con total impunidad a campesinos ideologizados por la Internacional en Jerez. Son manchas que hemos olvidado, precisamente por eso no podemos entender a los anarquistas.

El libro expone muy bien la postura moral ideal de estos grupos. Robaban y asaltaban bancos pero nunca pretendían quedarse ellos con el dinero, sino que iba para la CNT. No se casaban pero nunca tenían más de una pareja, tampoco bebían en exceso. Hay un peligroso parecido con la ética burguesa calvinista en este aspecto. Quizá con mucha razón el gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo de los anarquistas que eran unos decadentes y unos nihilistas como los cristianos al negar la vida, al negarse a sí mismos dándolo todo a una estructura superior.

También es interesante el cómo aborda el asunto de la mujer dentro del movimiento. El anarquismo declaraba la completa igualdad entre hombres y mujeres, si bien a raíz de testimonios como el de Émilienne Morin (“esposa” de Durruti) vemos que esto también tenía sus limitaciones.

Todo gira en torno a la vida y siete muertes de Buenaventura Durruti, el anarquista español más emblemático. Rebelde por naturaleza, entró a formar parte de los solidarios y de la CNT después de ser expulsado de la UGT por su violencia durante la Huelga General de 1917. Su compromiso con la causa le granjeó el aurea de mito entre sus compañeros. Durruti es la excusa perfecta para analizar las incongruencias de un movimiento que supuestamente rechazaba el culto a la personalidad y carecía de líderes. Pero también intenta responder a la misma pregunta que el documental Buenaventura Durruti anarquista (altamente recomendable) y es que ¿Quién era Durruti? Después de una dictadura de casi cuarenta años solo nos ha quedado el mito, pero como dice Enzensberger “Las mentiras y los mitos contienen algo de verdad”. A través del testimonio de quienes le trataron puede alcanzarse si no una respuesta convincente a esta pregunta sí al menos una idea de la impresión que causó este hombre en su tiempo.

Ciertamente era un hombre de acción, no un revolucionario de salón. Fue consciente de que vivió en la época del todo o nada y dio su vida por destruir a la sociedad (nunca se explica lo suficiente lo cruel e injusta que era esa sociedad) que oprimía a la mayoría de la población. Dio su vida por ello, pasando largas temporadas en la cárcel y siendo varias veces condenado a muerte. En este punto es importante la honestidad sin igual que le atribuyeron sus compañeros, un hombre que había atracado varios bancos y robado millones no tenía nada en el momento de su extraña muerte. Un par devotas, unas gafas de sol, unos prismáticos y dos pistolas.

Enzensberger explica que la II República española estuvo muy lejos de ser un régimen revolucionario, se trataba más bien de la consecuencia lógica de la monarquía acabada de Alfonso XIII. El reformismo fue especialmente limitado en lo que a clases trabajadoras se refiere y la represión contra la CNT especialmente fuerte. El régimen legal era hijo directo del anterior, y heredaba los mismos problemas: una situación social insostenible. El orden se mantuvo a duras penas, y con el estallido de la Guerra Civil la revolución estalló en Barcelona, el comunismo libertario fue una realidad durante un breve lapso de tiempo, suficiente para despertar de la utopía.

Con la guerra los anarquistas tuvieron que sacrificar sus principios más elementales en pro de la eficiencia. Valores como la libertad o la renuncia a cualquier tipo de liderazgo se esfumaron. Durruti se alzó como un líder militar que impuso disciplina a sus hombres, disponiendo en ocasiones de la vida de ellos. En Barcelona el trabajo en las fábricas controladas por la CNT se tornó en una obligación incuestionable, el propio Durruti mandó a trabajar a los gitanos. El que en su día había sido un firme defensor de la libertad y enemigo de la explotación se convirtió en el conflicto en lo que más había odiado. Él mismo tenía miedo de que se sacrificase la revolución en favor de la disciplina como en la Rusia Soviética, y al final fue lo que sucedió. El corresponsal de guerra Ehrenburg no dibuja de manera muy favorable al líder de los anarquistas, quien a pesar de negar que fuera eso se permitía hablar en nombre del movimiento a la prensa británica. No hay duda de que era un jefe y líder, Enzensberger narra su grandioso funeral, señalando que era más propio de un rey.

¿Cómo murió Durruti? No tengo ni idea. Las siete tesis parecen razonables. Tras su muerte en Madrid la guerra siguió. El anarquismo fue perdiendo fuerza, traicionado por el gobierno de la Generalitat de Cambó (cosas que nunca cambian, ayer y hoy solo interesados en su estatuto), por los comunistas (partido totalmente aburguesado según Enzensberger) y por el PSOE (¿Para qué hablar de este partido?) La Guerra fue mucho más que un conflicto entre oprimidos y opresores, fue también una guerra de intereses a nivel internacional. Una guerra entre países.

El fin de la guerra fue el fin de toda una época en España en lo que a lucha de clases se refiere. Se impuso el silencio y ahora cada vez que miramos atrás somos incapaces de empatizar con estos grupos de comunistas, anarquistas y demás revolucionarios. Como si hubiese sido un sueño en la historia del país, como si no tuviésemos nada en común. Va siendo hora de rescatarlos del olvido y sobre todo del desprecio.


Portugal en el siglo XX. La agonía de un Imperio

Escrito por elrevisor 01-09-2014 en Historia de Portugal. Comentarios (0)

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El siglo XX se traduce en fenómenos muy singulares en Portugal, país muy orgulloso de su larga tradición colonial y que empezaba el siglo con una sistema liberal débil que ni en su forma monárquica ni republicana fue capaz de hacer frente a los numerosos problemas económicos y sociales que la golpeaban. En Portugal el problema colonial fue aún más acusado que en otras potencias de Europa al considerar sus posesiones ultramarinas una cuestión firmemente identitaria, un legado de la Edad Moderna. En el siglo XX el régimen portugués se enfrentó contra los nuevos tiempos en una lucha perdida de antemano por mantener su modelo colonial. Las guerras en ultramar y el desprestigio internacional hicieron mella en el régimen salazarista, el país desembocó en la revolución del 25 de abril de mano de aquellos que más habían sufrido manteniendo el imperio, los militares. Dos manuales que sintetizan a la perfección esta época son El Portugal de Salazar de Hipólito de la Torre Gómez y La revolución de los claveles en Portugal, escrita por Josep Sánchez Cervelló.

La obra de Torre Gómez contextualiza bien la construcción del Estado Novo por parte de Salazar en 1933, cuando tanto la monarquía como la república y la consiguiente dictadura militar se habían mostrado incapaces de estabilizar el país.  Son interesantes los datos que da sobre la formación académica del dictador luso, hombre que empezó sus estudios orientado al sacerdocio y que siempre mantuvo fuertes convicciones religiosas y se inició en política en los círculos más críticos con el anticlericalismo republicano. Salazar estudió Derecho en la Universidad de Coímbra, en la cual acabó dando clases como doctor en Derecho financiero. Las semejanzas que presentó el régimen que construyó con el de Franco son importantes, pero en la jefatura del Estado español no encontramos ni de lejos a un intelectual con fuertes conocimientos académicos.

Salazar fue llamado por los militares para estabilizar la situación económica. Su éxito vino de un control exhaustivo del gasto y le dio la popularidad de la que carecían los militares. Si estos habían querido un poco mantener las formas republicanas, el nuevo modelo de Estado sería conocido como la II República con una constitución (la de 1933) que consagraba a Salazar como primer ministro perpetuo pero mantenía un modelo electoral por el que el presidente de la República sería elegido cada siete años.

El Estado Novo fue de facto una dictadura que mantuvo las formas republicanas y un acercamiento político al Reino Unido. Torre Gómez intenta responder a la pregunta de si nos encontramos con un Estado fascista. Aclara que la Alemania Nazi es la excepción al fascismo y no la regla, y que entre el Portugal de Salazar que mantiene la ilusión republicana hay bastantes similitudes con la Italia de Mussolini que respeta la legalidad monárquica. Si bien el régimen de Salazar es más acorde a una definición de autoritario antes que totalitario, no deja de ser cierto, como señala el autor, que no dejó de haber intentos de controlar la vida privada de los portugueses, algo característico de los regímenes totalitarios. Por otra parte los movimientos fascistas no tuvieron la misma fuerza que en Italia y al contrario que Mussolini (que defendía con el fascismo un  avance y una modernización de Italia para volver a ser el Imperio Romano) Salazar se presentaba como un tradicionalista defensor del colonialismo y la economía agraria. Salazar jamás habría amparado a artistas futuristas como hizo Mussolini.

En política exterior cabría hablar primero de lo referente a la Segunda Guerra Mundial. Torre Gómez insiste mucho en la habilidad de Salazar para evitar caer en la órbita de España y en evitar que esta se aliara con la Alemania de Hitler, evitando posiblemente que se repitiesen los acontecimientos de las guerras napoleónicas más de cien años antes. Su política exterior inicial le hizo pertenecer a la OTAN desde época temprana, así como ganar un primer reconocimiento de su legitimidad sobre las colonias al ser un un claro freno al comunismo. Después empezarían las guerras independentistas en las mismas y el abandono de las tropas de Goa abandonadas a su suerte ante la invasión india de 1961. No debe extrañarnos que la revolución fuese dirigida por militares que sabían que esas guerras no podían ganarse. Cervelló recuerda además que en el ejército portugués solo combatís los soldados que tenían hasta el grado de capitán, el resto del alto mando dirigía las operaciones desde posiciones seguras. Razón de más para que la moral bélica no fuese la apropiada para seguir luchando. Sánchez Cervelló hace, en mi opinión, una adecuada comparación con la guerra de Vietnam. En los años sesenta Portugal perdió población, a la vez que aumentaba el desánimo en el ejército y las presiones internacionales. Pero para cuando Marcelo Caetano (defensor de la negociación con las guerrillas) sucedió al incapacitado Salazar en 1968 ya era tarde. El mismo Caetano afirmaría que tenía las horas contadas desde el momento en que llegó.

Cervelló afirma que la revolución del 25 de abril de 1974 podría verse como una respuesta comunista al golpe del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La revolución llevó a cabo numerosas nacionalizaciones en Portugal y el Partido Comunista ocupó el poder. La desesperación de algunos militares que no querían abandonar las colonias y de grupos políticos liberales que renegaban del comunismo llevó a una enorme tensión política en el país. El triunfo de una revolución comunista en Portugal no interesaba al resto de potencias de Europa occidental, además uno de los principales golpistas, el general Spinola, acabaría dando el 11 de marzo de 1975 un frustrado contragolpe. La situación acabaría estabilizándose y el poder se repartiría entre el Partido Socialista y el Partido Popular Democrático. Cervelló escribe: Fue bonito mientras duró.

Sánchez Cervelló se sirve de entrevistas con varios protagonistas de la revolución a la vez que incorpora varios textos y comunicados de la época en los que se expresan los dispares puntos de vista de la sociedad portuguesa. Torre Gómez presenta una visión resumida pero correcta de los diferentes problemas a los que tuvo que hacer frente el salazarismo. Dos manuales de unas cien páginas cada uno excelentes para una primera toma de contacto con el Portugal del siglo XX. Ambos pertenecen a la colección de Cuadernos de Historia.