El Revisor

Siglo XVIII

Hagiografía de un intelectual

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La biografía de Manuel Fernández Álvarez acerca de Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) ya lo dice todo con su título,Jovellanos, el patriota. Texto de 2001 que parece redactado hace más de sesenta años y que solo está bien para conocer un par de datos sobre la vida del ilustrado gijonés, pero que por lo demás es enormemente condescendiente.

Jovellanos, el patriotano no profundiza en absoluto en lo que era España durante la segunda mitad del siglo XVIII, limitándose a repetir un par de clichés sobre el reinado del "buen rey Carlos III". Insiste en que entre el reinado de Carlos III (1759-1788) y el de Carlos IV (1788-1808) hubo un brusco cambio en la orientación política, algo que carece de sentido si se estudia el gabinete ministerial conformado por Manuel Godoy, ocupando el propio Jovellanos la cartera de Gracia y Justicia. La mayor parte de los cambios consecuencia del miedo a la Revolución Francesa se habrían impuesto igualmente con Carlos III, como evidencia la actitud de Floridablanca (ministro todopoderoso con dicho rey) en la frontera pirenaica.

La biografía no deja de ser también totalmente injusta con Manuel Godoy. Es cierto que era un advenedizo, como muchos de los principales ministros del siglo (Ripperdá y Alberoni con Felipe V o el propio Floridablanca con Carlos III son buenos ejemplos de ello), pero como recuerda John Lynch, Godoy solo se consagró cuando se hizo evidente que los políticos de la época anterior no sabían reaccionar ante la nueva situación que se vivía en Europa. Godoy practicó en exceso el nepotismo, pero no era más corrupto que la mayoría de sus predecesores. Fernández Álvarez también obvia el impulso que Jovellanos recibió del nuevo favorito para publicar su Informe sobre la ley agraria.

Una buena biografía de este intelectual debería haber insistido más en la esencia de la Ilustración española, sobre todo en la caída en desgracia del probablemente pensador español más radical del siglo de las luces, Pablo de Olavide, condenado como hereje por el tribunal de la Inquisición en plena época carlostercerista. También en los efectos que tuvo en el panorama educativo la expulsión de los jesuitas en 1767 y el sistema endogámico que triunfaba en los colegios medios y mayores de toda España.  En vez de eso tenemos una visión bastante amable y, sobretodo, tergiversada de la situación del país en aquella época. Una concepción en la que el poder regio prácticamente carece de responsabilidades en lo que a las crisis y fracasos se refiere. Cuando habla de los males del campo a raíz de la redacción del Informe de la ley agrariano no los relaciona con el fracaso de la administración borbónica a lo largo de todo el siglo.

En La España de la Ilustración (1700-1833)los historiadores franceses Jean-Pierre Amalric y Lucienne Domergue consideran a Jovellanos el intelectual más importante de todo el siglo XVIII, resaltando la repercusión de su pensamiento, que no de su obra política. Ciertamente nunca gozó de gran poder político. Aunque también es muy interesante todo su ascenso por la carrera judicial, Manuel Fernández Álvarez pierde otra oportunidad de oro para evidenciar un sistema judicial que era totalmente injusto y anticuado, además de sumamente cruel. Esto no le impide horrorizarse por los excesos de la Revolución Francesa, cuando los sistemas de gobierno borbónicos fueron más salvajes en el uso de la justicia en muchas ocasiones (solo recordar la salvaje represión que Carlos III impuso en América tras la rebelión de Tupac Amaru en 1781)

La actitud de Jovellanos ante los acontecimientos que estallaron en Francia en 1789 es muy interesante. Admirador del modelo político inglés y de la Constitución francesa de 1791, aunque enemigo radical de alcanzar esos logros mediante la violencia de una revolución. Manuel Fernández Álvarez incluso muestra algunos fragmentos de cartas en los que el gijonés llega a considerar que el modelo republicano podía llegar a aplicarse si llegaba el momento. Sin duda una de las consideraciones más lúcidas de Jovellanos sobre la nueva situación internacional fue el ver inmediatamente en Napoleón Bonaparte a un tirano y a un dictador.

Jovellanos sería víctima de intrigas políticas y del exilio (como muchas otras figuras importantes del momento, caso del Conde de Aranda). Recluido en Bellver a comienzos del siglo XIX para luego ser liberado con el ascenso al trono de Fernando VII. Renunció a participar en el gobierno de José I. Esta es la peor parte de la biografía de Fernández Álvarez, señalando que se decidió a luchar por la libertad y que no podía aceptar el constitucionalismo y el nuevo régimen liberal si venía de mano de un régimen extranjero. No cuestiono aquí la integridad política de Melchor Gaspar de Jovellanos, pero sí el nacionalismo rancio del biógrafo, quien solo ve en su biografiado a un justo y honesto patriota, un modelo cívico a seguir. Se encuentra muy cómodo escribiendo sobre alguien que legitimaba al régimen borbónico con planteamientos reformistas. Los Borbones perdieron toda legitimidad al regalar España a Napoleón.

El gobierno importado de Francia era una gran mentira (solo hay que ver las notas al pie de Napoleón a su edición de El príncipede Maquiavelo para ver hasta qué punto traicionaba todos los logros de la Revolución Francesa), pero el nuevo gobierno liberal no carecía tampoco de grandes contradicciones, al jurar lealtad a un rey cuya correspondencia con el emperador francés evidencia un total desentendimiento de los acontecimientos que tenían lugar en España.

Rafael Sánchez Mantero muestra en su biografía del rey felón (también del año 2001), la total desconexión entre los principios liberales promulgados en Cádiz en 1812 y las aspiraciones del pueblo español en ese momento, que solo ansiaba echar a los franceses, acabar con la guerra y volver a la normalidad. Esto se volvería a repetir con el trienio liberal (1820-1823), cuando las masas campesinas se opusieron de nuevo radicalmente a los cambios. Se trataba de un liberalismo para propietarios que no les beneficiaba más que el modelo previo. Aunque sería injusto no reconocer sus logros, como el poner fin a la Inquisición y el declarar numerosas libertades.

La de Jovellanos es la vida de un intelectual que observa atentamente los núcleos de poder, cultura, justicia y economía en un siglo muy duro y complejo que precede a una época revolucionaria. Sin duda una buena biografía debe ser también un excelente trabajo sobre la España dieciochesca en todos sus campos. La de Manuel Fernández Álvarez no es esa biografía. Es un trabajo horrible y en absoluto recomendable.


El olvidado rey Fernando

Escrito por elrevisor 30-09-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

Un excelente manual para entender los logros y fracasos de la España de la Ilustración es el coordinado por Ricardo García Cárcel, en el cual colaboran Virginia León, Jaime Tortella, Lluís Roura y Bernardo Hernández. Sin duda el fuerte de esta Historia de España. Siglo XVIII: La España de los Borbones es el apartado político, aunque sus anotaciones sobre el aspecto cultural y social en la España de la época no desmerecen en absoluto. El único punto flaco del libro es su total desinterés por la cuestión americana. Para entender bien el siglo XVIII en la América española un autor muy recomendable es el hispanista John Lynch.

Este repaso excelente de la historia española en un siglo tan complejo como el XVIII (a quien las generaciones posteriores tanto debemos, pues gozamos de unos frutos que, como indican muy acertadamente los autores, estuvieron lejos de ser degustados por la inmensa mayoría de la población de aquella época) hace justicia a cierto monarca cuyo reinado es el más decisivo en el impulso de los avances ilustrados. Me refiero a Fernando VI (1746-1759), para Jaime Tortella el más destacado de los reyes españoles del XVIII, injustamente eclipsado por su hermanastro Carlos III (1759-1788), monarca inculto, mediocre y responsable de la toma de decisiones claramente perjudiciales para el desarrollo político venidero, como se evidencia al estudiar la España en clara bancarrota que legó a su hijo Carlos IV (1788-1808).

Fernando VI, rey que tenía una conciencia nacional por encima de la dinástica (al contrario que su padre y su medio hermano). Un hombre que parece era de escasa inteligencia pero que con su odio absoluto a la guerra permitió el comienzo de una prospera etapa económica que concluiría en el reinado siguiente con una serie de conflictos difíciles de justificar. En 1748 logra la firma de la paz de Aquisgrán, cerrando así la última de las guerras emprendidas por Felipe V (1700-1746) y por su segunda esposa, Isabel de Farnesio (no deberíamos ver tras la ambición de la madre del futuro Carlos III una gran inteligencia, de su obsesión por situar a sus hijos al frente de varias coronas italianas sacaron claro provecho advenedizos como Alberoni o Ripperdá.) Mientras en el reinado de Felipe V el estado de guerra fue constante y en consecuencia el reformismo muy limitado, en el de Fernando VI los diez años de paz de los que logró proveer al Estado español permitieron a José de Carvajal y Lancaster y al marqués de la Ensenada el desarrollo de una serie de interesantes reformas. Es el tiempo en que más instituciones académicas e ilustradas se abren en España en relación a la duración del reinado, a la vez que se intentó la más revolucionaria de las reformas económicas del siglo, con el catastro de Ensenada que pretendía imponer el llamado impuesto único. Aunque fuese una reforma imposible la experiencia sirvió para un mayor conocimiento social y fiscal del reino.

El marqués de la Ensenada contó hasta 1754 con el total apoyo de la corona. Fue el año de la muerte de Carvajal, acontecimiento que aceleró una serie de intrigas palaciales que desembocaron en una reestructuración absoluta del gobierno. De Ensenada pueden destacarse la reconstrucción de la Armada y la reforma fiscal. Aunque también habría que mencionar las políticas discriminatorias y abusivas contra los gitanos en las que Tortella no se centra en exceso.

Culturalmente el avance vino de los intereses cortesanos del propio rey y de su esposa Bárbara de Braganza, así como del cantante y empresario italiano Farinelli, a quien se despacharía groseramente en el período siguiente. Jaime Tortella afirma también que frente a un absoluto desprecio de los artistas españoles por parte de Felipe V, en esta fase nos encontramos con una españolización de las artes. Una cultura renacida que se respiró sin embargo en un ambiente muy reducido, pues no se hizo nada por intentar reducir ese 80% de analfabetismo que afectaba a la sociedad española. De todas formas la situación de paz se vio acompañada de buenas cosechas y una situación de relativa bonanza para las clases populares.

Esta situación de paz se vio amenazada por la coyuntura internacional, al estallar la guerra de los siete años en 1756. Es una pena que el rey cayese en la más absoluta locura en 1758 y muriese poco después en 1759.  La llegada al trono de Carlos III significó entrar en una guerra que ya estaba perdida contra Inglaterra. La relación entre ambos hermanos fue muy tensa, Carlos III, como rey de Nápoles, había insistido en que España debía ir a la guerra desde el principio, como aliados de los Borbones franceses. En 1759 moría un rey loco pero claramente beneficioso para el país, le sucedería un monarca que reiniciaría el constante estado de guerras y derrotas en el extranjero. Un rey que, según Lluís Roura, pone fin al despotismo ilustrado en 1775 para iniciar simplemente el despotismo, al depositar el poder en el reaccionario Floridablanca. Fernando VI se negó a entrar en ninguna guerra y se negó a pagar las deudas bélicas contraídas por su padre. Una deuda ilegítima. Carlos III pagó dicha deuda nada más llegar al poder, un gasto necesario para iniciar sus distintos enfrentamientos.

El libro de García Cárcel no se limita, como ya he dicho, a los tiempos de Fernando VI y Bárbara de Braganza, pero he considerado muy interesante centrarme más en este apartado por dos razones. Primera; Fernando VI antepuso los intereses nacionales a los dinásticos, consecuencia de lo cual consiguió una paz de excelentes resultados. Segunda; la figura de Carlos III ha alterado totalmente la visión historiográfica del XVIII español, siéndosele atribuidos muchos de los logros de su hermano y responsabilizando a su hijo Carlos IV  de muchos de sus errores. Fernando VI merece una reflexión historiográfica y merece una absoluta reconsideración a un nivel de memoria más general. A mi entender, el Borbón más simpático de la Historia de España.


Un repaso a la Historia de Portugal

Escrito por elrevisor 26-08-2014 en Historia de Portugal. Comentarios (0)

El vecino portugués ha ido acumulando de los siglos una Historia compleja con muchos puntos en común con la española pero también con diferencias importantes. Siempre resulta enriquecedor para el análisis de los anales españoles el echar una ojeada al desarrollo contemporáneo de Portugal, país que jugó un papel clave con el resto de reinos ibéricos en la llamada Reconquista, así como en la época de los descubrimientos de los siglos XV y XVI y la debacle de su supremacía mundial a lo largo del XVII.Historia de Portugal, publicada por José Hermano Saraiva a mediados de los años ochenta del pasado siglo, es un resumen de este devenir muy recomendable para el público español.

Sin duda el grueso de la obra son los siglos modernos, lo que iría de la conquista lusa de la ciudad de Ceuta en 1415 hasta la entrada del país en las guerras napoleónicas, acontecimiento que significó el fin de la prosperidad fruto de la gestión del marqués de Pombal durante el reinado de José I (1750-1777). Es una pena que pase tan de largo de la ocupación romana, dedicándole a un personaje tan interesante como Viriato tan solo unas pocas líneas. A pesar de esto sí que profundiza en otra seria de personajes destacables y no tan solo de la vida política. Es muy ilustrativo el retrato que hace de Afonso Henriques, primer rey de Portugal (1128-1139), genial tanto política como militarmente. La obra también resulta muy útil en cuanto a sus consideraciones sobre el desarrollo social y cultural, retrotrayéndose las enormes diferencias entre el norte y el sur a la Edad Media, época en la que el norte del país queda dominada por la burguesía de ciudades modernas como Coímbra y Oporto y el sur es repartido en latifundios entre las distintas órdenes de caballería que participaron en su conquista. La época colonial también habría impedido el desarrollo industrial al hacer mucho más rentables las exportaciones. El hecho de que los gastos de mantenimiento de dicho imperio se disparasen en poco tiempo es una de las principales causas, en opinión de Saraiva, de la decadencia de esta potencia.

Creo que uno de los puntos más fuertes del libro son sus consideraciones sobre la decadencia cultural portuguesa, desde una época realmente brillante en el reinado de Manuel el Afortunado (1495-1521) con literatos como Gil Vicente y Luis de Câmoes y grandes estilos artísticos como el manuelino  se evolucionó a un suicidio artístico en los tiempos de Juan III (1521-1557) con el predominio ideológico de la Iglesia y la Inquisición. Se impusieron la censura y la lucha contra la llegada de nuevas ideas en un país que se encontraba acorralado en un rincón de la vieja Europa, teniendo como vecina a la cada vez más reaccionaria Monarquía Hispánica. Tras esto las aportaciones portuguesas en el campo intelectual es mínimo hasta la Generación del 70 y Pessoa a finales ya del siglo XIX, una segunda edad dorada para las letras portuguesas. En el entreacto nos encontramos con una Ilustración bastante pobre hasta la llegada al poder del marqués de Pombal en 1750, auténtico hombre de Estado que fomentó la llegada de especialistas europeos y renovó el sistema educativo portugués consumada ya la expulsión de los jesuitas, orden religiosa que tenía anclada la educación siguiendo aún los principios contrarreformistas del XVI.

Podrían sacarse una serie de gigantes de la alta política portuguesa a raíz de la lectura de Saraiva; Afonso Henriques, Juan II, Pombal, Mouzinho da Silveira o el dictador Oliveira Salazar. De estos el juicio más importante que desarrolla el autor es acerca del valido del rey José I, José Carvalho. En gran parte sus formas de llegar al poder y de consolidarse en el mismo parecen más propias de dictadores de épocas posteriores, con una fuerte represión inicial e importantes golpes de efecto que desbarataron durante su época tanto a la nobleza como al clero. Sin embargo también estamos ante un hombre que frente a un monarca claramente incapaz se comportaba como un auténtico déspota ilustrado. Su reformismo haría entrar a las arcas públicas portuguesas en superávit por primera vez desde los tiempos del Afortunado, su tolerancia a las ideas relacionadas con la revolución científica y los avances en arquitectura permitirían a Portugal despertar de un largo letargo y con una política exterior inteligente y con tendencia a la neutralidad consolidaría el imperio colonial y sus rutas comerciales. Aunque no dejase de ser un dictador, además de un corrupto, fue capaz de legar una administración sólida que tan solo se derrumbaría con la invasión de Napoleón. La España de Carlos III no presentó gestores tan brillantes, aunque tampoco éticamente menos reprobables. Fue el marqués de la Ensenada (en el reinado de Fernando VI) el político con proyectos y ambiciones más parecidas, pero nunca llegó a acumular tanto poder como Pombal, personaje aún hoy polémico dentro de la historiografía portuguesa.

Es una pena que esta síntesis de la Historia portuguesa pierda tanto ímpetu en lo que se refiere al siglo XX. Si el desarrollo del constitucionalismo y el desgaste de la institución monárquica está bien explicado observamos que ya apenas señala nada de los últimos reinados de Carlos I (1889-1908) y Manuel II (1908-1910). La Primera República (1910-1926) fue un fracaso y no supuso una consolidación de ideas más democráticas, pero el libro apenas resume su transcurso, así como la dictadura militar que le puso fin en 1926 y el Estado Novo instaurado por Oliveira Salazar en 1933.

Es entendible solo por la poca distancia temporal lo poco que decide a arriesgarse a escribir sobre la época de Salazar, pero esto no deja de quitarle cierto valor a la obra. Apenas unas pocas pinceladas sobre la personalidad del dictador y una exposición rápida de sus éxitos económicos iniciales sumado a su incapacidad posterior para adaptarse a las nuevas generaciones y a los nuevos tiempos. Saraiva concluye señalando Portugal aún no ha sabido amoldarse a la democracia post salazarista, pero poco más dice de la III República, tan joven cuando se publicó este ensayo. También omite casi por completo la Revolución de los claveles. Es por tanto poco aconsejable para los interesados en la Historia más reciente del país.


El desastroso rey Carlos

Escrito por elrevisor 19-05-2014 en Historia de España. Comentarios (9)


Existen dos ensayos que facilitan el entendimiento del desastroso reinado de Carlos III (1759-1788). Uno es Carlos III y la España de la Ilustración de Domínguez Ortiz, el otro, La España del siglo XVIII, es de John Lynch. La lectura de estas dos obras (sobre todo la de Lynch) permite entrever que el Borbón y sus ministros estuvieron muy lejos de llevarse por el espíritu ilustrado y que sus acciones estuvieron más orientadas por la improvisación, ante la falta de un modelo de gobierno establecido, y las propias querellas internas de la casta política del momento.

La de Domínguez Ortiz hace un repaso de la vida del monarca, incluyendo apuntes interesantes de su estancia en Nápoles. El autor muestra simpatías evidentes hacia su figura, lo que no le evita hacer juicios bastante correctos y acertados sobre los efectos del reinado, optando por un estudio sectorial antes que una revisión cronológica. Analiza sus relaciones con la Iglesia, la nobleza, la evolución social y la situación americana. Estimula una serie de reflexiones sobre la historiografía española, poco dada a la autocrítica y muy amiga de las palmaditas en la espalda. Es injusto afirmar tajantemente que Carlos III fue un gran déspota ilustrado, cuando Carlos IV heredó un reino hundido económicamente en 1788 y preparado ya para perder sus posesiones americanas. Quizá para mitificar a Carlos III fue necesario degradar enormemente a Carlos IV y a Manuel Godoy, como si hubiesen heredado una buena situación. Al respecto John Lynch afirma que lo que diferencia a ambas etapas no es el estar imbuida la primera de tintes progresistas (ni muchísimo menos) y la segunda de un espíritu completamente reaccionario. Para Lynch la diferencia es la fuerza. La de Carlos III era una España que podía soportar la improvisación, y donde los errores no te condenaban al exilio y la abdicación.

Es mentira eso de que la Historia pone a cada uno en su lugar, condenando así a no entender correctamente el transcurso de una época. Godoy y Floridablanca no se diferenciaban demasiado, de hecho el ministro de Carlos III era bastante más conservador, y gozó durante la mayor parte del reinado del "rey filósofo" (cuyos gustos estaban muy lejos de la literatura, la música o nada lejanamente cercano a la estimulación de un pensamiento filosófico) de un poder que en nada tuvo que envidiar al de Manuel Godoy.

Algo muy bueno de la obra de Domínguez Ortiz es que combina perfectamente la biografía personal del rey con el desarrollo más político de su reinado, incidiendo en aquellos aspectos de su personalidad que más ayudan a explicar sus decisiones, como su total aversión a los cambios o el celo de su poder absoluto. La obra no está completamente cerrada al período que va de 1759 a 1788, sino que también analiza la evolución del estado español desde la coronación de Felipe V a comienzos del siglo XVIII. John Lynch profundiza aún más en los reinados anteriores. Carlos III brilló como un hombre sereno en un siglo de reyes locos, pero tanto Ortiz como Lynch inciden en que estaba muy, muy lejos de ser brillante.

No hay duda de que la política exterior de Carlos III estuvo muy lejos de ser la deseada. Supusieron un gran lastre económico para el desarrollo del país los tres conflictos en los que se introdujo. Esta política exterior supuso una ruptura brusca con la llevada a cabo por su hermanastro Fernando VI, monarca que odiaba la guerra y se negó a entrar en ningún conflicto en los escasos trece años que reinó. Hubiese sido inteligente mantener esta actitud. En el XVIII la capacidad bélica española estaba muy lejos de ser una sombra de lo que había sido en los tiempos de Carlos V y de Felipe II. John Lynch señala que el ejército español no estaba a la altura de ninguna gran potencia europea, y que armada tenía una función claramente disuasoria, al ser potente pero dirigida por almirantes incompetentes. La marina debía intimidar desde los puertos, pero evitar los grandes enfrentamientos. La alianza con Francia hizo parecer a España algo que no era, un imperio sólido.

Domínguez Ortiz pretende justificar este abandono de la política de neutralidad. España era un país lo suficientemente importante y lo bastante grande como para abstenerse de participar en algunas de las guerras que se dieron a lo largo del mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, además de que no podía tolerar el creciente predominio británico en los mares. Son dos razones de peso, sin embargo todas las guerras de este reinado fueron un absoluto error. Primero la de los siete años (1756-1763), pues para cuando Carlos III decidió participar al poco de ser coronado rey de España en apoyo de los franceses, estos ya prácticamente habían perdido la guerra. Era muy improbable que la entrada de España cambiase el rumbo de un enfrentamiento que ya tenía en Gran Bretaña un claro vencedor. La guerra llegó a la península al enfrentarse también al Portugal del Marqués de Pombal y los desastres no tardaron en llegar, siendo ocupadas Cuba y parte de Filipinas. La guerra terminó con la renuncia de Florida y desventajosos tratados comerciales con los británicos. En compensación Francia entregó la Luisiana, que era en su mayoría un territorio desconocido y sin colonizar.

¿Y qué decir del interesadamente olvidado ataque a la ciudad de Argel en 1775 que también acabó en fracaso? Solo fue otra sangrante herida más a una economía española que empezaba a vislumbrar ya una crisis que no pararía en lo que quedaba de siglo. Pero sin duda el mayor error de la política exterior de Carlos III fue el apoyo dado a los rebeldes americanos en su guerra contra los británicos. A favor de Carlos III juega, como señala Ortiz, el que de este modo España quedaba como la gran potencia europea en América del Norte, a la vez que asestaba un golpe bestial a Gran Bretaña. Pero Ortiz, obviamente, defiende más la postura de Aranda (entonces embajador en París) que de Floridablanca. El primero entendió perfectamente la evidente contradicción que suponía el apoyar a unos colonos a levantarse contra su rey "legítimo" (¿Algún rey es legítimo?). Apoyar a unas colonias a levantarse frente a la metrópoli. Es muy interesante lo que señala Domínguez Ortiz de que los estadounidenses jamás reconocieron el apoyo español y de que ya antes de acabar la guerra ambicionaban extenderse a Florida y obtener derechos de comercio por el río Grande. España impulsaba así lo que para muchos es la primera revolución moderna. No tardaría en pagar las consecuencias.

Pero el asunto de las trece colonias es más grave para Lynch, pues los ministros de Carlos III quisieron asestar el golpe sin reconocer directamente a los rebeldes. Todo esto ocurría mientras en la América española el rey mandaba a José de Gálvez a desmontar la escasa industria que había, marginar a los criollos de la administración y subir los impuestos a límites insospechados. América se había mantenido fiel a España durante la Guerra de Sucesión, no ocurriría lo mismo con la Guerra de Independencia.

Y al final ¿Qué? Cuando murió el rey ilustrado, cuando el rey reformista desapareció del mapa aún seguían en España la Inquisición, los mayorazgos, las manos muertas, las aduanas internas y los privilegios. No fueron reformas muy profundas, ni mucho menos. Carlos IV y Fernando VII harían el ridículo en Bayona, pero no hay que olvidar como el padre y abuelo se había asustado por muchísimo menos en Madrid, durante los motines de 1766. Domínguez Ortiz cree que Carlos III habría mantenido la dignidad en la misma situación que sus sucesores, yo discrepo.