El Revisor

Siglo XVI

Un repaso a la Historia de Portugal

Escrito por elrevisor 26-08-2014 en Historia de Portugal. Comentarios (0)

El vecino portugués ha ido acumulando de los siglos una Historia compleja con muchos puntos en común con la española pero también con diferencias importantes. Siempre resulta enriquecedor para el análisis de los anales españoles el echar una ojeada al desarrollo contemporáneo de Portugal, país que jugó un papel clave con el resto de reinos ibéricos en la llamada Reconquista, así como en la época de los descubrimientos de los siglos XV y XVI y la debacle de su supremacía mundial a lo largo del XVII.Historia de Portugal, publicada por José Hermano Saraiva a mediados de los años ochenta del pasado siglo, es un resumen de este devenir muy recomendable para el público español.

Sin duda el grueso de la obra son los siglos modernos, lo que iría de la conquista lusa de la ciudad de Ceuta en 1415 hasta la entrada del país en las guerras napoleónicas, acontecimiento que significó el fin de la prosperidad fruto de la gestión del marqués de Pombal durante el reinado de José I (1750-1777). Es una pena que pase tan de largo de la ocupación romana, dedicándole a un personaje tan interesante como Viriato tan solo unas pocas líneas. A pesar de esto sí que profundiza en otra seria de personajes destacables y no tan solo de la vida política. Es muy ilustrativo el retrato que hace de Afonso Henriques, primer rey de Portugal (1128-1139), genial tanto política como militarmente. La obra también resulta muy útil en cuanto a sus consideraciones sobre el desarrollo social y cultural, retrotrayéndose las enormes diferencias entre el norte y el sur a la Edad Media, época en la que el norte del país queda dominada por la burguesía de ciudades modernas como Coímbra y Oporto y el sur es repartido en latifundios entre las distintas órdenes de caballería que participaron en su conquista. La época colonial también habría impedido el desarrollo industrial al hacer mucho más rentables las exportaciones. El hecho de que los gastos de mantenimiento de dicho imperio se disparasen en poco tiempo es una de las principales causas, en opinión de Saraiva, de la decadencia de esta potencia.

Creo que uno de los puntos más fuertes del libro son sus consideraciones sobre la decadencia cultural portuguesa, desde una época realmente brillante en el reinado de Manuel el Afortunado (1495-1521) con literatos como Gil Vicente y Luis de Câmoes y grandes estilos artísticos como el manuelino  se evolucionó a un suicidio artístico en los tiempos de Juan III (1521-1557) con el predominio ideológico de la Iglesia y la Inquisición. Se impusieron la censura y la lucha contra la llegada de nuevas ideas en un país que se encontraba acorralado en un rincón de la vieja Europa, teniendo como vecina a la cada vez más reaccionaria Monarquía Hispánica. Tras esto las aportaciones portuguesas en el campo intelectual es mínimo hasta la Generación del 70 y Pessoa a finales ya del siglo XIX, una segunda edad dorada para las letras portuguesas. En el entreacto nos encontramos con una Ilustración bastante pobre hasta la llegada al poder del marqués de Pombal en 1750, auténtico hombre de Estado que fomentó la llegada de especialistas europeos y renovó el sistema educativo portugués consumada ya la expulsión de los jesuitas, orden religiosa que tenía anclada la educación siguiendo aún los principios contrarreformistas del XVI.

Podrían sacarse una serie de gigantes de la alta política portuguesa a raíz de la lectura de Saraiva; Afonso Henriques, Juan II, Pombal, Mouzinho da Silveira o el dictador Oliveira Salazar. De estos el juicio más importante que desarrolla el autor es acerca del valido del rey José I, José Carvalho. En gran parte sus formas de llegar al poder y de consolidarse en el mismo parecen más propias de dictadores de épocas posteriores, con una fuerte represión inicial e importantes golpes de efecto que desbarataron durante su época tanto a la nobleza como al clero. Sin embargo también estamos ante un hombre que frente a un monarca claramente incapaz se comportaba como un auténtico déspota ilustrado. Su reformismo haría entrar a las arcas públicas portuguesas en superávit por primera vez desde los tiempos del Afortunado, su tolerancia a las ideas relacionadas con la revolución científica y los avances en arquitectura permitirían a Portugal despertar de un largo letargo y con una política exterior inteligente y con tendencia a la neutralidad consolidaría el imperio colonial y sus rutas comerciales. Aunque no dejase de ser un dictador, además de un corrupto, fue capaz de legar una administración sólida que tan solo se derrumbaría con la invasión de Napoleón. La España de Carlos III no presentó gestores tan brillantes, aunque tampoco éticamente menos reprobables. Fue el marqués de la Ensenada (en el reinado de Fernando VI) el político con proyectos y ambiciones más parecidas, pero nunca llegó a acumular tanto poder como Pombal, personaje aún hoy polémico dentro de la historiografía portuguesa.

Es una pena que esta síntesis de la Historia portuguesa pierda tanto ímpetu en lo que se refiere al siglo XX. Si el desarrollo del constitucionalismo y el desgaste de la institución monárquica está bien explicado observamos que ya apenas señala nada de los últimos reinados de Carlos I (1889-1908) y Manuel II (1908-1910). La Primera República (1910-1926) fue un fracaso y no supuso una consolidación de ideas más democráticas, pero el libro apenas resume su transcurso, así como la dictadura militar que le puso fin en 1926 y el Estado Novo instaurado por Oliveira Salazar en 1933.

Es entendible solo por la poca distancia temporal lo poco que decide a arriesgarse a escribir sobre la época de Salazar, pero esto no deja de quitarle cierto valor a la obra. Apenas unas pocas pinceladas sobre la personalidad del dictador y una exposición rápida de sus éxitos económicos iniciales sumado a su incapacidad posterior para adaptarse a las nuevas generaciones y a los nuevos tiempos. Saraiva concluye señalando Portugal aún no ha sabido amoldarse a la democracia post salazarista, pero poco más dice de la III República, tan joven cuando se publicó este ensayo. También omite casi por completo la Revolución de los claveles. Es por tanto poco aconsejable para los interesados en la Historia más reciente del país.


¿Quién fue Felipe II?

Escrito por elrevisor 12-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

azalak.jpg31589.jpg

Creo que los españoles merecemos una respuesta convincente a esta pregunta ¿Quién se esconde bajo esa leyenda negra que ha marcado para siempre la visión de la Historia de España? ¿Un monarca digno de ser tachado de cruel, tirano, fanático, perverso y malvado? Felipe II ha despertado siempre sentimientos muy dispares entre los historiadores, pero fue la fecha del quinto centenario de su muerte, 1998, la que marcó un cambio en el trato dispensado a este rey. El resultado ha sido una bibliografía opuesta a la visión tradicional, resaltando sus virtudes y describiéndole como un hombre de su tiempo. Creo que dos de las obras más reseñables sobre este monarca y las consecuencias de sus actos son La España de Felipe II de Joseph Pérez y Felipe II: La biografía definitiva de Geoffrey Parker.

Ambos autores coinciden en presentarle como un príncipe del renacimiento. Parker es bastante insistente no solo en su educación, sino en resaltar también su faceta más artística. El joven príncipe conocía muy bien las ideas venidas de Europa, estando al tanto de obras tan revolucionarias como la de Copérnico, pero él mismo se dedicó también de joven a la pintura y a la poesía. Joseph Pérez defiende que con su reinado (1556-1598) se produjo un vuelco ideológico con respecto al ambiente cultural de la época de Carlos V (1516-1556), aunque no habría sido una cuestión del nuevo rey. Pérez desmonta el mito de un Carlos V liberal y moderno frente a un Felipe II excesivamente conservador. Para acallar el incipiente protestantismo en las ciudades de Sevilla y Valladolid recién coronado Felipe II y Carlos V recluido en Yuste, fue el padre el que insistió con más ahínco en reprimir con excesiva dureza dichos focos. Poco antes, cuando Felipe era rey consorte de Inglaterra, no hizo gala de ningún acto de fanatismo con respecto a la población protestante. Estos dos ejemplos nos muestran que los hechos no fueron tan simples.

Pérez está muy lejos de defender al rey prudente ciegamente. Señala que hizo honor a su sobrenombre al comienzo de su reinado, al hacer exigencias moderadas a una Francia hundida por la derrota de San Quintin (1557) y en el resto de cuestiones en general. Esta prudencia desaparece totalmente en los años finales del reinado. El rey intentó imponer en Francia a su hija Isabel Clara Eugenia como reina. También mandó al Duque de Alba cruzar las fronteras de Portugal con su ejército  en un momento en que el país ya casi le había jurado lealtad a su nuevo rey. Lo del Duque de Alba terminó con el saqueo de la misma Lisboa y un resentimiento entre los portugueses que crecería hasta estallar en 1640. Las órdenes que dio a Alejandro Farnesio de invadir Francia desde Flandes a comienzos de 1590 condenó (según Pérez) a perder una guerra que se alargaría ochenta años.

Tanto Pérez como Parker desmontan la figura que la leyenda negra ha transmitido de Felipe II, pero la nueva imagen tampoco es agradable en absoluto. Pérez le tacha de excesivamente tímido e incluso de cobarde, a raíz de abandonar a su amigo Carranza a las garras de la Inquisición en 1559. Los dos coinciden en que era también muy inseguro, y con esta inseguridad jugó todo lo que quiso Antonio Pérez. Un rey frío y distante que ordenó matar representantes de Flandes en Madrid cuando estallaba el conflicto los Países Bajos, haciéndolo pasar por muerte natural. Pérez también resalta su personalidad celosa, al pretender siempre rodearse de mediocres.

Parker es mucho más amable a la hora de describirle. Destaca el dolor que padeció ante la enfermedad que sufrió su hijo Don Carlos y como la tragedia afectó a las relaciones entre padre e hijo. También el afecto que sintió por su tercera esposa, Isabel de Valois, y por la hija de ambos, Isabel Clara Eugenia. Hombre en extremo ordenado, amante de la limpieza y totalmente inexpresivo, hasta el punto de que muchas veces era imposible deducir su estado de humor o lo que estaba pensando. Sin embargo, es Pérez el que más insiste en desmontar la idea de que era un fanático religioso. La religiosidad del rey se amoldaba plenamente a las ideas de su tiempo. Consideraba que los súbditos debían compartir la fe del rey por cuestiones de Estado, así por ejemplo  intentó mantener unas relaciones cordiales con la Inglaterra anglicana de Isabel I (1558-1603). Mientras Francia se hundía en ocho guerras civiles por cuestiones de intolerancia religiosa, él insistía en mantener abierto el frente de Flandes, cuya guerra no era tanto por motivos religiosos, pues los flamencos querían recuperar las relaciones con el rey de la época de Carlos V. En una época donde aún no se puede hablar de idea de nación eran la fe y el monarca lo que unía a los súbditos. Más aún en un conglomerado tan enorme y de culturas tan variadas como era la Monarquía Hispánica.

Ciertamente en aquella época España no existía como unidad política. La Monarquía Hispánica era un conjunto de estados que por herencia acabaron recayendo en la familia de los Austrias. Todo lo que afectaba a las leyes, a la justicia, a la economía o a la lengua variaba de un reino a otro. En esta situación política tan particular Castilla era el motor económico y también el cultural. Pero Pérez insiste en que no existía el estado español, no así la idea de España.

Pérez y Parker describen una situación cultural muy estimulante en aquel mundo hispánico. En esta situación Felipe II se alzó como el gran mecenas de las artes y las letras, pero también impulsó enormemente la geografía, lográndose gracias a su iniciativa un mayor conocimiento de la topografía de la península. También fue una buena época para las matemáticas, en un momento de renovación arquitectónica, y para los estudios de las cultura clásica y hebraica. Estos autores insisten en que bajo su reinado encontramos un ambiente muy propicio para el desarrollo intelectual. Pérez pone el ejemplo de que la obra de Copérnico no entró en el Índice de los libros prohibidos hasta comienzos del siglo XVII. Con Felipe II la Inquisición se mostró hostil frente a las obras de teología y filosofía, no siendo especialmente beligerante con los escritos de ciencias exactas y naturales.

A su muerte el rey era tremendamente impopular. Cervantes escribía sonetos satíricos sobre su persona y circulaban numerosos chistes por las ciudades. Pérez es tajante, sus súbditos eran más pobres cuando murió que cuando fue coronado. Parker señala que el enorme coste de las fastuosas y gigantescas celebraciones fúnebres, celebradas a lo largo de toda la Monarquía, no le hicieron especialmente más querido. Las costas eran saqueadas y las arcas estaban en un estado crítico. Parker apunta que la memoria española no lo rescató hasta prácticamente el reinado de Felipe IV (1621-1665). Cuando la monarquía se derrumbaba y perdía la supremacía en Europa en Castilla se tomó conciencia de que había tenido un rey respetado en el exterior, y sobre todo temido. Irónicamente el Conde Duque de Olivares había retomado su beligerancia, apartada en gran parte en tiempos del mucho más calmado Felipe III (1598-1621).

Como conclusión muestro toda mi conformidad con Joseph Pérez cuando señaló que el rey impuso sobre los intereses nacionales de Castilla sus intereses dinásticos. Carlos V y Felipe II desestructuraron la economía de un país potente en pro de su megalomanía. Parker considera, creo que con acierto, que de esa época quien gobernó con más conciencia nacional fue Isabel de Portugal, regente durante la ausencia de su marido. Se otorgaron privilegios a banqueros genoveses, italianos y flamencos y se sacrificó la potente industria castellana para conseguir créditos de manera rápida. Tras eso resultó más beneficioso dedicarse al rentismo y se consagró el tópico de que los españoles eran unos vagos. La península ibérica quedó apartada de las nuevas formas económicas y condenada a la pobreza y el estancamiento. Obviamente el de Felipe II no es un buen legado.