El Revisor

Historia de España

La monarquía que no pudo ser

Escrito por elrevisor 11-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La de Carmen Bolaños Mejías es una excelente tesis doctoral, un trabajo que aborda perfectamente el desafortunado reinado de Amadeo de Saboya entre 1871-1873, incidiendo con absoluta lucidez en lo que fue el sexenio democrático (1868-1874) y la Gloriosa Revolución del 19 de septiembre de 1868. El reinado de Amadeo de Saboya y la monarquía constitucional es un necesario retrato de aquellos días que prometieron democracia y modernidad y que terminaron de la peor manera posible con el regreso de los Borbones. También una reflexión importante de como los intereses de una casta pueden llegar a jugar de manera tan irresponsable con los intereses y necesidades de un país. El reinado de Amadeo de Saboya es una época triste por su desgraciado final, quizá si entonces hubiese tenido éxito un régimen democrático y moderno con un rey respetuoso con la constitución y la legalidad vigente España se hubiese ahorrado momentos muy desagradables, pero una vez más ganó el tradicionalismo, amparado por la familia Borbón.

¿Por qué estalló la revolución? Esta es una pregunta que creó que responde muy bien la autora. Los progresistas no podían acceder al poder por medios legales en tiempos de Isabel II. El general Prim vio bien que los Borbones tenían que irse para que su partido alcanzase el control del Estado. Los moderados habían monopolizado el poder. Había una clara contraposición entre progresismo liberal y tradicionalismo, estando la monarquía interesada en que esto último se consolidase. Entre los progresistas no había en principio ideas de sufragio universal ni especialmente democráticas, pero para que el golpe tuviese éxito necesitaba el apoyo de la población, hastiada por las crisis y harta de los impuestos injustos y del sistema de quintas. El partido que más conectaba con las clases populares era el demócrata, y Prim (que contaba con el apoyo del ejército) tuvo que ceder en varios puntos que en principio no tenía en mente. La adscripción al pacto de Ostende de los unionistas de Serrano terminó de sumar el último elemento conservador al proceso.

El que los progresistas de Prim acallasen desde el principio a las juntas revolucionarias evidencia hasta qué punto quiso que la revolución debía de limitarse a ser el gran golpe que llevase al poder a los progresistas, partido liberal pero no democrático. Desde el principio Prim actuó con formas autoritarias, imponiendo a su candidato para el trono de España, Amadeo de Saboya, sobre otras opciones. Los demócratas empezaban a mostrar claras simpatías por la república y Serrano siempre sugirió la vuelta de los Borbones después de las diferentes reformas que se llevaron a cabo. De hecho los unionistas siempre mostraron reticencias al sufragio universal masculino y el propio Serrano sugirió a Amadeo el suspender los derechos constitucionales, algo a lo que el hijo de Víctor Manuel II se negó.

El proceso de formación de la nueva monarquía no pudo ser más torpe. Se tardaron casi dos años en encontrar a un nuevo rey y se justificaba en la falta del mismo la razón por la que no se emprendían las reformas sociales más alarmantes. Las luchas internas llevaron al asesinato de Prim en la calle del turco cuando aún Amadeo no había llegado a España, primer golpe de efecto para hacer a la nueva monarquía totalmente inviable. La monarquía de Amadeo es toda una anomalía histórica al ser una monarquía electiva en pleno siglo XIX. Aparentemente no tiene mucho sentido el haber derrocado a Isabel II para buscar a otro rey, pero entonces la monarquía era una institución incuestionable en España.

Desde el momento en que llegó el nuevo rey, se le responsabilizaron de todos los males del país que ahora le acogía. Muy pronto se hizo evidente la nula tradición democrática de España, donde Sagasta como ministro de Gobernación amañaba elecciones sin ningún pudor y donde los gobiernos dimitían en masa ante lo que consideraban afrentas del parlamento. Solo en el primer año hubo tres gobiernos. Amadeo tuvo que luchar por el respeto de la Constitución de 1869, así como por el suyo propio, recibiendo desaires constantemente. Se le tachó de déspota al disolver temporalmente las Cortes, con lo que había buscado un período de reflexión ante las constantes crisis de gobierno.  Los rumores corrían por doquier, y a pesar de sus buenas intenciones no consiguió alzarse como la gran figura de estabilidad que entonces necesitaba el país. Fue objeto de dos atentados de los que salió ileso en el transcurso de un corto reinado de apenas un bienio.

Carmen Bolaños no hace un retrato en absoluto amable de los políticos de aquella época. La mayoría de ellos estaban ya en los tiempos de Isabel II y siguieron con la república y Alfonso XII, cobrando buenos sueldos a pesar de no estar para nada a la altura de las necesidades del país. Los unionistas al final fueron fieles colaboradores de la Restauración planeada por Antonio Cánovas del Castillo, mientras los progresistas de Sagasta y de Ruiz Zorrilla eran incapaces de ponerse de acuerdo para gobernar. Los propios progresistas dieron un nuevo impulso a la participación del ejército en política al servirse del él para acallar reivindicaciones demócratas, a la vez que estallaban los conflictos de Cuba y la tercera Guerra Carlista.

Bolaños dedica un apartado al problema de Cuba. Muchas de las principales personalidades del nuevo régimen tenían importantes intereses en la isla y en su sistema esclavista, razón por la cual las tesis abolicionistas siempre tuvieron problemas para ser debatidas. Los hacendados cubanos querían que se respetase su propiedad y que se aplicasen políticas proteccionistas frente al liberalismo septembrista, así pues en la isla los alfonsinos de Cánovas encontraron otro caldo de cultivo para preparar la Restauración. Todas las reformas se quedaban a medias. No se suprimió el sistema de quintas, ni los impuestos de consumo ni hubo una reforma agraria. El Estado español seguía financiando al clero católico (es decir financiaba a sus enemigos, pues una vez más la Iglesia estaba de lado de los tradicionalistas. No podían aceptar que hubiese libertad de culto ni que el rey de España fuese el hijo del unificador de Italia que había acabado con los Estados Pontificios) a la vez que se veía incapaz de sanear las arcas públicas.

La revolución fue un fracaso. Los partidos de la época representaban el interés de una casta, no los de la nación española, precisamente no triunfó por ello la monarquía democrática (a entender de Carmen Bolaños). El rey fue el que cumplió más escrupulosamente con el papel que le confería el marco constitucional que muchos políticos afirmaban había que revisar. Fue el primer experimento de una democracia (limitada pues aún no reconocía el derecho de voto para las mujeres) en España. Un intento de los progresistas para afianzarse en el poder aprovechándose de los anhelos del pueblo español. La falta de una tradición democrática y de un sistema de partidos moderno sumado a los intereses de la élite en las colonias y en mantener sin grandes cambios el sistema económico condujo de manera inevitable a la vuelta de los Borbones en la figura de Alfonso XII. Fue el peor desenlace posible sin duda alguna, y sin embargo leyendo a Bolaños parece casi evidente que no había otra posibilidad. Amadeo nunca tuvo muchas posibilidades como rey de España. Reinó con nobleza, pero la élite del momento no estaba interesada en un monarca con tantos escrúpulos democráticos.

Si se hicieron anarquistas no fue casualidad

Escrito por elrevisor 09-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)


Toda una serie de reflexiones sobre la Historia como ciencia, sobre el movimiento anarquista, la figura de Buenaventura Durruti y la dificultad que tenemos los hijos de la sociedad de consumo para entender a los hombres y mujeres de los años veinte y treinta del siglo XX. Como señala Leval “Para comprender la desesperación de estos hombres y explicar sus acciones, es preciso haber visto la miseria, la terrible miseria que reinaba entonces en España”. Todo esto encontramos en el libro de Enzensberger que lleva por título El corto verano de la anarquía (vida y muerte de Durruti), un trabajo en el que se suceden múltiples voces de testigos de aquellos tiempos. Una historia coral que nos permite replantearnos varios principios historiográficos, ya dice el autor que todo lo que es letra impresa parece incuestionable y académicamente inamovible.

El libro es bueno porque golpea. Mientras se va explicando el desarrollo del anarquismo en España se van entendiendo a partir de los contemporáneos las miserias de aquella sociedad que tanto producía y que tan mal repartía. Recuerda aquella parte tan vergonzosa y lamentable de nuestra historia española en la que el propio Estado apoyado por la alta burguesía armaba bandas de pistoleros para atacar y matar a quemarropa a sindicalistas. Dentro de nuestra endeble memoria colectiva solo los anarquistas eran los violentos, pero es muy interesante ver en esta historia espléndida del anarquismo español como el Estado siempre quiso criminalizar a los anarquistas. Los periódicos y otros medios siempre relacionaban cualquier crimen con ellos, a pesar de carecer de pruebas. Esto recuerda al momento posiblemente más lamentable de la historia de nuestra policía, cuando en los años ochenta del siglo XIX se inventaron una banda criminal anarquista, la mano negra, de la nada para poder asesinar con total impunidad a campesinos ideologizados por la Internacional en Jerez. Son manchas que hemos olvidado, precisamente por eso no podemos entender a los anarquistas.

El libro expone muy bien la postura moral ideal de estos grupos. Robaban y asaltaban bancos pero nunca pretendían quedarse ellos con el dinero, sino que iba para la CNT. No se casaban pero nunca tenían más de una pareja, tampoco bebían en exceso. Hay un peligroso parecido con la ética burguesa calvinista en este aspecto. Quizá con mucha razón el gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo de los anarquistas que eran unos decadentes y unos nihilistas como los cristianos al negar la vida, al negarse a sí mismos dándolo todo a una estructura superior.

También es interesante el cómo aborda el asunto de la mujer dentro del movimiento. El anarquismo declaraba la completa igualdad entre hombres y mujeres, si bien a raíz de testimonios como el de Émilienne Morin (“esposa” de Durruti) vemos que esto también tenía sus limitaciones.

Todo gira en torno a la vida y siete muertes de Buenaventura Durruti, el anarquista español más emblemático. Rebelde por naturaleza, entró a formar parte de los solidarios y de la CNT después de ser expulsado de la UGT por su violencia durante la Huelga General de 1917. Su compromiso con la causa le granjeó el aurea de mito entre sus compañeros. Durruti es la excusa perfecta para analizar las incongruencias de un movimiento que supuestamente rechazaba el culto a la personalidad y carecía de líderes. Pero también intenta responder a la misma pregunta que el documental Buenaventura Durruti anarquista (altamente recomendable) y es que ¿Quién era Durruti? Después de una dictadura de casi cuarenta años solo nos ha quedado el mito, pero como dice Enzensberger “Las mentiras y los mitos contienen algo de verdad”. A través del testimonio de quienes le trataron puede alcanzarse si no una respuesta convincente a esta pregunta sí al menos una idea de la impresión que causó este hombre en su tiempo.

Ciertamente era un hombre de acción, no un revolucionario de salón. Fue consciente de que vivió en la época del todo o nada y dio su vida por destruir a la sociedad (nunca se explica lo suficiente lo cruel e injusta que era esa sociedad) que oprimía a la mayoría de la población. Dio su vida por ello, pasando largas temporadas en la cárcel y siendo varias veces condenado a muerte. En este punto es importante la honestidad sin igual que le atribuyeron sus compañeros, un hombre que había atracado varios bancos y robado millones no tenía nada en el momento de su extraña muerte. Un par devotas, unas gafas de sol, unos prismáticos y dos pistolas.

Enzensberger explica que la II República española estuvo muy lejos de ser un régimen revolucionario, se trataba más bien de la consecuencia lógica de la monarquía acabada de Alfonso XIII. El reformismo fue especialmente limitado en lo que a clases trabajadoras se refiere y la represión contra la CNT especialmente fuerte. El régimen legal era hijo directo del anterior, y heredaba los mismos problemas: una situación social insostenible. El orden se mantuvo a duras penas, y con el estallido de la Guerra Civil la revolución estalló en Barcelona, el comunismo libertario fue una realidad durante un breve lapso de tiempo, suficiente para despertar de la utopía.

Con la guerra los anarquistas tuvieron que sacrificar sus principios más elementales en pro de la eficiencia. Valores como la libertad o la renuncia a cualquier tipo de liderazgo se esfumaron. Durruti se alzó como un líder militar que impuso disciplina a sus hombres, disponiendo en ocasiones de la vida de ellos. En Barcelona el trabajo en las fábricas controladas por la CNT se tornó en una obligación incuestionable, el propio Durruti mandó a trabajar a los gitanos. El que en su día había sido un firme defensor de la libertad y enemigo de la explotación se convirtió en el conflicto en lo que más había odiado. Él mismo tenía miedo de que se sacrificase la revolución en favor de la disciplina como en la Rusia Soviética, y al final fue lo que sucedió. El corresponsal de guerra Ehrenburg no dibuja de manera muy favorable al líder de los anarquistas, quien a pesar de negar que fuera eso se permitía hablar en nombre del movimiento a la prensa británica. No hay duda de que era un jefe y líder, Enzensberger narra su grandioso funeral, señalando que era más propio de un rey.

¿Cómo murió Durruti? No tengo ni idea. Las siete tesis parecen razonables. Tras su muerte en Madrid la guerra siguió. El anarquismo fue perdiendo fuerza, traicionado por el gobierno de la Generalitat de Cambó (cosas que nunca cambian, ayer y hoy solo interesados en su estatuto), por los comunistas (partido totalmente aburguesado según Enzensberger) y por el PSOE (¿Para qué hablar de este partido?) La Guerra fue mucho más que un conflicto entre oprimidos y opresores, fue también una guerra de intereses a nivel internacional. Una guerra entre países.

El fin de la guerra fue el fin de toda una época en España en lo que a lucha de clases se refiere. Se impuso el silencio y ahora cada vez que miramos atrás somos incapaces de empatizar con estos grupos de comunistas, anarquistas y demás revolucionarios. Como si hubiese sido un sueño en la historia del país, como si no tuviésemos nada en común. Va siendo hora de rescatarlos del olvido y sobre todo del desprecio.


El olvidado rey Fernando

Escrito por elrevisor 30-09-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

Un excelente manual para entender los logros y fracasos de la España de la Ilustración es el coordinado por Ricardo García Cárcel, en el cual colaboran Virginia León, Jaime Tortella, Lluís Roura y Bernardo Hernández. Sin duda el fuerte de esta Historia de España. Siglo XVIII: La España de los Borbones es el apartado político, aunque sus anotaciones sobre el aspecto cultural y social en la España de la época no desmerecen en absoluto. El único punto flaco del libro es su total desinterés por la cuestión americana. Para entender bien el siglo XVIII en la América española un autor muy recomendable es el hispanista John Lynch.

Este repaso excelente de la historia española en un siglo tan complejo como el XVIII (a quien las generaciones posteriores tanto debemos, pues gozamos de unos frutos que, como indican muy acertadamente los autores, estuvieron lejos de ser degustados por la inmensa mayoría de la población de aquella época) hace justicia a cierto monarca cuyo reinado es el más decisivo en el impulso de los avances ilustrados. Me refiero a Fernando VI (1746-1759), para Jaime Tortella el más destacado de los reyes españoles del XVIII, injustamente eclipsado por su hermanastro Carlos III (1759-1788), monarca inculto, mediocre y responsable de la toma de decisiones claramente perjudiciales para el desarrollo político venidero, como se evidencia al estudiar la España en clara bancarrota que legó a su hijo Carlos IV (1788-1808).

Fernando VI, rey que tenía una conciencia nacional por encima de la dinástica (al contrario que su padre y su medio hermano). Un hombre que parece era de escasa inteligencia pero que con su odio absoluto a la guerra permitió el comienzo de una prospera etapa económica que concluiría en el reinado siguiente con una serie de conflictos difíciles de justificar. En 1748 logra la firma de la paz de Aquisgrán, cerrando así la última de las guerras emprendidas por Felipe V (1700-1746) y por su segunda esposa, Isabel de Farnesio (no deberíamos ver tras la ambición de la madre del futuro Carlos III una gran inteligencia, de su obsesión por situar a sus hijos al frente de varias coronas italianas sacaron claro provecho advenedizos como Alberoni o Ripperdá.) Mientras en el reinado de Felipe V el estado de guerra fue constante y en consecuencia el reformismo muy limitado, en el de Fernando VI los diez años de paz de los que logró proveer al Estado español permitieron a José de Carvajal y Lancaster y al marqués de la Ensenada el desarrollo de una serie de interesantes reformas. Es el tiempo en que más instituciones académicas e ilustradas se abren en España en relación a la duración del reinado, a la vez que se intentó la más revolucionaria de las reformas económicas del siglo, con el catastro de Ensenada que pretendía imponer el llamado impuesto único. Aunque fuese una reforma imposible la experiencia sirvió para un mayor conocimiento social y fiscal del reino.

El marqués de la Ensenada contó hasta 1754 con el total apoyo de la corona. Fue el año de la muerte de Carvajal, acontecimiento que aceleró una serie de intrigas palaciales que desembocaron en una reestructuración absoluta del gobierno. De Ensenada pueden destacarse la reconstrucción de la Armada y la reforma fiscal. Aunque también habría que mencionar las políticas discriminatorias y abusivas contra los gitanos en las que Tortella no se centra en exceso.

Culturalmente el avance vino de los intereses cortesanos del propio rey y de su esposa Bárbara de Braganza, así como del cantante y empresario italiano Farinelli, a quien se despacharía groseramente en el período siguiente. Jaime Tortella afirma también que frente a un absoluto desprecio de los artistas españoles por parte de Felipe V, en esta fase nos encontramos con una españolización de las artes. Una cultura renacida que se respiró sin embargo en un ambiente muy reducido, pues no se hizo nada por intentar reducir ese 80% de analfabetismo que afectaba a la sociedad española. De todas formas la situación de paz se vio acompañada de buenas cosechas y una situación de relativa bonanza para las clases populares.

Esta situación de paz se vio amenazada por la coyuntura internacional, al estallar la guerra de los siete años en 1756. Es una pena que el rey cayese en la más absoluta locura en 1758 y muriese poco después en 1759.  La llegada al trono de Carlos III significó entrar en una guerra que ya estaba perdida contra Inglaterra. La relación entre ambos hermanos fue muy tensa, Carlos III, como rey de Nápoles, había insistido en que España debía ir a la guerra desde el principio, como aliados de los Borbones franceses. En 1759 moría un rey loco pero claramente beneficioso para el país, le sucedería un monarca que reiniciaría el constante estado de guerras y derrotas en el extranjero. Un rey que, según Lluís Roura, pone fin al despotismo ilustrado en 1775 para iniciar simplemente el despotismo, al depositar el poder en el reaccionario Floridablanca. Fernando VI se negó a entrar en ninguna guerra y se negó a pagar las deudas bélicas contraídas por su padre. Una deuda ilegítima. Carlos III pagó dicha deuda nada más llegar al poder, un gasto necesario para iniciar sus distintos enfrentamientos.

El libro de García Cárcel no se limita, como ya he dicho, a los tiempos de Fernando VI y Bárbara de Braganza, pero he considerado muy interesante centrarme más en este apartado por dos razones. Primera; Fernando VI antepuso los intereses nacionales a los dinásticos, consecuencia de lo cual consiguió una paz de excelentes resultados. Segunda; la figura de Carlos III ha alterado totalmente la visión historiográfica del XVIII español, siéndosele atribuidos muchos de los logros de su hermano y responsabilizando a su hijo Carlos IV  de muchos de sus errores. Fernando VI merece una reflexión historiográfica y merece una absoluta reconsideración a un nivel de memoria más general. A mi entender, el Borbón más simpático de la Historia de España.


Psicoanálisis a un Conde Duque ambicioso y a un rey simpático

Escrito por elrevisor 18-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

La biografía de Gaspar de Guzmán redactada por el médico español Gregorio Marañón a finales de los años treinta del siglo pasado y que lleva por título El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar es más una obra literaria que un estudio firmemente histórico. Un análisis naturalista de la personalidad no solo del hombre fuerte en la primera época de Felipe IV (entre 1621 y 1643), sino también del propio rey y de la corte española. Escrito con una genialidad realmente admirable, peca sin embargo de dejar de lado el derrumbe de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en los diferentes escenarios en Europa, de las relaciones internacionales y prácticamente de todo lo que fuese más allá de la Corte. Si bien en lo referente a este entorno es bastante preciso. La obra es totalmente demoledora con aquellos ilustres genios que formaron la última generación de los siglos de oro. Aquellos poetas que para medrar y ascender no dejaban de adular al Conde Duque y a Felipe IV. El que sin duda fue más lamentable en este aspecto fue Quevedo, quien alabó al Conde Duque en poemas y comedias para luego volverse contra él tras caer en desgracia por oscuros motivos.

El pequeño prólogo con el que Marañón abre su obra (publicada en 1936) es una verdadera joya y un análisis interesante de la personalidad humana, en lucha constante entre el destacar y el subordinarse, la pasión de mandar es algo muy humano que a veces llega a unos límites insospechado, siendo los momentos críticos idóneos para el alzamiento de dictadores que la padecen, caso de Gaspar de Guzmán.

En el prólogo ya se aprecian todas las intenciones del autor, que reniega de hacer un estudio propiamente histórico. Marañón aprovecha la vida de Olivares para estudiar este curioso fenómeno psicológico. A partir de aquí inicia un estudio riguroso de su vida desde una perspectiva médica y naturalista. Para Marañón todo está determinado por los genes y el entorno, por lo que estudia a la familia del Conde Duque y la situación de aquellas instituciones políticas en las que se movió. Tiene gran importancia en la obra el concepto nietzscheano de la voluntad (de hecho está dedicada a Azorín, cuya obra más importante tiene precisamente este título, La voluntad). Olivares tenía una ambición desmedida, al nivel de su fuerza de voluntad. Frente a esto encontramos a un Felipe IV incapaz totalmente de tomar decisiones y que se sirvió de otros privados tras la caída de Olivares (Luis de Haro y Sor María).

Tiene apuntes y desvaríos bastante curiosos. Para Marañón los dictadores se diferenciaban por su forma física. Así contraponía a un Olivares grande y obeso caracterizado por los grandes ademanes y la importancia de las formas frente a un Richelieu alto, escuálido, austero y cruel. Es muy crítico con este último y muy condescendiente con el primero. Olivares fue un desastre político para la Monarquía Hispánica, un megalómano con ansias de grandezas política y militar que acabó rendido ante la realidad.

No puedo sino rechazar muchos de sus juicios. Exculpa a Olivares de los desastres que sufrió la Monarquía en aquella época. El Conde Duque heredó una situación política con una situación exterior controlada, aunque miserable en el interior. Decidió  recuperar el espíritu de las campañas de Carlos V y de Felipe II, lo cual fue un desastre. Marañón señala que fue un político anacrónico, pero esa política que reemprendió fue la que había arruinado a esa Castilla que según Marañón tanto amó y que en realidad hundió todavía más. Sus intentos de unificar las distintas coronas en un gran estado español fueron llevadas de manera torpe, y teniendo como objeto el mantener las guerras que había reabierto en Holanda. Por no hablar de negarse a establecer una alianza matrimonial con Inglaterra. Todo en él fueron errores desastrosos. Es realmente cómico cuando Marañón apunta que Portugal y España no podían estar juntas por motivos biológicos.

Es interesante lo que dice de que los Austrias tenían poca voluntad, y que está fue siendo aún menor según pasaron las generaciones. Para él de los reyes de esta familia Carlos I despertaba admiración, Felipe II respeto, Felipe III indiferencia, Felipe IV simpatía y Carlos II lástima. Es una afirmación lúcida, aunque yo no comparta en absoluto su admiración a Carlos I. Mucho menos comparto las simpatías a Felipe IV ¿Quién puede sentir simpatías por un rey que pide consejos militares a una monja que no sabe nada de la guerra? ¿Un rey que representa la lujuria y el "donjuanismo" sexual y que a la vez impone rigurosas leyes morales"? Felipe IV casi impone la misma lástima que su hijo hechizado. Ciertamente no se puede negar que el Rey Planeta gozase de un buen gusto para el arte poco habitual y de una elegancia exquisita. Un gran mecenas y un rey penoso. Simpático solo a ratos.

Marañón veía más culpables de la situación al pueblo "vago y holgazán" que al rey y a su ministro. Esa afirmación era obscena e injusta. El texto está brillantemente escrito. Marañón fue un intelectual de merecida reputación pero, como el mismo afirma en el prólogo, no era historiador. Solo se sirvió de la Historia para desplegar sus teorías biológicas y científicas. Sin duda gracias a su clásico podemos entender mejor a Gaspar de Guzmán como hombre, pero no las consecuencias de sus actos políticos. Como hombre nos encontramos con un megalómano de ambición desmedida y tendencias depresivas, obsesionado con perpetuar su linaje y encabezar ejércitos en gloriosas batallas. Como político a un iluso en gran medida, que fue estafado por varios arbitristas, que no tenía ni idea de economía y que en muchas ocasiones careció de escrúpulos. Marañón niega que quisiera tener apartado a Felipe IV  de la vida política, más bien lo contrario, pero el rey era demasiado débil. Ciertamente eso lo evidencia el hecho de que siguió sirviéndose de ministros todopoderosos.

Como conclusión señalar que se trata de una obra recomendable desde el punto de vista literario. Una biografía con todo el espíritu de la Generación del 98. Como análisis de esa época tiene un valor bastante limitado.


¿Quién fue Felipe II?

Escrito por elrevisor 12-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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Creo que los españoles merecemos una respuesta convincente a esta pregunta ¿Quién se esconde bajo esa leyenda negra que ha marcado para siempre la visión de la Historia de España? ¿Un monarca digno de ser tachado de cruel, tirano, fanático, perverso y malvado? Felipe II ha despertado siempre sentimientos muy dispares entre los historiadores, pero fue la fecha del quinto centenario de su muerte, 1998, la que marcó un cambio en el trato dispensado a este rey. El resultado ha sido una bibliografía opuesta a la visión tradicional, resaltando sus virtudes y describiéndole como un hombre de su tiempo. Creo que dos de las obras más reseñables sobre este monarca y las consecuencias de sus actos son La España de Felipe II de Joseph Pérez y Felipe II: La biografía definitiva de Geoffrey Parker.

Ambos autores coinciden en presentarle como un príncipe del renacimiento. Parker es bastante insistente no solo en su educación, sino en resaltar también su faceta más artística. El joven príncipe conocía muy bien las ideas venidas de Europa, estando al tanto de obras tan revolucionarias como la de Copérnico, pero él mismo se dedicó también de joven a la pintura y a la poesía. Joseph Pérez defiende que con su reinado (1556-1598) se produjo un vuelco ideológico con respecto al ambiente cultural de la época de Carlos V (1516-1556), aunque no habría sido una cuestión del nuevo rey. Pérez desmonta el mito de un Carlos V liberal y moderno frente a un Felipe II excesivamente conservador. Para acallar el incipiente protestantismo en las ciudades de Sevilla y Valladolid recién coronado Felipe II y Carlos V recluido en Yuste, fue el padre el que insistió con más ahínco en reprimir con excesiva dureza dichos focos. Poco antes, cuando Felipe era rey consorte de Inglaterra, no hizo gala de ningún acto de fanatismo con respecto a la población protestante. Estos dos ejemplos nos muestran que los hechos no fueron tan simples.

Pérez está muy lejos de defender al rey prudente ciegamente. Señala que hizo honor a su sobrenombre al comienzo de su reinado, al hacer exigencias moderadas a una Francia hundida por la derrota de San Quintin (1557) y en el resto de cuestiones en general. Esta prudencia desaparece totalmente en los años finales del reinado. El rey intentó imponer en Francia a su hija Isabel Clara Eugenia como reina. También mandó al Duque de Alba cruzar las fronteras de Portugal con su ejército  en un momento en que el país ya casi le había jurado lealtad a su nuevo rey. Lo del Duque de Alba terminó con el saqueo de la misma Lisboa y un resentimiento entre los portugueses que crecería hasta estallar en 1640. Las órdenes que dio a Alejandro Farnesio de invadir Francia desde Flandes a comienzos de 1590 condenó (según Pérez) a perder una guerra que se alargaría ochenta años.

Tanto Pérez como Parker desmontan la figura que la leyenda negra ha transmitido de Felipe II, pero la nueva imagen tampoco es agradable en absoluto. Pérez le tacha de excesivamente tímido e incluso de cobarde, a raíz de abandonar a su amigo Carranza a las garras de la Inquisición en 1559. Los dos coinciden en que era también muy inseguro, y con esta inseguridad jugó todo lo que quiso Antonio Pérez. Un rey frío y distante que ordenó matar representantes de Flandes en Madrid cuando estallaba el conflicto los Países Bajos, haciéndolo pasar por muerte natural. Pérez también resalta su personalidad celosa, al pretender siempre rodearse de mediocres.

Parker es mucho más amable a la hora de describirle. Destaca el dolor que padeció ante la enfermedad que sufrió su hijo Don Carlos y como la tragedia afectó a las relaciones entre padre e hijo. También el afecto que sintió por su tercera esposa, Isabel de Valois, y por la hija de ambos, Isabel Clara Eugenia. Hombre en extremo ordenado, amante de la limpieza y totalmente inexpresivo, hasta el punto de que muchas veces era imposible deducir su estado de humor o lo que estaba pensando. Sin embargo, es Pérez el que más insiste en desmontar la idea de que era un fanático religioso. La religiosidad del rey se amoldaba plenamente a las ideas de su tiempo. Consideraba que los súbditos debían compartir la fe del rey por cuestiones de Estado, así por ejemplo  intentó mantener unas relaciones cordiales con la Inglaterra anglicana de Isabel I (1558-1603). Mientras Francia se hundía en ocho guerras civiles por cuestiones de intolerancia religiosa, él insistía en mantener abierto el frente de Flandes, cuya guerra no era tanto por motivos religiosos, pues los flamencos querían recuperar las relaciones con el rey de la época de Carlos V. En una época donde aún no se puede hablar de idea de nación eran la fe y el monarca lo que unía a los súbditos. Más aún en un conglomerado tan enorme y de culturas tan variadas como era la Monarquía Hispánica.

Ciertamente en aquella época España no existía como unidad política. La Monarquía Hispánica era un conjunto de estados que por herencia acabaron recayendo en la familia de los Austrias. Todo lo que afectaba a las leyes, a la justicia, a la economía o a la lengua variaba de un reino a otro. En esta situación política tan particular Castilla era el motor económico y también el cultural. Pero Pérez insiste en que no existía el estado español, no así la idea de España.

Pérez y Parker describen una situación cultural muy estimulante en aquel mundo hispánico. En esta situación Felipe II se alzó como el gran mecenas de las artes y las letras, pero también impulsó enormemente la geografía, lográndose gracias a su iniciativa un mayor conocimiento de la topografía de la península. También fue una buena época para las matemáticas, en un momento de renovación arquitectónica, y para los estudios de las cultura clásica y hebraica. Estos autores insisten en que bajo su reinado encontramos un ambiente muy propicio para el desarrollo intelectual. Pérez pone el ejemplo de que la obra de Copérnico no entró en el Índice de los libros prohibidos hasta comienzos del siglo XVII. Con Felipe II la Inquisición se mostró hostil frente a las obras de teología y filosofía, no siendo especialmente beligerante con los escritos de ciencias exactas y naturales.

A su muerte el rey era tremendamente impopular. Cervantes escribía sonetos satíricos sobre su persona y circulaban numerosos chistes por las ciudades. Pérez es tajante, sus súbditos eran más pobres cuando murió que cuando fue coronado. Parker señala que el enorme coste de las fastuosas y gigantescas celebraciones fúnebres, celebradas a lo largo de toda la Monarquía, no le hicieron especialmente más querido. Las costas eran saqueadas y las arcas estaban en un estado crítico. Parker apunta que la memoria española no lo rescató hasta prácticamente el reinado de Felipe IV (1621-1665). Cuando la monarquía se derrumbaba y perdía la supremacía en Europa en Castilla se tomó conciencia de que había tenido un rey respetado en el exterior, y sobre todo temido. Irónicamente el Conde Duque de Olivares había retomado su beligerancia, apartada en gran parte en tiempos del mucho más calmado Felipe III (1598-1621).

Como conclusión muestro toda mi conformidad con Joseph Pérez cuando señaló que el rey impuso sobre los intereses nacionales de Castilla sus intereses dinásticos. Carlos V y Felipe II desestructuraron la economía de un país potente en pro de su megalomanía. Parker considera, creo que con acierto, que de esa época quien gobernó con más conciencia nacional fue Isabel de Portugal, regente durante la ausencia de su marido. Se otorgaron privilegios a banqueros genoveses, italianos y flamencos y se sacrificó la potente industria castellana para conseguir créditos de manera rápida. Tras eso resultó más beneficioso dedicarse al rentismo y se consagró el tópico de que los españoles eran unos vagos. La península ibérica quedó apartada de las nuevas formas económicas y condenada a la pobreza y el estancamiento. Obviamente el de Felipe II no es un buen legado.