El Revisor

Historia de España

Reconsideraciones sobre el Conde Duque de Olivares

Escrito por elrevisor 14-01-2015 en Historia de España. Comentarios (0)

La obra de John Elliot sobre el Conde Duque de Olivares se acerca a muchas cuestiones que Gregorio Marañón dejó sin plantear en la primera biografía del hombre fuerte del reinado de Felipe IV entre 1621 y 1643. Va mucho más allá del personaje, contextualizándole con buen rigor en la mentalidad de una Monarquía Hispánica bien consciente de que ya no era lo que había sido y en una Europa a punto de explotar en una serie de guerras y revoluciones que definitivamente dejaron a las potencias mediterráneas en un segundo orden. Mientras Marañón apenas salía de la corte para hacer un estudio psicológico de Gaspar de Guzmán, Elliot atiende con gran rigor toda la política exterior, así como los grandes problemas que trajeron en su desarrollo una patente desarticulación de la administración interna de la Monarquía.

Desde luego no se trataba de un válido al estilo clásico (como por ejemplo los Duques de Lerma y Uceda en tiempos de Felipe III.  Elliot  llega a cuestionarse si “valido” es un término correcto para referirse a él) pues de verdad trató de hacer de Felipe IV un gran soberano. Recordemos que en 1621 el nuevo monarca contaba con apenas 16 años, y tenía que hacer frente a no pocos problemas. Guzmán trató de conformar un gobierno con un rey firme que contase a su vez con un ministro fuerte, mucho se le debe en la formación intelectual del Rey Planeta. Ahora bien, si Felipe era inteligente, culto, con un buen gusto poco común y de cuerpo atlético padecía el mal de los Habsburgo del que ya hablaba Marañón, una timidez y falta de confianza que se agravaba con el paso de las generaciones. A esa carencia se unía una explosiva mezcla de pasión por el bello sexo y una religiosidad excesiva que le llevaba a sentirse directo responsable de todos los males que afectaban a sus reinos. Pocos eran quienes estaban capacitados para encabezar aquel gigantesco imperio con pies de barro, y Felipe no era uno de ellos… y el Conde Duque tampoco estuvo a la altura.

Convencido de que se necesitaba una regeneración moral de la población y la recuperación de las buenas costumbres castellanas el Conde Duque de Olivares planteó toda una serie de reformas económicas, administrativas y cívicas. Su aspiración era la formación de un Estado español que fuese más allá de la reunión de varias coronas bajo un mismo rey. Dicho Estado debería estar bien unificado, tener una administración eficaz capaz de recuperarse de la crisis económica y crear un fuerte sentimiento nacional que fuese más allá de Castilla al permitir a gentes de los demás reinos ascender en su administración y a la inversa, castellanos en la administración de los otros países que conformaban entonces la monarquía. El proyecto era muy ambicioso, pero apenas consiguió ninguno de sus objetivos debido al estado constante de guerra.

Elliot desarrolla muy bien lo que en la época era el concepto de “reputación” por el cual había que evitar toda paz que diese una sensación de debilidad. También la idea de que una alianza entre los Habsburgo castellanos y los alemanes debía garantizar la paz y la estabilidad en el continente, lo que explica la intervención que resultaría funesta en la Guerra de los treinta años. En esta situación, Olivares nunca planteó (ni recibió) una paz aceptable por parte de los holandeses. Si hasta finales de la década de 1620 parecía que la monarquía había recuperado su antiguo vigor lo cierto es que ampliar aún más los frentes abiertos en la guerra de Mantua fue el gran error de toda su política. Había insistido desde el principio en recuperar el belicismo de unos tiempos idealizados en exceso y protagonizados por Fernando de Aragón, Carlos V y Felipe II. Elliot incide en que el recuerdo en Castilla (y seguramente también en Aragón) de Felipe II era bastante crítico a su muerte, para luego quedar como una época heroica según avanzaba el reinado de Felipe III (1598-1621) con una política exterior timorata y claramente dominado por Lerma. El recuperar esta política exterior agresiva puede justificarse en parte por la mentalidad de la época, pero no hizo de Olivares un político precisamente popular.

Para Elliot una de las consecuencias de su mandato fue el haber arrastrado a la aristocracia y al clero a unas posiciones ultraconservadores al resistirse a sus reformas, lo que explica su radical oposición al reformismo del XVIII, en gran parte deudor de los proyectos de Olivares. También habría que destacar la desestructuración de todo un imperio, al no haber encontrado más que en la guerra un nexo común entre todos los súbditos de Felipe IV. De este modo Portugal alcanzaría su independencia y Aragón luchó fuertemente por ella. La segunda mitad del siglo vería una cierta estabilidad e igualamiento con Francia (muerto ya Richelieu y destrozada por la Fronda) pero para entonces Olivares ya había desaparecido. Su legado es difícil de juzgar, aunque desde luego no tuvo que ser agradable vivir bajo su mandato.


España trágica

Escrito por elrevisor 26-12-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

El sexto volumen sobre la serie Historia de España que dirigen los historiadores Josep Fontana y Ramón Villares y que está escrita por el primero es una excelente síntesis sobre la implantación del liberalismo en el país y las causas que lo pusieron en la cola de Europa occidental, concluyendo de manera creo que muy correcta que no había comparación entre la ruina española y las potencias allende los pirineos y que es un disparate considerar su desastrosa situación política y social como algo “normal” y propio de la época. Su lectura es altamente recomendable y ayuda a entender como pocas obras la situación actual de España a la vez que es todo un placer leerlo porque está escrito con una agilidad tan deliciosa como poco habitual.

Lo mejor del libro es que va destrozando mitos de la historia española página a página desde el reinado de Carlos IV hasta el triste fracaso del sexenio democrático en 1874. Recalcando que Carlos IV, Manuel Godoy y Fernando VII dejaron que Napoleón saquease España a placer hace una radiografía muy interesante de la Guerra de Independencia donde el gran perjudicado fue el pueblo español (víctima del ejército napoleónico, de los aliados británicos y en última instancia de las propias guerrillas nacionales que necesitaban subsistir de alguna manera y que acabaron agrediendo a determinadas poblaciones) y en el que Napoleón lo que llevaba no era precisamente la democracia, sino la conquista y la opresión disfrazada inteligentemente en una monarquía pseudoconstitucional encabezada por José I (monarca bienintencionado pero de facto un mero títere de su hermano y que pintó bien poco en el desarrollo de los acontecimientos) en la que se planeaba la anexión francesa de Cataluña. El liberalismo radical de Cádiz fue posible plasmarlo en papel en ese contexto y no pudo implantarse de facto durante el trienio liberal (1820-1823) ante la vuelta de los franceses llamados de nuevo por esa lacra borbónica con la que España ha cargado ya demasiado tiempo.

En los albores de la Edad Contemporánea el clero católico alcanzó y fomentó un fanatismo extremo, deseoso de mantener su elevada posición política, social y económica y resultando en una fractura que llevaría al surgimiento de grupos guerrilleros ultrarrealistas primero y al estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) después. Por otra parte los líderes políticos españoles destacaron tanto por su ambición personal como por su escasa inteligencia. La guerra tardó en terminarse pues había más miedo en Madrid al propio liberalismo que a las fuerzas carlistas.

Lo que viene a defender Fontana a lo largo de toda la obra es que en el Nuevo Régimen se consolidaron en el poder tanto las viejas élites (Corona, clero y nobleza) como una nueva burguesía ascendente centrada en el comercio y un ejército al que se había metido irresponsablemente en política. Estas élites no se preocuparon en ningún momento de industrializar España ni de crear un sentimiento nacional a través de un sistema educativo moderno, pues solo estaban interesados en el enriquecimiento privado, alcanzándose altas cotas de corrupción en los que participaban todos ellos. Es muy significativo estudiar la carrera pública de personajes como Espartero que en tiempos de Fernando VII acalló los levantamientos liberales de Cataluña (a la que España debe muchísimo) con el loco conde de España para después hacerse el adalid del partido progresista o Serrano, quien también siguió con los realistas antes de 1833 para luego pasarse al bando liberal, ser amante de Isabel II, estar entre los revolucionarios de 1854 y entre los contrarrevolucionarios del 56 para sumarse a la del 68 y traicionar tanto a Prim como a Amadeo y aún tener una posición interesante en el sistema de la Restauración Borbónica.

El Estado liberal español decimonónico fue directamente criminal, acallando a sangre y fuego los motines populares contra los sistemas de quintas y consumos, tolerando la llegada de productos extranjeros sin proteger la industria nacional por miedo al creciente movimiento obrero, bombardeando la propia ciudad de Barcelona dos veces en la década de 1840 (Espartero y el propio Prim). En Cataluña encontramos movimientos demócratas y defensores de la soberanía nacional, del asociacionismo y una economía protegida en esta época. Unas reivindicaciones muy adelantadas dadas en la región que hizo que España no se convirtiese directamente en África. El terror (que en contra de unas creencias divulgadas muy interesadamente viene más del orden contrarrevolucionario que del revolucionario) con que la casta de Madrid aterrorizó Barcelona es solo una muestra de los medios que se aplicaron en el reinado de Isabel II para hacer imposible el progreso y la democracia. Es una vergüenza que las grandes calles de la capital de España lleven los nombres de los políticos de aquella época y tengan monumentos a los mismos.

No había conciencia nacional entre los gobernantes ni por supuesto en la figura regia, todo estaba orientado a sus turbios negocios. Nada bueno sacó España de las guerras emprendidas durante la época de O´Donnell y la Unión liberal (1856-1868) y es muy triste que la guerra fuese el único recurso utilizado para crear un sentimiento de unidad. No es casualidad que países que se tomaron más enserio el sistema educativo lograsen con éxito la unificación (Italia y Alemania) mientras que la unión con Portugal fue imposible y nunca planteada seriamente. Las universidades españolas estaban a la cola del mundo civilizado y el sistema educativo primario en manos de una Iglesia que no aceptó el liberalismo hasta 1891 y seguía siendo retrógrada a más no poder. El analfabetismo español era muy superior a finales del siglo al de Francia, Italia y Alemania. Las carreras técnicas tuvieron un desarrollo muy pobre mientras que se estudiaba en masa Derecho para medrar en una administración desastrosa y espesa.

El propio sexenio democrático vino dado por una revolución dirigida en gran parte por la casta de siempre, pues recordemos que el progresista era un partido apartado del gobierno central por moderados y unionistas, a lo que se suma que en 1868 el régimen isabelino era ya insostenible y difícilmente legitimable.  Septiembre de 1868 fue un golpe necesario para que gran parte de la élite se mantuviese donde había estado siempre, si en un determinado momento una monarquía democrática fue posible todo se vino abajo con el asesinato de Prim en la calle del turco en diciembre de 1870. Pero recuérdese (vuelvo a recomendar la tesis doctoral de Carmen García Bolaños sobre el reinado de Amadeo I, reseñada en este blog) que nunca se cumplieron las reivindicaciones populares y que la Primera República fracasó por tímida y no por radical (ni mucho menos como indica Fontana). También es muy llamativo que la bandera tricolor fuese la ondeada por los grupos republicanos de 1868.

Este ensayo alumbra perfectamente los difíciles enredos políticos españoles desde 1808 (fecha en la que España ya se encontraba en una situación bastante difícil después de un siglo XVIII absolutamente mediocre) hasta 1874, atendiendo con precisión igualmente las grandes dificultades sociales y la llegada de las ideas revolucionarias así como su puesta en práctica. La conclusión de Fontana de que las políticas aplicadas en este corto siglo XIX no fueron un fracaso porque no se proponían el desarrollo del país me parece bastante lúcida y certera. “España” fue un proyecto imposible y en el siglo XX las consecuencias serían desastrosas.  


Aquellos diez curiosos años

Escrito por elrevisor 31-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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Excelente acercamiento a la historia social, política y económica española de la primera mitad del siglo XIX constituye el gran trabajo de Carlos Marichal que lleva por título La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España. 1834-1844. Un estudio profundo en el que la comparación del avance del liberalismo español con el de las otras potencias europeas (especialmente Francia e Inglaterra) es una constante. El recorrido de un período revolucionario muy tenso socialmente que concluyó en 1844 con la consagración de la dictadura del partido moderado, la cual se extendió hasta 1868.

España, como país apartado de Europa tras la frontera pirenaica, presentó muchas singularidades en lo que al avance del liberalismo se refiere. Las ideas liberales tuvieron un tiempo de fructífera reflexión y madurez en el exilio impuesto por el reaccionario gobierno de Fernando VII desde 1823 hasta l833. Por una parte los liberales se ponían al día de las nuevas ideas de Europa y establecían fuertes lazos con hombres influyentes de Francia e Inglaterra, por otra en España se iba consolidando el futuro carlismo, apoyado por el clero que no aceptaba el fin de su hegemonía política y económica, el campesinado del País Vasco, Navarra, y el Maestrazgo catalán que recelaba de los nuevos planteamientos económicos y una parte de la aristocracia más reaccionaria, no solo de España sino de todo el continente. Marichal insiste en la importancia que tendría el conflicto carlista y en los intereses internacionales que en él se jugaron. Con la guerra civil emprendida en Portugal por el pretendiente Don Miguel la carlista es el único conflicto en que la nueva coyuntura económica mueve a los grupos más tradicionalistas al enfrentamiento bélico directo y abierto.

El estado de guerra llevó a María Cristina de Borbón (que para nada compartía las nuevas ideas) a pactar con los liberales, dejando a los más radicales ocupar el gobierno, caso de Mendizábal que llevó a cabo una más que necesaria desamortización de las tierras eclesiásticas. Durante la guerra que fue de 1833-1839 los liberales toman posiciones en Madrid, explotó una gran cultura de concienciación política difundida a través de una nueva prensa y se consiguió sacar adelante la Constitución de 1837, dejando de lado el Estatuto Real de 1834, fervientemente defendido por la regente.

En todo momento María Cristina actuó como la mayoría de los miembros de su familia, con mucha más ambición que inteligencia, con movimientos absolutamente irresponsables como la aprobación de una impopular ley de ayuntamientos que llevaría al motín de la granja de 1836. Carlos Marichal no se centra especialmente en las intrigas de palacio, las cuales abundan en el mucho más mediocre estudio de Carmen Llorca, Isabel II y su tiempo donde incide en la educación que recibió la hija de Fernando VII. Una educación basada en rezar, cantar y pronunciar algunas palabras en francés. La que fue reina de España entre 1843 y 1868 cometía faltas ortográficas constantes. Una delicia para manipular por parte del partido moderado. Según las estadísticas de las que se sirve Marichal en 1840 el 90% de la población era analfabeta y el sistema universitario era anacrónico. No es una burrada afirmar que la propia reina era una analfabeta funcional. Por su parte una vez más los intereses de los Borbones iban al margen de los del pueblo español, evidencia de ello fueron las prácticas corruptas de María Cristina, una de las principales fortunas del mundo.

Marichal narra muy bien los cambios ideológicos que van transcurriendo a lo largo de esos años, como la nobleza apoya el liberalismo por miedo a la gran rebelión campesina del carlismo, como el ejército pasa de ser el gran baluarte de las ideas progresistas al gran bastión de los moderados ante el hartazgo de tantos años de inestabilidad y fases revolucionarias, como por lo mismo el partido progresista se fue haciendo más conservador y como al finalizar la guerra contra los carlistas los moderados se reafirmaron en varios principios propios del Antiguo Régimen, defendiendo por ejemplo el derecho de la Iglesia Católica al diezmo.

Durante la regencia de Espartero y los anteriores gobiernos progresistas el sufragio estaba considerablemente más extendido que en Francia, numerosos derechos políticos como los de prensa y reunión eran reconocidos. España no era un país aparentemente atrasado en logros políticos, de hecho en esto era de los más avanzados, pero era evidente que ante tanto caos social el creciente enfrentamiento entre moderados y progresistas la dictadura era esperable. Se definieron a grandes rasgos dos bandos con su prensa y su apoyo armado, de los cuales los moderados de Narváez salieron como claros vencedores ante la torpeza política de Espartero, que estaba entregando el país a las garras del librecambismo inglés que destruiría la industria textil catalana. El terrible bombardeo de Barcelona de 1842 fue su sentencia. Espartero era como su predecesora en la regencia, mucho más ambicioso que inteligente. Los dos abandonaron España en barco y los dos todavía tendrían que desestabilizar la realidad política en el futuro.

El libro concluye con un análisis de la situación económica y las causas del atraso español. Una de las principales razones de este atraso fue la escasa formación de las élites, también el poco interés de los terratenientes en invertir en mejoras técnicas agrarias siendo España un país agrario. La debilidad política y de la armada hizo de una España proteccionista un caramelo para los contrabandistas ingleses, franceses y norteamericanos. El país dependió cada vez más de las importaciones, limitando esto sus posibilidades de industrializarse, además de que estaba endeudado con los banqueros de Francia e Inglaterra que habían apoyado al bando liberal en la guerra carlista. La excepción fue Cataluña, región que se industrializó enormemente y que desde la primera mitad del siglo XIX tuvo problemas de tensión social entre los trabajadores y los patronos. Barcelona fue una ciudad de enormes tensiones donde encontraron eco muchas ideas de izquierda y de republicanismo.

En conclusión La revolución liberal y los primeros partidos políticos en España. 1834-1844 es una gran radiografía de la sociedad española de la época desde una perspectiva del materialismo histórico bastante sólida y convincente a pesar de que se trate de un trabajo de los años setenta. Su principal punto flaco es el apartado cultural, si bien su estudio de la prensa de la época es correcto el autor ignora la efervescencia del radicalismo romántico, del cual muchos autores participaron activamente en la vida política y plasmaron su visión de la sociedad en su obra. Pienso por supuesto en el excelente José de Espronceda (1808-1842), políticamente muy exaltado y autor de numerosos artículos sobre la realidad política de su tiempo además de muchos poemas como 2 de mayo o A la traslación de las cenizas de Napoleón. Dejando esto de lado se trata hasta el momento del mejor libro que he leído sobre la situación política de aquellos años, quizá porque destaca grandes logros políticos momentáneos que no se suelen resaltar.


Frustradas memorias de África

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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Manuel Iradier Bulfy (1854-1911) fue sin duda uno de los grandes intelectuales de la España decimonónica, garantizando un mayor entendimiento de África con su excepcional obra África. Viajes y trabajos de la Asociación Eúskara La Exploradora. Resultó también clave en la consolidación en las tierras del Golfo de Guinea de una colonia española, en pleno reparto del continente negro. Este explorador vitoriano que viajó a la isla de Fernando Poo con veinte años recién cumplidos y que hizo aportaciones importantes en lo que se refiere a la geografía del territorio, y análisis antropológicos de primera magnitud, fue objeto de marginación en su tiempo y de olvido por parte de las generaciones siguientes. Las biografías a las que he tenido acceso son un rotundo fracaso, hablo de la redactada por Ricardo Majó Framis en 1954, Las generosas y primitivas empresas de Manuel Iradier Bulfy en la Guinea española. El hombre y sus hechos y de la más reciente de Ángel Martínez Salazar, Manuel Iradier. Las azarosas empresas de un explorador de quimeras.

El desinterés y la apatía siempre han sido sentimientos muy presentes en las relaciones que España ha establecido con lo que hoy es la Guinea Ecuatorial. En la época colonial apenas fue objeto de interés para los distintos gobiernos hasta que en el año 1898 España fue definitivamente desplazada de América, siendo pues esa pequeña colonia perdida en el África una de sus últimas posesiones de ultramar. Pero no se vio nunca a Guinea como una extensión de España, solo era una colonia en el sentido más estricto. Sus habitantes eran súbditos del Estado español, no ciudadanos, y el régimen constitucional (cuando lo había en la península) no afectaba a esta población. Como país independiente, no parece suscitar un gran interés entre los españoles, a pesar de ser la única zona de África donde el español es el idioma oficial.

Cuando nos referimos a la colonización de Guinea  hablamos de una parte de la historia de España que genera poco interés, exactamente el mismo que generó cuando se estaba produciendo. En el momento en que Manuel Iradier realizó sus expediciones al país muy pocos en la península se dieron cuenta de lo que estaba pasando, especialmente con la realizada a mediados de la década de 1870. Ambas expediciones contaron con muy poco apoyo estatal, pues Antonio Cánovas del Castillo no quería saber nada de arriesgadas aventuras en el extranjero, y era el hombre fuerte de la España de finales de siglo. Hablamos de un proyecto que salió adelante en gran parte por el impulso personal de Iradier, ferviente admirador de las aventuras de Henry Morton Stanley, con quien mantuvo una entrevista en Vitoria en junio de 1873.

Las aportaciones intelectuales y políticas de Iradier no fueron reconocidas en vida. Sus viajes a África mermaron seriamente su salud además de arruinarlo económicamente. Su vida está plagada de desgracias familiares, con una hija muerta de fiebre en Fernando Poo, suicidios y el fracaso de su matrimonio. A esto se sumaron los fracasos de todas y cada una de las actividades empresariales que emprendió y la desagradable disputa que mantuvo con el doctor asturiano y compañero de su segundo viaje, Amado Osorio y Zavala.

Desgraciadamente las biografías a las que me he referido inciden bastante más en estas vicisitudes de su vida que en lo que realmente supusieron sus expediciones. De estas prácticamente se limitan a una pobre reescritura de sus trabajos. Iradier no fue objeto de interés hasta que en el franquismo se produjo una nueva obesesión por África y por sus posibilidades políticas, por lo que se aprovechó el centenario de su nacimiento (1954) para celebrar una serie de conferencias en Madrid y Vitoria. En dichas conferencias se procedió a analizar su vida como un gran cúmulo de inmerecidas desgracias y se le dibujó como a un abnegado patriota que lo había hecho todo por España. España habría quedado apartada del reparto del continente negro por la ineptitud y cobardía de algunos políticos y por la maldad de sus vecinos europeos. Manuel Iradier quedó como un mártir y los análisis sobre la formación de la Guinea española resultaban horriblemente pobres.

Las biografías de Framis y Salazar son fieles a este espíritu, aunque la de Framis está cargada de comentarios racistas y chauvinistas de una manera obscena. De dichos comentarios se encuentra depurada la de Salazar, que aunque hace una reseña biográfica interesante de la vida de Amado Osorio (extravagante personaje que era vegetariano y dormía vestido y de quien no he hallado hasta el momento ningún estudio sobre su vida) se puede definir como un lamento constante por las dificultades que marcaron la vida del vitoriano. Hasta ahora el autor con el que mejor he comprendido a Iradier ha sido José Antonio Rodríguez Esteban, en su Geografía y colonialismo. La sociedad geográfica de Madrid (1876-1936).

Iradier y las sociedades geográficas fueron claves a la hora de introducir a España en el reparto del continente africano. Las importantes crisis internas del país no le permitían soñar con ambiciosos planes de expansión colonial, por lo que la colonización de Guinea fue en gran parte una empresa privada. De la gestión española poco bueno hay que decir, pero la obra de Iradier es una joya de la antropología. Hablamos de un personaje que está a la altura de sus contemporáneos Stanley, Pierre de Brazza y Henry Livingstone. Explorador del África y gran intelectual, Framis y Salazar han  sido incapaces de contextualizarle como se merece.


Hagiografía de un intelectual

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

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La biografía de Manuel Fernández Álvarez acerca de Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) ya lo dice todo con su título,Jovellanos, el patriota. Texto de 2001 que parece redactado hace más de sesenta años y que solo está bien para conocer un par de datos sobre la vida del ilustrado gijonés, pero que por lo demás es enormemente condescendiente.

Jovellanos, el patriotano no profundiza en absoluto en lo que era España durante la segunda mitad del siglo XVIII, limitándose a repetir un par de clichés sobre el reinado del "buen rey Carlos III". Insiste en que entre el reinado de Carlos III (1759-1788) y el de Carlos IV (1788-1808) hubo un brusco cambio en la orientación política, algo que carece de sentido si se estudia el gabinete ministerial conformado por Manuel Godoy, ocupando el propio Jovellanos la cartera de Gracia y Justicia. La mayor parte de los cambios consecuencia del miedo a la Revolución Francesa se habrían impuesto igualmente con Carlos III, como evidencia la actitud de Floridablanca (ministro todopoderoso con dicho rey) en la frontera pirenaica.

La biografía no deja de ser también totalmente injusta con Manuel Godoy. Es cierto que era un advenedizo, como muchos de los principales ministros del siglo (Ripperdá y Alberoni con Felipe V o el propio Floridablanca con Carlos III son buenos ejemplos de ello), pero como recuerda John Lynch, Godoy solo se consagró cuando se hizo evidente que los políticos de la época anterior no sabían reaccionar ante la nueva situación que se vivía en Europa. Godoy practicó en exceso el nepotismo, pero no era más corrupto que la mayoría de sus predecesores. Fernández Álvarez también obvia el impulso que Jovellanos recibió del nuevo favorito para publicar su Informe sobre la ley agraria.

Una buena biografía de este intelectual debería haber insistido más en la esencia de la Ilustración española, sobre todo en la caída en desgracia del probablemente pensador español más radical del siglo de las luces, Pablo de Olavide, condenado como hereje por el tribunal de la Inquisición en plena época carlostercerista. También en los efectos que tuvo en el panorama educativo la expulsión de los jesuitas en 1767 y el sistema endogámico que triunfaba en los colegios medios y mayores de toda España.  En vez de eso tenemos una visión bastante amable y, sobretodo, tergiversada de la situación del país en aquella época. Una concepción en la que el poder regio prácticamente carece de responsabilidades en lo que a las crisis y fracasos se refiere. Cuando habla de los males del campo a raíz de la redacción del Informe de la ley agrariano no los relaciona con el fracaso de la administración borbónica a lo largo de todo el siglo.

En La España de la Ilustración (1700-1833)los historiadores franceses Jean-Pierre Amalric y Lucienne Domergue consideran a Jovellanos el intelectual más importante de todo el siglo XVIII, resaltando la repercusión de su pensamiento, que no de su obra política. Ciertamente nunca gozó de gran poder político. Aunque también es muy interesante todo su ascenso por la carrera judicial, Manuel Fernández Álvarez pierde otra oportunidad de oro para evidenciar un sistema judicial que era totalmente injusto y anticuado, además de sumamente cruel. Esto no le impide horrorizarse por los excesos de la Revolución Francesa, cuando los sistemas de gobierno borbónicos fueron más salvajes en el uso de la justicia en muchas ocasiones (solo recordar la salvaje represión que Carlos III impuso en América tras la rebelión de Tupac Amaru en 1781)

La actitud de Jovellanos ante los acontecimientos que estallaron en Francia en 1789 es muy interesante. Admirador del modelo político inglés y de la Constitución francesa de 1791, aunque enemigo radical de alcanzar esos logros mediante la violencia de una revolución. Manuel Fernández Álvarez incluso muestra algunos fragmentos de cartas en los que el gijonés llega a considerar que el modelo republicano podía llegar a aplicarse si llegaba el momento. Sin duda una de las consideraciones más lúcidas de Jovellanos sobre la nueva situación internacional fue el ver inmediatamente en Napoleón Bonaparte a un tirano y a un dictador.

Jovellanos sería víctima de intrigas políticas y del exilio (como muchas otras figuras importantes del momento, caso del Conde de Aranda). Recluido en Bellver a comienzos del siglo XIX para luego ser liberado con el ascenso al trono de Fernando VII. Renunció a participar en el gobierno de José I. Esta es la peor parte de la biografía de Fernández Álvarez, señalando que se decidió a luchar por la libertad y que no podía aceptar el constitucionalismo y el nuevo régimen liberal si venía de mano de un régimen extranjero. No cuestiono aquí la integridad política de Melchor Gaspar de Jovellanos, pero sí el nacionalismo rancio del biógrafo, quien solo ve en su biografiado a un justo y honesto patriota, un modelo cívico a seguir. Se encuentra muy cómodo escribiendo sobre alguien que legitimaba al régimen borbónico con planteamientos reformistas. Los Borbones perdieron toda legitimidad al regalar España a Napoleón.

El gobierno importado de Francia era una gran mentira (solo hay que ver las notas al pie de Napoleón a su edición de El príncipede Maquiavelo para ver hasta qué punto traicionaba todos los logros de la Revolución Francesa), pero el nuevo gobierno liberal no carecía tampoco de grandes contradicciones, al jurar lealtad a un rey cuya correspondencia con el emperador francés evidencia un total desentendimiento de los acontecimientos que tenían lugar en España.

Rafael Sánchez Mantero muestra en su biografía del rey felón (también del año 2001), la total desconexión entre los principios liberales promulgados en Cádiz en 1812 y las aspiraciones del pueblo español en ese momento, que solo ansiaba echar a los franceses, acabar con la guerra y volver a la normalidad. Esto se volvería a repetir con el trienio liberal (1820-1823), cuando las masas campesinas se opusieron de nuevo radicalmente a los cambios. Se trataba de un liberalismo para propietarios que no les beneficiaba más que el modelo previo. Aunque sería injusto no reconocer sus logros, como el poner fin a la Inquisición y el declarar numerosas libertades.

La de Jovellanos es la vida de un intelectual que observa atentamente los núcleos de poder, cultura, justicia y economía en un siglo muy duro y complejo que precede a una época revolucionaria. Sin duda una buena biografía debe ser también un excelente trabajo sobre la España dieciochesca en todos sus campos. La de Manuel Fernández Álvarez no es esa biografía. Es un trabajo horrible y en absoluto recomendable.