El Revisor

Un repaso a la Historia de Portugal

Escrito por elrevisor 26-08-2014 en Historia de Portugal. Comentarios (0)

El vecino portugués ha ido acumulando de los siglos una Historia compleja con muchos puntos en común con la española pero también con diferencias importantes. Siempre resulta enriquecedor para el análisis de los anales españoles el echar una ojeada al desarrollo contemporáneo de Portugal, país que jugó un papel clave con el resto de reinos ibéricos en la llamada Reconquista, así como en la época de los descubrimientos de los siglos XV y XVI y la debacle de su supremacía mundial a lo largo del XVII.Historia de Portugal, publicada por José Hermano Saraiva a mediados de los años ochenta del pasado siglo, es un resumen de este devenir muy recomendable para el público español.

Sin duda el grueso de la obra son los siglos modernos, lo que iría de la conquista lusa de la ciudad de Ceuta en 1415 hasta la entrada del país en las guerras napoleónicas, acontecimiento que significó el fin de la prosperidad fruto de la gestión del marqués de Pombal durante el reinado de José I (1750-1777). Es una pena que pase tan de largo de la ocupación romana, dedicándole a un personaje tan interesante como Viriato tan solo unas pocas líneas. A pesar de esto sí que profundiza en otra seria de personajes destacables y no tan solo de la vida política. Es muy ilustrativo el retrato que hace de Afonso Henriques, primer rey de Portugal (1128-1139), genial tanto política como militarmente. La obra también resulta muy útil en cuanto a sus consideraciones sobre el desarrollo social y cultural, retrotrayéndose las enormes diferencias entre el norte y el sur a la Edad Media, época en la que el norte del país queda dominada por la burguesía de ciudades modernas como Coímbra y Oporto y el sur es repartido en latifundios entre las distintas órdenes de caballería que participaron en su conquista. La época colonial también habría impedido el desarrollo industrial al hacer mucho más rentables las exportaciones. El hecho de que los gastos de mantenimiento de dicho imperio se disparasen en poco tiempo es una de las principales causas, en opinión de Saraiva, de la decadencia de esta potencia.

Creo que uno de los puntos más fuertes del libro son sus consideraciones sobre la decadencia cultural portuguesa, desde una época realmente brillante en el reinado de Manuel el Afortunado (1495-1521) con literatos como Gil Vicente y Luis de Câmoes y grandes estilos artísticos como el manuelino  se evolucionó a un suicidio artístico en los tiempos de Juan III (1521-1557) con el predominio ideológico de la Iglesia y la Inquisición. Se impusieron la censura y la lucha contra la llegada de nuevas ideas en un país que se encontraba acorralado en un rincón de la vieja Europa, teniendo como vecina a la cada vez más reaccionaria Monarquía Hispánica. Tras esto las aportaciones portuguesas en el campo intelectual es mínimo hasta la Generación del 70 y Pessoa a finales ya del siglo XIX, una segunda edad dorada para las letras portuguesas. En el entreacto nos encontramos con una Ilustración bastante pobre hasta la llegada al poder del marqués de Pombal en 1750, auténtico hombre de Estado que fomentó la llegada de especialistas europeos y renovó el sistema educativo portugués consumada ya la expulsión de los jesuitas, orden religiosa que tenía anclada la educación siguiendo aún los principios contrarreformistas del XVI.

Podrían sacarse una serie de gigantes de la alta política portuguesa a raíz de la lectura de Saraiva; Afonso Henriques, Juan II, Pombal, Mouzinho da Silveira o el dictador Oliveira Salazar. De estos el juicio más importante que desarrolla el autor es acerca del valido del rey José I, José Carvalho. En gran parte sus formas de llegar al poder y de consolidarse en el mismo parecen más propias de dictadores de épocas posteriores, con una fuerte represión inicial e importantes golpes de efecto que desbarataron durante su época tanto a la nobleza como al clero. Sin embargo también estamos ante un hombre que frente a un monarca claramente incapaz se comportaba como un auténtico déspota ilustrado. Su reformismo haría entrar a las arcas públicas portuguesas en superávit por primera vez desde los tiempos del Afortunado, su tolerancia a las ideas relacionadas con la revolución científica y los avances en arquitectura permitirían a Portugal despertar de un largo letargo y con una política exterior inteligente y con tendencia a la neutralidad consolidaría el imperio colonial y sus rutas comerciales. Aunque no dejase de ser un dictador, además de un corrupto, fue capaz de legar una administración sólida que tan solo se derrumbaría con la invasión de Napoleón. La España de Carlos III no presentó gestores tan brillantes, aunque tampoco éticamente menos reprobables. Fue el marqués de la Ensenada (en el reinado de Fernando VI) el político con proyectos y ambiciones más parecidas, pero nunca llegó a acumular tanto poder como Pombal, personaje aún hoy polémico dentro de la historiografía portuguesa.

Es una pena que esta síntesis de la Historia portuguesa pierda tanto ímpetu en lo que se refiere al siglo XX. Si el desarrollo del constitucionalismo y el desgaste de la institución monárquica está bien explicado observamos que ya apenas señala nada de los últimos reinados de Carlos I (1889-1908) y Manuel II (1908-1910). La Primera República (1910-1926) fue un fracaso y no supuso una consolidación de ideas más democráticas, pero el libro apenas resume su transcurso, así como la dictadura militar que le puso fin en 1926 y el Estado Novo instaurado por Oliveira Salazar en 1933.

Es entendible solo por la poca distancia temporal lo poco que decide a arriesgarse a escribir sobre la época de Salazar, pero esto no deja de quitarle cierto valor a la obra. Apenas unas pocas pinceladas sobre la personalidad del dictador y una exposición rápida de sus éxitos económicos iniciales sumado a su incapacidad posterior para adaptarse a las nuevas generaciones y a los nuevos tiempos. Saraiva concluye señalando Portugal aún no ha sabido amoldarse a la democracia post salazarista, pero poco más dice de la III República, tan joven cuando se publicó este ensayo. También omite casi por completo la Revolución de los claveles. Es por tanto poco aconsejable para los interesados en la Historia más reciente del país.


Psicoanálisis a un Conde Duque ambicioso y a un rey simpático

Escrito por elrevisor 18-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

La biografía de Gaspar de Guzmán redactada por el médico español Gregorio Marañón a finales de los años treinta del siglo pasado y que lleva por título El Conde Duque de Olivares. La pasión de mandar es más una obra literaria que un estudio firmemente histórico. Un análisis naturalista de la personalidad no solo del hombre fuerte en la primera época de Felipe IV (entre 1621 y 1643), sino también del propio rey y de la corte española. Escrito con una genialidad realmente admirable, peca sin embargo de dejar de lado el derrumbe de los ejércitos de la Monarquía Hispánica en los diferentes escenarios en Europa, de las relaciones internacionales y prácticamente de todo lo que fuese más allá de la Corte. Si bien en lo referente a este entorno es bastante preciso. La obra es totalmente demoledora con aquellos ilustres genios que formaron la última generación de los siglos de oro. Aquellos poetas que para medrar y ascender no dejaban de adular al Conde Duque y a Felipe IV. El que sin duda fue más lamentable en este aspecto fue Quevedo, quien alabó al Conde Duque en poemas y comedias para luego volverse contra él tras caer en desgracia por oscuros motivos.

El pequeño prólogo con el que Marañón abre su obra (publicada en 1936) es una verdadera joya y un análisis interesante de la personalidad humana, en lucha constante entre el destacar y el subordinarse, la pasión de mandar es algo muy humano que a veces llega a unos límites insospechado, siendo los momentos críticos idóneos para el alzamiento de dictadores que la padecen, caso de Gaspar de Guzmán.

En el prólogo ya se aprecian todas las intenciones del autor, que reniega de hacer un estudio propiamente histórico. Marañón aprovecha la vida de Olivares para estudiar este curioso fenómeno psicológico. A partir de aquí inicia un estudio riguroso de su vida desde una perspectiva médica y naturalista. Para Marañón todo está determinado por los genes y el entorno, por lo que estudia a la familia del Conde Duque y la situación de aquellas instituciones políticas en las que se movió. Tiene gran importancia en la obra el concepto nietzscheano de la voluntad (de hecho está dedicada a Azorín, cuya obra más importante tiene precisamente este título, La voluntad). Olivares tenía una ambición desmedida, al nivel de su fuerza de voluntad. Frente a esto encontramos a un Felipe IV incapaz totalmente de tomar decisiones y que se sirvió de otros privados tras la caída de Olivares (Luis de Haro y Sor María).

Tiene apuntes y desvaríos bastante curiosos. Para Marañón los dictadores se diferenciaban por su forma física. Así contraponía a un Olivares grande y obeso caracterizado por los grandes ademanes y la importancia de las formas frente a un Richelieu alto, escuálido, austero y cruel. Es muy crítico con este último y muy condescendiente con el primero. Olivares fue un desastre político para la Monarquía Hispánica, un megalómano con ansias de grandezas política y militar que acabó rendido ante la realidad.

No puedo sino rechazar muchos de sus juicios. Exculpa a Olivares de los desastres que sufrió la Monarquía en aquella época. El Conde Duque heredó una situación política con una situación exterior controlada, aunque miserable en el interior. Decidió  recuperar el espíritu de las campañas de Carlos V y de Felipe II, lo cual fue un desastre. Marañón señala que fue un político anacrónico, pero esa política que reemprendió fue la que había arruinado a esa Castilla que según Marañón tanto amó y que en realidad hundió todavía más. Sus intentos de unificar las distintas coronas en un gran estado español fueron llevadas de manera torpe, y teniendo como objeto el mantener las guerras que había reabierto en Holanda. Por no hablar de negarse a establecer una alianza matrimonial con Inglaterra. Todo en él fueron errores desastrosos. Es realmente cómico cuando Marañón apunta que Portugal y España no podían estar juntas por motivos biológicos.

Es interesante lo que dice de que los Austrias tenían poca voluntad, y que está fue siendo aún menor según pasaron las generaciones. Para él de los reyes de esta familia Carlos I despertaba admiración, Felipe II respeto, Felipe III indiferencia, Felipe IV simpatía y Carlos II lástima. Es una afirmación lúcida, aunque yo no comparta en absoluto su admiración a Carlos I. Mucho menos comparto las simpatías a Felipe IV ¿Quién puede sentir simpatías por un rey que pide consejos militares a una monja que no sabe nada de la guerra? ¿Un rey que representa la lujuria y el "donjuanismo" sexual y que a la vez impone rigurosas leyes morales"? Felipe IV casi impone la misma lástima que su hijo hechizado. Ciertamente no se puede negar que el Rey Planeta gozase de un buen gusto para el arte poco habitual y de una elegancia exquisita. Un gran mecenas y un rey penoso. Simpático solo a ratos.

Marañón veía más culpables de la situación al pueblo "vago y holgazán" que al rey y a su ministro. Esa afirmación era obscena e injusta. El texto está brillantemente escrito. Marañón fue un intelectual de merecida reputación pero, como el mismo afirma en el prólogo, no era historiador. Solo se sirvió de la Historia para desplegar sus teorías biológicas y científicas. Sin duda gracias a su clásico podemos entender mejor a Gaspar de Guzmán como hombre, pero no las consecuencias de sus actos políticos. Como hombre nos encontramos con un megalómano de ambición desmedida y tendencias depresivas, obsesionado con perpetuar su linaje y encabezar ejércitos en gloriosas batallas. Como político a un iluso en gran medida, que fue estafado por varios arbitristas, que no tenía ni idea de economía y que en muchas ocasiones careció de escrúpulos. Marañón niega que quisiera tener apartado a Felipe IV  de la vida política, más bien lo contrario, pero el rey era demasiado débil. Ciertamente eso lo evidencia el hecho de que siguió sirviéndose de ministros todopoderosos.

Como conclusión señalar que se trata de una obra recomendable desde el punto de vista literario. Una biografía con todo el espíritu de la Generación del 98. Como análisis de esa época tiene un valor bastante limitado.


¿Quién fue Felipe II?

Escrito por elrevisor 12-06-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

azalak.jpg31589.jpg

Creo que los españoles merecemos una respuesta convincente a esta pregunta ¿Quién se esconde bajo esa leyenda negra que ha marcado para siempre la visión de la Historia de España? ¿Un monarca digno de ser tachado de cruel, tirano, fanático, perverso y malvado? Felipe II ha despertado siempre sentimientos muy dispares entre los historiadores, pero fue la fecha del quinto centenario de su muerte, 1998, la que marcó un cambio en el trato dispensado a este rey. El resultado ha sido una bibliografía opuesta a la visión tradicional, resaltando sus virtudes y describiéndole como un hombre de su tiempo. Creo que dos de las obras más reseñables sobre este monarca y las consecuencias de sus actos son La España de Felipe II de Joseph Pérez y Felipe II: La biografía definitiva de Geoffrey Parker.

Ambos autores coinciden en presentarle como un príncipe del renacimiento. Parker es bastante insistente no solo en su educación, sino en resaltar también su faceta más artística. El joven príncipe conocía muy bien las ideas venidas de Europa, estando al tanto de obras tan revolucionarias como la de Copérnico, pero él mismo se dedicó también de joven a la pintura y a la poesía. Joseph Pérez defiende que con su reinado (1556-1598) se produjo un vuelco ideológico con respecto al ambiente cultural de la época de Carlos V (1516-1556), aunque no habría sido una cuestión del nuevo rey. Pérez desmonta el mito de un Carlos V liberal y moderno frente a un Felipe II excesivamente conservador. Para acallar el incipiente protestantismo en las ciudades de Sevilla y Valladolid recién coronado Felipe II y Carlos V recluido en Yuste, fue el padre el que insistió con más ahínco en reprimir con excesiva dureza dichos focos. Poco antes, cuando Felipe era rey consorte de Inglaterra, no hizo gala de ningún acto de fanatismo con respecto a la población protestante. Estos dos ejemplos nos muestran que los hechos no fueron tan simples.

Pérez está muy lejos de defender al rey prudente ciegamente. Señala que hizo honor a su sobrenombre al comienzo de su reinado, al hacer exigencias moderadas a una Francia hundida por la derrota de San Quintin (1557) y en el resto de cuestiones en general. Esta prudencia desaparece totalmente en los años finales del reinado. El rey intentó imponer en Francia a su hija Isabel Clara Eugenia como reina. También mandó al Duque de Alba cruzar las fronteras de Portugal con su ejército  en un momento en que el país ya casi le había jurado lealtad a su nuevo rey. Lo del Duque de Alba terminó con el saqueo de la misma Lisboa y un resentimiento entre los portugueses que crecería hasta estallar en 1640. Las órdenes que dio a Alejandro Farnesio de invadir Francia desde Flandes a comienzos de 1590 condenó (según Pérez) a perder una guerra que se alargaría ochenta años.

Tanto Pérez como Parker desmontan la figura que la leyenda negra ha transmitido de Felipe II, pero la nueva imagen tampoco es agradable en absoluto. Pérez le tacha de excesivamente tímido e incluso de cobarde, a raíz de abandonar a su amigo Carranza a las garras de la Inquisición en 1559. Los dos coinciden en que era también muy inseguro, y con esta inseguridad jugó todo lo que quiso Antonio Pérez. Un rey frío y distante que ordenó matar representantes de Flandes en Madrid cuando estallaba el conflicto los Países Bajos, haciéndolo pasar por muerte natural. Pérez también resalta su personalidad celosa, al pretender siempre rodearse de mediocres.

Parker es mucho más amable a la hora de describirle. Destaca el dolor que padeció ante la enfermedad que sufrió su hijo Don Carlos y como la tragedia afectó a las relaciones entre padre e hijo. También el afecto que sintió por su tercera esposa, Isabel de Valois, y por la hija de ambos, Isabel Clara Eugenia. Hombre en extremo ordenado, amante de la limpieza y totalmente inexpresivo, hasta el punto de que muchas veces era imposible deducir su estado de humor o lo que estaba pensando. Sin embargo, es Pérez el que más insiste en desmontar la idea de que era un fanático religioso. La religiosidad del rey se amoldaba plenamente a las ideas de su tiempo. Consideraba que los súbditos debían compartir la fe del rey por cuestiones de Estado, así por ejemplo  intentó mantener unas relaciones cordiales con la Inglaterra anglicana de Isabel I (1558-1603). Mientras Francia se hundía en ocho guerras civiles por cuestiones de intolerancia religiosa, él insistía en mantener abierto el frente de Flandes, cuya guerra no era tanto por motivos religiosos, pues los flamencos querían recuperar las relaciones con el rey de la época de Carlos V. En una época donde aún no se puede hablar de idea de nación eran la fe y el monarca lo que unía a los súbditos. Más aún en un conglomerado tan enorme y de culturas tan variadas como era la Monarquía Hispánica.

Ciertamente en aquella época España no existía como unidad política. La Monarquía Hispánica era un conjunto de estados que por herencia acabaron recayendo en la familia de los Austrias. Todo lo que afectaba a las leyes, a la justicia, a la economía o a la lengua variaba de un reino a otro. En esta situación política tan particular Castilla era el motor económico y también el cultural. Pero Pérez insiste en que no existía el estado español, no así la idea de España.

Pérez y Parker describen una situación cultural muy estimulante en aquel mundo hispánico. En esta situación Felipe II se alzó como el gran mecenas de las artes y las letras, pero también impulsó enormemente la geografía, lográndose gracias a su iniciativa un mayor conocimiento de la topografía de la península. También fue una buena época para las matemáticas, en un momento de renovación arquitectónica, y para los estudios de las cultura clásica y hebraica. Estos autores insisten en que bajo su reinado encontramos un ambiente muy propicio para el desarrollo intelectual. Pérez pone el ejemplo de que la obra de Copérnico no entró en el Índice de los libros prohibidos hasta comienzos del siglo XVII. Con Felipe II la Inquisición se mostró hostil frente a las obras de teología y filosofía, no siendo especialmente beligerante con los escritos de ciencias exactas y naturales.

A su muerte el rey era tremendamente impopular. Cervantes escribía sonetos satíricos sobre su persona y circulaban numerosos chistes por las ciudades. Pérez es tajante, sus súbditos eran más pobres cuando murió que cuando fue coronado. Parker señala que el enorme coste de las fastuosas y gigantescas celebraciones fúnebres, celebradas a lo largo de toda la Monarquía, no le hicieron especialmente más querido. Las costas eran saqueadas y las arcas estaban en un estado crítico. Parker apunta que la memoria española no lo rescató hasta prácticamente el reinado de Felipe IV (1621-1665). Cuando la monarquía se derrumbaba y perdía la supremacía en Europa en Castilla se tomó conciencia de que había tenido un rey respetado en el exterior, y sobre todo temido. Irónicamente el Conde Duque de Olivares había retomado su beligerancia, apartada en gran parte en tiempos del mucho más calmado Felipe III (1598-1621).

Como conclusión muestro toda mi conformidad con Joseph Pérez cuando señaló que el rey impuso sobre los intereses nacionales de Castilla sus intereses dinásticos. Carlos V y Felipe II desestructuraron la economía de un país potente en pro de su megalomanía. Parker considera, creo que con acierto, que de esa época quien gobernó con más conciencia nacional fue Isabel de Portugal, regente durante la ausencia de su marido. Se otorgaron privilegios a banqueros genoveses, italianos y flamencos y se sacrificó la potente industria castellana para conseguir créditos de manera rápida. Tras eso resultó más beneficioso dedicarse al rentismo y se consagró el tópico de que los españoles eran unos vagos. La península ibérica quedó apartada de las nuevas formas económicas y condenada a la pobreza y el estancamiento. Obviamente el de Felipe II no es un buen legado.


El desastroso rey Carlos

Escrito por elrevisor 19-05-2014 en Historia de España. Comentarios (9)


Existen dos ensayos que facilitan el entendimiento del desastroso reinado de Carlos III (1759-1788). Uno es Carlos III y la España de la Ilustración de Domínguez Ortiz, el otro, La España del siglo XVIII, es de John Lynch. La lectura de estas dos obras (sobre todo la de Lynch) permite entrever que el Borbón y sus ministros estuvieron muy lejos de llevarse por el espíritu ilustrado y que sus acciones estuvieron más orientadas por la improvisación, ante la falta de un modelo de gobierno establecido, y las propias querellas internas de la casta política del momento.

La de Domínguez Ortiz hace un repaso de la vida del monarca, incluyendo apuntes interesantes de su estancia en Nápoles. El autor muestra simpatías evidentes hacia su figura, lo que no le evita hacer juicios bastante correctos y acertados sobre los efectos del reinado, optando por un estudio sectorial antes que una revisión cronológica. Analiza sus relaciones con la Iglesia, la nobleza, la evolución social y la situación americana. Estimula una serie de reflexiones sobre la historiografía española, poco dada a la autocrítica y muy amiga de las palmaditas en la espalda. Es injusto afirmar tajantemente que Carlos III fue un gran déspota ilustrado, cuando Carlos IV heredó un reino hundido económicamente en 1788 y preparado ya para perder sus posesiones americanas. Quizá para mitificar a Carlos III fue necesario degradar enormemente a Carlos IV y a Manuel Godoy, como si hubiesen heredado una buena situación. Al respecto John Lynch afirma que lo que diferencia a ambas etapas no es el estar imbuida la primera de tintes progresistas (ni muchísimo menos) y la segunda de un espíritu completamente reaccionario. Para Lynch la diferencia es la fuerza. La de Carlos III era una España que podía soportar la improvisación, y donde los errores no te condenaban al exilio y la abdicación.

Es mentira eso de que la Historia pone a cada uno en su lugar, condenando así a no entender correctamente el transcurso de una época. Godoy y Floridablanca no se diferenciaban demasiado, de hecho el ministro de Carlos III era bastante más conservador, y gozó durante la mayor parte del reinado del "rey filósofo" (cuyos gustos estaban muy lejos de la literatura, la música o nada lejanamente cercano a la estimulación de un pensamiento filosófico) de un poder que en nada tuvo que envidiar al de Manuel Godoy.

Algo muy bueno de la obra de Domínguez Ortiz es que combina perfectamente la biografía personal del rey con el desarrollo más político de su reinado, incidiendo en aquellos aspectos de su personalidad que más ayudan a explicar sus decisiones, como su total aversión a los cambios o el celo de su poder absoluto. La obra no está completamente cerrada al período que va de 1759 a 1788, sino que también analiza la evolución del estado español desde la coronación de Felipe V a comienzos del siglo XVIII. John Lynch profundiza aún más en los reinados anteriores. Carlos III brilló como un hombre sereno en un siglo de reyes locos, pero tanto Ortiz como Lynch inciden en que estaba muy, muy lejos de ser brillante.

No hay duda de que la política exterior de Carlos III estuvo muy lejos de ser la deseada. Supusieron un gran lastre económico para el desarrollo del país los tres conflictos en los que se introdujo. Esta política exterior supuso una ruptura brusca con la llevada a cabo por su hermanastro Fernando VI, monarca que odiaba la guerra y se negó a entrar en ningún conflicto en los escasos trece años que reinó. Hubiese sido inteligente mantener esta actitud. En el XVIII la capacidad bélica española estaba muy lejos de ser una sombra de lo que había sido en los tiempos de Carlos V y de Felipe II. John Lynch señala que el ejército español no estaba a la altura de ninguna gran potencia europea, y que armada tenía una función claramente disuasoria, al ser potente pero dirigida por almirantes incompetentes. La marina debía intimidar desde los puertos, pero evitar los grandes enfrentamientos. La alianza con Francia hizo parecer a España algo que no era, un imperio sólido.

Domínguez Ortiz pretende justificar este abandono de la política de neutralidad. España era un país lo suficientemente importante y lo bastante grande como para abstenerse de participar en algunas de las guerras que se dieron a lo largo del mundo en la segunda mitad del siglo XVIII, además de que no podía tolerar el creciente predominio británico en los mares. Son dos razones de peso, sin embargo todas las guerras de este reinado fueron un absoluto error. Primero la de los siete años (1756-1763), pues para cuando Carlos III decidió participar al poco de ser coronado rey de España en apoyo de los franceses, estos ya prácticamente habían perdido la guerra. Era muy improbable que la entrada de España cambiase el rumbo de un enfrentamiento que ya tenía en Gran Bretaña un claro vencedor. La guerra llegó a la península al enfrentarse también al Portugal del Marqués de Pombal y los desastres no tardaron en llegar, siendo ocupadas Cuba y parte de Filipinas. La guerra terminó con la renuncia de Florida y desventajosos tratados comerciales con los británicos. En compensación Francia entregó la Luisiana, que era en su mayoría un territorio desconocido y sin colonizar.

¿Y qué decir del interesadamente olvidado ataque a la ciudad de Argel en 1775 que también acabó en fracaso? Solo fue otra sangrante herida más a una economía española que empezaba a vislumbrar ya una crisis que no pararía en lo que quedaba de siglo. Pero sin duda el mayor error de la política exterior de Carlos III fue el apoyo dado a los rebeldes americanos en su guerra contra los británicos. A favor de Carlos III juega, como señala Ortiz, el que de este modo España quedaba como la gran potencia europea en América del Norte, a la vez que asestaba un golpe bestial a Gran Bretaña. Pero Ortiz, obviamente, defiende más la postura de Aranda (entonces embajador en París) que de Floridablanca. El primero entendió perfectamente la evidente contradicción que suponía el apoyar a unos colonos a levantarse contra su rey "legítimo" (¿Algún rey es legítimo?). Apoyar a unas colonias a levantarse frente a la metrópoli. Es muy interesante lo que señala Domínguez Ortiz de que los estadounidenses jamás reconocieron el apoyo español y de que ya antes de acabar la guerra ambicionaban extenderse a Florida y obtener derechos de comercio por el río Grande. España impulsaba así lo que para muchos es la primera revolución moderna. No tardaría en pagar las consecuencias.

Pero el asunto de las trece colonias es más grave para Lynch, pues los ministros de Carlos III quisieron asestar el golpe sin reconocer directamente a los rebeldes. Todo esto ocurría mientras en la América española el rey mandaba a José de Gálvez a desmontar la escasa industria que había, marginar a los criollos de la administración y subir los impuestos a límites insospechados. América se había mantenido fiel a España durante la Guerra de Sucesión, no ocurriría lo mismo con la Guerra de Independencia.

Y al final ¿Qué? Cuando murió el rey ilustrado, cuando el rey reformista desapareció del mapa aún seguían en España la Inquisición, los mayorazgos, las manos muertas, las aduanas internas y los privilegios. No fueron reformas muy profundas, ni mucho menos. Carlos IV y Fernando VII harían el ridículo en Bayona, pero no hay que olvidar como el padre y abuelo se había asustado por muchísimo menos en Madrid, durante los motines de 1766. Domínguez Ortiz cree que Carlos III habría mantenido la dignidad en la misma situación que sus sucesores, yo discrepo.