El Revisor

Hagiografía de un intelectual

Escrito por elrevisor 19-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

1401552202_jovellanos-el-patriota-9788467027563.jpg

La biografía de Manuel Fernández Álvarez acerca de Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) ya lo dice todo con su título,Jovellanos, el patriota. Texto de 2001 que parece redactado hace más de sesenta años y que solo está bien para conocer un par de datos sobre la vida del ilustrado gijonés, pero que por lo demás es enormemente condescendiente.

Jovellanos, el patriotano no profundiza en absoluto en lo que era España durante la segunda mitad del siglo XVIII, limitándose a repetir un par de clichés sobre el reinado del "buen rey Carlos III". Insiste en que entre el reinado de Carlos III (1759-1788) y el de Carlos IV (1788-1808) hubo un brusco cambio en la orientación política, algo que carece de sentido si se estudia el gabinete ministerial conformado por Manuel Godoy, ocupando el propio Jovellanos la cartera de Gracia y Justicia. La mayor parte de los cambios consecuencia del miedo a la Revolución Francesa se habrían impuesto igualmente con Carlos III, como evidencia la actitud de Floridablanca (ministro todopoderoso con dicho rey) en la frontera pirenaica.

La biografía no deja de ser también totalmente injusta con Manuel Godoy. Es cierto que era un advenedizo, como muchos de los principales ministros del siglo (Ripperdá y Alberoni con Felipe V o el propio Floridablanca con Carlos III son buenos ejemplos de ello), pero como recuerda John Lynch, Godoy solo se consagró cuando se hizo evidente que los políticos de la época anterior no sabían reaccionar ante la nueva situación que se vivía en Europa. Godoy practicó en exceso el nepotismo, pero no era más corrupto que la mayoría de sus predecesores. Fernández Álvarez también obvia el impulso que Jovellanos recibió del nuevo favorito para publicar su Informe sobre la ley agraria.

Una buena biografía de este intelectual debería haber insistido más en la esencia de la Ilustración española, sobre todo en la caída en desgracia del probablemente pensador español más radical del siglo de las luces, Pablo de Olavide, condenado como hereje por el tribunal de la Inquisición en plena época carlostercerista. También en los efectos que tuvo en el panorama educativo la expulsión de los jesuitas en 1767 y el sistema endogámico que triunfaba en los colegios medios y mayores de toda España.  En vez de eso tenemos una visión bastante amable y, sobretodo, tergiversada de la situación del país en aquella época. Una concepción en la que el poder regio prácticamente carece de responsabilidades en lo que a las crisis y fracasos se refiere. Cuando habla de los males del campo a raíz de la redacción del Informe de la ley agrariano no los relaciona con el fracaso de la administración borbónica a lo largo de todo el siglo.

En La España de la Ilustración (1700-1833)los historiadores franceses Jean-Pierre Amalric y Lucienne Domergue consideran a Jovellanos el intelectual más importante de todo el siglo XVIII, resaltando la repercusión de su pensamiento, que no de su obra política. Ciertamente nunca gozó de gran poder político. Aunque también es muy interesante todo su ascenso por la carrera judicial, Manuel Fernández Álvarez pierde otra oportunidad de oro para evidenciar un sistema judicial que era totalmente injusto y anticuado, además de sumamente cruel. Esto no le impide horrorizarse por los excesos de la Revolución Francesa, cuando los sistemas de gobierno borbónicos fueron más salvajes en el uso de la justicia en muchas ocasiones (solo recordar la salvaje represión que Carlos III impuso en América tras la rebelión de Tupac Amaru en 1781)

La actitud de Jovellanos ante los acontecimientos que estallaron en Francia en 1789 es muy interesante. Admirador del modelo político inglés y de la Constitución francesa de 1791, aunque enemigo radical de alcanzar esos logros mediante la violencia de una revolución. Manuel Fernández Álvarez incluso muestra algunos fragmentos de cartas en los que el gijonés llega a considerar que el modelo republicano podía llegar a aplicarse si llegaba el momento. Sin duda una de las consideraciones más lúcidas de Jovellanos sobre la nueva situación internacional fue el ver inmediatamente en Napoleón Bonaparte a un tirano y a un dictador.

Jovellanos sería víctima de intrigas políticas y del exilio (como muchas otras figuras importantes del momento, caso del Conde de Aranda). Recluido en Bellver a comienzos del siglo XIX para luego ser liberado con el ascenso al trono de Fernando VII. Renunció a participar en el gobierno de José I. Esta es la peor parte de la biografía de Fernández Álvarez, señalando que se decidió a luchar por la libertad y que no podía aceptar el constitucionalismo y el nuevo régimen liberal si venía de mano de un régimen extranjero. No cuestiono aquí la integridad política de Melchor Gaspar de Jovellanos, pero sí el nacionalismo rancio del biógrafo, quien solo ve en su biografiado a un justo y honesto patriota, un modelo cívico a seguir. Se encuentra muy cómodo escribiendo sobre alguien que legitimaba al régimen borbónico con planteamientos reformistas. Los Borbones perdieron toda legitimidad al regalar España a Napoleón.

El gobierno importado de Francia era una gran mentira (solo hay que ver las notas al pie de Napoleón a su edición de El príncipede Maquiavelo para ver hasta qué punto traicionaba todos los logros de la Revolución Francesa), pero el nuevo gobierno liberal no carecía tampoco de grandes contradicciones, al jurar lealtad a un rey cuya correspondencia con el emperador francés evidencia un total desentendimiento de los acontecimientos que tenían lugar en España.

Rafael Sánchez Mantero muestra en su biografía del rey felón (también del año 2001), la total desconexión entre los principios liberales promulgados en Cádiz en 1812 y las aspiraciones del pueblo español en ese momento, que solo ansiaba echar a los franceses, acabar con la guerra y volver a la normalidad. Esto se volvería a repetir con el trienio liberal (1820-1823), cuando las masas campesinas se opusieron de nuevo radicalmente a los cambios. Se trataba de un liberalismo para propietarios que no les beneficiaba más que el modelo previo. Aunque sería injusto no reconocer sus logros, como el poner fin a la Inquisición y el declarar numerosas libertades.

La de Jovellanos es la vida de un intelectual que observa atentamente los núcleos de poder, cultura, justicia y economía en un siglo muy duro y complejo que precede a una época revolucionaria. Sin duda una buena biografía debe ser también un excelente trabajo sobre la España dieciochesca en todos sus campos. La de Manuel Fernández Álvarez no es esa biografía. Es un trabajo horrible y en absoluto recomendable.


La monarquía que no pudo ser

Escrito por elrevisor 11-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

descarga.jpg

La de Carmen Bolaños Mejías es una excelente tesis doctoral, un trabajo que aborda perfectamente el desafortunado reinado de Amadeo de Saboya entre 1871-1873, incidiendo con absoluta lucidez en lo que fue el sexenio democrático (1868-1874) y la Gloriosa Revolución del 19 de septiembre de 1868. El reinado de Amadeo de Saboya y la monarquía constitucional es un necesario retrato de aquellos días que prometieron democracia y modernidad y que terminaron de la peor manera posible con el regreso de los Borbones. También una reflexión importante de como los intereses de una casta pueden llegar a jugar de manera tan irresponsable con los intereses y necesidades de un país. El reinado de Amadeo de Saboya es una época triste por su desgraciado final, quizá si entonces hubiese tenido éxito un régimen democrático y moderno con un rey respetuoso con la constitución y la legalidad vigente España se hubiese ahorrado momentos muy desagradables, pero una vez más ganó el tradicionalismo, amparado por la familia Borbón.

¿Por qué estalló la revolución? Esta es una pregunta que creó que responde muy bien la autora. Los progresistas no podían acceder al poder por medios legales en tiempos de Isabel II. El general Prim vio bien que los Borbones tenían que irse para que su partido alcanzase el control del Estado. Los moderados habían monopolizado el poder. Había una clara contraposición entre progresismo liberal y tradicionalismo, estando la monarquía interesada en que esto último se consolidase. Entre los progresistas no había en principio ideas de sufragio universal ni especialmente democráticas, pero para que el golpe tuviese éxito necesitaba el apoyo de la población, hastiada por las crisis y harta de los impuestos injustos y del sistema de quintas. El partido que más conectaba con las clases populares era el demócrata, y Prim (que contaba con el apoyo del ejército) tuvo que ceder en varios puntos que en principio no tenía en mente. La adscripción al pacto de Ostende de los unionistas de Serrano terminó de sumar el último elemento conservador al proceso.

El que los progresistas de Prim acallasen desde el principio a las juntas revolucionarias evidencia hasta qué punto quiso que la revolución debía de limitarse a ser el gran golpe que llevase al poder a los progresistas, partido liberal pero no democrático. Desde el principio Prim actuó con formas autoritarias, imponiendo a su candidato para el trono de España, Amadeo de Saboya, sobre otras opciones. Los demócratas empezaban a mostrar claras simpatías por la república y Serrano siempre sugirió la vuelta de los Borbones después de las diferentes reformas que se llevaron a cabo. De hecho los unionistas siempre mostraron reticencias al sufragio universal masculino y el propio Serrano sugirió a Amadeo el suspender los derechos constitucionales, algo a lo que el hijo de Víctor Manuel II se negó.

El proceso de formación de la nueva monarquía no pudo ser más torpe. Se tardaron casi dos años en encontrar a un nuevo rey y se justificaba en la falta del mismo la razón por la que no se emprendían las reformas sociales más alarmantes. Las luchas internas llevaron al asesinato de Prim en la calle del turco cuando aún Amadeo no había llegado a España, primer golpe de efecto para hacer a la nueva monarquía totalmente inviable. La monarquía de Amadeo es toda una anomalía histórica al ser una monarquía electiva en pleno siglo XIX. Aparentemente no tiene mucho sentido el haber derrocado a Isabel II para buscar a otro rey, pero entonces la monarquía era una institución incuestionable en España.

Desde el momento en que llegó el nuevo rey, se le responsabilizaron de todos los males del país que ahora le acogía. Muy pronto se hizo evidente la nula tradición democrática de España, donde Sagasta como ministro de Gobernación amañaba elecciones sin ningún pudor y donde los gobiernos dimitían en masa ante lo que consideraban afrentas del parlamento. Solo en el primer año hubo tres gobiernos. Amadeo tuvo que luchar por el respeto de la Constitución de 1869, así como por el suyo propio, recibiendo desaires constantemente. Se le tachó de déspota al disolver temporalmente las Cortes, con lo que había buscado un período de reflexión ante las constantes crisis de gobierno.  Los rumores corrían por doquier, y a pesar de sus buenas intenciones no consiguió alzarse como la gran figura de estabilidad que entonces necesitaba el país. Fue objeto de dos atentados de los que salió ileso en el transcurso de un corto reinado de apenas un bienio.

Carmen Bolaños no hace un retrato en absoluto amable de los políticos de aquella época. La mayoría de ellos estaban ya en los tiempos de Isabel II y siguieron con la república y Alfonso XII, cobrando buenos sueldos a pesar de no estar para nada a la altura de las necesidades del país. Los unionistas al final fueron fieles colaboradores de la Restauración planeada por Antonio Cánovas del Castillo, mientras los progresistas de Sagasta y de Ruiz Zorrilla eran incapaces de ponerse de acuerdo para gobernar. Los propios progresistas dieron un nuevo impulso a la participación del ejército en política al servirse del él para acallar reivindicaciones demócratas, a la vez que estallaban los conflictos de Cuba y la tercera Guerra Carlista.

Bolaños dedica un apartado al problema de Cuba. Muchas de las principales personalidades del nuevo régimen tenían importantes intereses en la isla y en su sistema esclavista, razón por la cual las tesis abolicionistas siempre tuvieron problemas para ser debatidas. Los hacendados cubanos querían que se respetase su propiedad y que se aplicasen políticas proteccionistas frente al liberalismo septembrista, así pues en la isla los alfonsinos de Cánovas encontraron otro caldo de cultivo para preparar la Restauración. Todas las reformas se quedaban a medias. No se suprimió el sistema de quintas, ni los impuestos de consumo ni hubo una reforma agraria. El Estado español seguía financiando al clero católico (es decir financiaba a sus enemigos, pues una vez más la Iglesia estaba de lado de los tradicionalistas. No podían aceptar que hubiese libertad de culto ni que el rey de España fuese el hijo del unificador de Italia que había acabado con los Estados Pontificios) a la vez que se veía incapaz de sanear las arcas públicas.

La revolución fue un fracaso. Los partidos de la época representaban el interés de una casta, no los de la nación española, precisamente no triunfó por ello la monarquía democrática (a entender de Carmen Bolaños). El rey fue el que cumplió más escrupulosamente con el papel que le confería el marco constitucional que muchos políticos afirmaban había que revisar. Fue el primer experimento de una democracia (limitada pues aún no reconocía el derecho de voto para las mujeres) en España. Un intento de los progresistas para afianzarse en el poder aprovechándose de los anhelos del pueblo español. La falta de una tradición democrática y de un sistema de partidos moderno sumado a los intereses de la élite en las colonias y en mantener sin grandes cambios el sistema económico condujo de manera inevitable a la vuelta de los Borbones en la figura de Alfonso XII. Fue el peor desenlace posible sin duda alguna, y sin embargo leyendo a Bolaños parece casi evidente que no había otra posibilidad. Amadeo nunca tuvo muchas posibilidades como rey de España. Reinó con nobleza, pero la élite del momento no estaba interesada en un monarca con tantos escrúpulos democráticos.

Si se hicieron anarquistas no fue casualidad

Escrito por elrevisor 09-10-2014 en Historia de España. Comentarios (0)


Toda una serie de reflexiones sobre la Historia como ciencia, sobre el movimiento anarquista, la figura de Buenaventura Durruti y la dificultad que tenemos los hijos de la sociedad de consumo para entender a los hombres y mujeres de los años veinte y treinta del siglo XX. Como señala Leval “Para comprender la desesperación de estos hombres y explicar sus acciones, es preciso haber visto la miseria, la terrible miseria que reinaba entonces en España”. Todo esto encontramos en el libro de Enzensberger que lleva por título El corto verano de la anarquía (vida y muerte de Durruti), un trabajo en el que se suceden múltiples voces de testigos de aquellos tiempos. Una historia coral que nos permite replantearnos varios principios historiográficos, ya dice el autor que todo lo que es letra impresa parece incuestionable y académicamente inamovible.

El libro es bueno porque golpea. Mientras se va explicando el desarrollo del anarquismo en España se van entendiendo a partir de los contemporáneos las miserias de aquella sociedad que tanto producía y que tan mal repartía. Recuerda aquella parte tan vergonzosa y lamentable de nuestra historia española en la que el propio Estado apoyado por la alta burguesía armaba bandas de pistoleros para atacar y matar a quemarropa a sindicalistas. Dentro de nuestra endeble memoria colectiva solo los anarquistas eran los violentos, pero es muy interesante ver en esta historia espléndida del anarquismo español como el Estado siempre quiso criminalizar a los anarquistas. Los periódicos y otros medios siempre relacionaban cualquier crimen con ellos, a pesar de carecer de pruebas. Esto recuerda al momento posiblemente más lamentable de la historia de nuestra policía, cuando en los años ochenta del siglo XIX se inventaron una banda criminal anarquista, la mano negra, de la nada para poder asesinar con total impunidad a campesinos ideologizados por la Internacional en Jerez. Son manchas que hemos olvidado, precisamente por eso no podemos entender a los anarquistas.

El libro expone muy bien la postura moral ideal de estos grupos. Robaban y asaltaban bancos pero nunca pretendían quedarse ellos con el dinero, sino que iba para la CNT. No se casaban pero nunca tenían más de una pareja, tampoco bebían en exceso. Hay un peligroso parecido con la ética burguesa calvinista en este aspecto. Quizá con mucha razón el gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche dijo de los anarquistas que eran unos decadentes y unos nihilistas como los cristianos al negar la vida, al negarse a sí mismos dándolo todo a una estructura superior.

También es interesante el cómo aborda el asunto de la mujer dentro del movimiento. El anarquismo declaraba la completa igualdad entre hombres y mujeres, si bien a raíz de testimonios como el de Émilienne Morin (“esposa” de Durruti) vemos que esto también tenía sus limitaciones.

Todo gira en torno a la vida y siete muertes de Buenaventura Durruti, el anarquista español más emblemático. Rebelde por naturaleza, entró a formar parte de los solidarios y de la CNT después de ser expulsado de la UGT por su violencia durante la Huelga General de 1917. Su compromiso con la causa le granjeó el aurea de mito entre sus compañeros. Durruti es la excusa perfecta para analizar las incongruencias de un movimiento que supuestamente rechazaba el culto a la personalidad y carecía de líderes. Pero también intenta responder a la misma pregunta que el documental Buenaventura Durruti anarquista (altamente recomendable) y es que ¿Quién era Durruti? Después de una dictadura de casi cuarenta años solo nos ha quedado el mito, pero como dice Enzensberger “Las mentiras y los mitos contienen algo de verdad”. A través del testimonio de quienes le trataron puede alcanzarse si no una respuesta convincente a esta pregunta sí al menos una idea de la impresión que causó este hombre en su tiempo.

Ciertamente era un hombre de acción, no un revolucionario de salón. Fue consciente de que vivió en la época del todo o nada y dio su vida por destruir a la sociedad (nunca se explica lo suficiente lo cruel e injusta que era esa sociedad) que oprimía a la mayoría de la población. Dio su vida por ello, pasando largas temporadas en la cárcel y siendo varias veces condenado a muerte. En este punto es importante la honestidad sin igual que le atribuyeron sus compañeros, un hombre que había atracado varios bancos y robado millones no tenía nada en el momento de su extraña muerte. Un par devotas, unas gafas de sol, unos prismáticos y dos pistolas.

Enzensberger explica que la II República española estuvo muy lejos de ser un régimen revolucionario, se trataba más bien de la consecuencia lógica de la monarquía acabada de Alfonso XIII. El reformismo fue especialmente limitado en lo que a clases trabajadoras se refiere y la represión contra la CNT especialmente fuerte. El régimen legal era hijo directo del anterior, y heredaba los mismos problemas: una situación social insostenible. El orden se mantuvo a duras penas, y con el estallido de la Guerra Civil la revolución estalló en Barcelona, el comunismo libertario fue una realidad durante un breve lapso de tiempo, suficiente para despertar de la utopía.

Con la guerra los anarquistas tuvieron que sacrificar sus principios más elementales en pro de la eficiencia. Valores como la libertad o la renuncia a cualquier tipo de liderazgo se esfumaron. Durruti se alzó como un líder militar que impuso disciplina a sus hombres, disponiendo en ocasiones de la vida de ellos. En Barcelona el trabajo en las fábricas controladas por la CNT se tornó en una obligación incuestionable, el propio Durruti mandó a trabajar a los gitanos. El que en su día había sido un firme defensor de la libertad y enemigo de la explotación se convirtió en el conflicto en lo que más había odiado. Él mismo tenía miedo de que se sacrificase la revolución en favor de la disciplina como en la Rusia Soviética, y al final fue lo que sucedió. El corresponsal de guerra Ehrenburg no dibuja de manera muy favorable al líder de los anarquistas, quien a pesar de negar que fuera eso se permitía hablar en nombre del movimiento a la prensa británica. No hay duda de que era un jefe y líder, Enzensberger narra su grandioso funeral, señalando que era más propio de un rey.

¿Cómo murió Durruti? No tengo ni idea. Las siete tesis parecen razonables. Tras su muerte en Madrid la guerra siguió. El anarquismo fue perdiendo fuerza, traicionado por el gobierno de la Generalitat de Cambó (cosas que nunca cambian, ayer y hoy solo interesados en su estatuto), por los comunistas (partido totalmente aburguesado según Enzensberger) y por el PSOE (¿Para qué hablar de este partido?) La Guerra fue mucho más que un conflicto entre oprimidos y opresores, fue también una guerra de intereses a nivel internacional. Una guerra entre países.

El fin de la guerra fue el fin de toda una época en España en lo que a lucha de clases se refiere. Se impuso el silencio y ahora cada vez que miramos atrás somos incapaces de empatizar con estos grupos de comunistas, anarquistas y demás revolucionarios. Como si hubiese sido un sueño en la historia del país, como si no tuviésemos nada en común. Va siendo hora de rescatarlos del olvido y sobre todo del desprecio.


El olvidado rey Fernando

Escrito por elrevisor 30-09-2014 en Historia de España. Comentarios (0)

Un excelente manual para entender los logros y fracasos de la España de la Ilustración es el coordinado por Ricardo García Cárcel, en el cual colaboran Virginia León, Jaime Tortella, Lluís Roura y Bernardo Hernández. Sin duda el fuerte de esta Historia de España. Siglo XVIII: La España de los Borbones es el apartado político, aunque sus anotaciones sobre el aspecto cultural y social en la España de la época no desmerecen en absoluto. El único punto flaco del libro es su total desinterés por la cuestión americana. Para entender bien el siglo XVIII en la América española un autor muy recomendable es el hispanista John Lynch.

Este repaso excelente de la historia española en un siglo tan complejo como el XVIII (a quien las generaciones posteriores tanto debemos, pues gozamos de unos frutos que, como indican muy acertadamente los autores, estuvieron lejos de ser degustados por la inmensa mayoría de la población de aquella época) hace justicia a cierto monarca cuyo reinado es el más decisivo en el impulso de los avances ilustrados. Me refiero a Fernando VI (1746-1759), para Jaime Tortella el más destacado de los reyes españoles del XVIII, injustamente eclipsado por su hermanastro Carlos III (1759-1788), monarca inculto, mediocre y responsable de la toma de decisiones claramente perjudiciales para el desarrollo político venidero, como se evidencia al estudiar la España en clara bancarrota que legó a su hijo Carlos IV (1788-1808).

Fernando VI, rey que tenía una conciencia nacional por encima de la dinástica (al contrario que su padre y su medio hermano). Un hombre que parece era de escasa inteligencia pero que con su odio absoluto a la guerra permitió el comienzo de una prospera etapa económica que concluiría en el reinado siguiente con una serie de conflictos difíciles de justificar. En 1748 logra la firma de la paz de Aquisgrán, cerrando así la última de las guerras emprendidas por Felipe V (1700-1746) y por su segunda esposa, Isabel de Farnesio (no deberíamos ver tras la ambición de la madre del futuro Carlos III una gran inteligencia, de su obsesión por situar a sus hijos al frente de varias coronas italianas sacaron claro provecho advenedizos como Alberoni o Ripperdá.) Mientras en el reinado de Felipe V el estado de guerra fue constante y en consecuencia el reformismo muy limitado, en el de Fernando VI los diez años de paz de los que logró proveer al Estado español permitieron a José de Carvajal y Lancaster y al marqués de la Ensenada el desarrollo de una serie de interesantes reformas. Es el tiempo en que más instituciones académicas e ilustradas se abren en España en relación a la duración del reinado, a la vez que se intentó la más revolucionaria de las reformas económicas del siglo, con el catastro de Ensenada que pretendía imponer el llamado impuesto único. Aunque fuese una reforma imposible la experiencia sirvió para un mayor conocimiento social y fiscal del reino.

El marqués de la Ensenada contó hasta 1754 con el total apoyo de la corona. Fue el año de la muerte de Carvajal, acontecimiento que aceleró una serie de intrigas palaciales que desembocaron en una reestructuración absoluta del gobierno. De Ensenada pueden destacarse la reconstrucción de la Armada y la reforma fiscal. Aunque también habría que mencionar las políticas discriminatorias y abusivas contra los gitanos en las que Tortella no se centra en exceso.

Culturalmente el avance vino de los intereses cortesanos del propio rey y de su esposa Bárbara de Braganza, así como del cantante y empresario italiano Farinelli, a quien se despacharía groseramente en el período siguiente. Jaime Tortella afirma también que frente a un absoluto desprecio de los artistas españoles por parte de Felipe V, en esta fase nos encontramos con una españolización de las artes. Una cultura renacida que se respiró sin embargo en un ambiente muy reducido, pues no se hizo nada por intentar reducir ese 80% de analfabetismo que afectaba a la sociedad española. De todas formas la situación de paz se vio acompañada de buenas cosechas y una situación de relativa bonanza para las clases populares.

Esta situación de paz se vio amenazada por la coyuntura internacional, al estallar la guerra de los siete años en 1756. Es una pena que el rey cayese en la más absoluta locura en 1758 y muriese poco después en 1759.  La llegada al trono de Carlos III significó entrar en una guerra que ya estaba perdida contra Inglaterra. La relación entre ambos hermanos fue muy tensa, Carlos III, como rey de Nápoles, había insistido en que España debía ir a la guerra desde el principio, como aliados de los Borbones franceses. En 1759 moría un rey loco pero claramente beneficioso para el país, le sucedería un monarca que reiniciaría el constante estado de guerras y derrotas en el extranjero. Un rey que, según Lluís Roura, pone fin al despotismo ilustrado en 1775 para iniciar simplemente el despotismo, al depositar el poder en el reaccionario Floridablanca. Fernando VI se negó a entrar en ninguna guerra y se negó a pagar las deudas bélicas contraídas por su padre. Una deuda ilegítima. Carlos III pagó dicha deuda nada más llegar al poder, un gasto necesario para iniciar sus distintos enfrentamientos.

El libro de García Cárcel no se limita, como ya he dicho, a los tiempos de Fernando VI y Bárbara de Braganza, pero he considerado muy interesante centrarme más en este apartado por dos razones. Primera; Fernando VI antepuso los intereses nacionales a los dinásticos, consecuencia de lo cual consiguió una paz de excelentes resultados. Segunda; la figura de Carlos III ha alterado totalmente la visión historiográfica del XVIII español, siéndosele atribuidos muchos de los logros de su hermano y responsabilizando a su hijo Carlos IV  de muchos de sus errores. Fernando VI merece una reflexión historiográfica y merece una absoluta reconsideración a un nivel de memoria más general. A mi entender, el Borbón más simpático de la Historia de España.


Portugal en el siglo XX. La agonía de un Imperio

Escrito por elrevisor 01-09-2014 en Historia de Portugal. Comentarios (0)

1409580787_9788476352373.jpg9788476352571.jpg

El siglo XX se traduce en fenómenos muy singulares en Portugal, país muy orgulloso de su larga tradición colonial y que empezaba el siglo con una sistema liberal débil que ni en su forma monárquica ni republicana fue capaz de hacer frente a los numerosos problemas económicos y sociales que la golpeaban. En Portugal el problema colonial fue aún más acusado que en otras potencias de Europa al considerar sus posesiones ultramarinas una cuestión firmemente identitaria, un legado de la Edad Moderna. En el siglo XX el régimen portugués se enfrentó contra los nuevos tiempos en una lucha perdida de antemano por mantener su modelo colonial. Las guerras en ultramar y el desprestigio internacional hicieron mella en el régimen salazarista, el país desembocó en la revolución del 25 de abril de mano de aquellos que más habían sufrido manteniendo el imperio, los militares. Dos manuales que sintetizan a la perfección esta época son El Portugal de Salazar de Hipólito de la Torre Gómez y La revolución de los claveles en Portugal, escrita por Josep Sánchez Cervelló.

La obra de Torre Gómez contextualiza bien la construcción del Estado Novo por parte de Salazar en 1933, cuando tanto la monarquía como la república y la consiguiente dictadura militar se habían mostrado incapaces de estabilizar el país.  Son interesantes los datos que da sobre la formación académica del dictador luso, hombre que empezó sus estudios orientado al sacerdocio y que siempre mantuvo fuertes convicciones religiosas y se inició en política en los círculos más críticos con el anticlericalismo republicano. Salazar estudió Derecho en la Universidad de Coímbra, en la cual acabó dando clases como doctor en Derecho financiero. Las semejanzas que presentó el régimen que construyó con el de Franco son importantes, pero en la jefatura del Estado español no encontramos ni de lejos a un intelectual con fuertes conocimientos académicos.

Salazar fue llamado por los militares para estabilizar la situación económica. Su éxito vino de un control exhaustivo del gasto y le dio la popularidad de la que carecían los militares. Si estos habían querido un poco mantener las formas republicanas, el nuevo modelo de Estado sería conocido como la II República con una constitución (la de 1933) que consagraba a Salazar como primer ministro perpetuo pero mantenía un modelo electoral por el que el presidente de la República sería elegido cada siete años.

El Estado Novo fue de facto una dictadura que mantuvo las formas republicanas y un acercamiento político al Reino Unido. Torre Gómez intenta responder a la pregunta de si nos encontramos con un Estado fascista. Aclara que la Alemania Nazi es la excepción al fascismo y no la regla, y que entre el Portugal de Salazar que mantiene la ilusión republicana hay bastantes similitudes con la Italia de Mussolini que respeta la legalidad monárquica. Si bien el régimen de Salazar es más acorde a una definición de autoritario antes que totalitario, no deja de ser cierto, como señala el autor, que no dejó de haber intentos de controlar la vida privada de los portugueses, algo característico de los regímenes totalitarios. Por otra parte los movimientos fascistas no tuvieron la misma fuerza que en Italia y al contrario que Mussolini (que defendía con el fascismo un  avance y una modernización de Italia para volver a ser el Imperio Romano) Salazar se presentaba como un tradicionalista defensor del colonialismo y la economía agraria. Salazar jamás habría amparado a artistas futuristas como hizo Mussolini.

En política exterior cabría hablar primero de lo referente a la Segunda Guerra Mundial. Torre Gómez insiste mucho en la habilidad de Salazar para evitar caer en la órbita de España y en evitar que esta se aliara con la Alemania de Hitler, evitando posiblemente que se repitiesen los acontecimientos de las guerras napoleónicas más de cien años antes. Su política exterior inicial le hizo pertenecer a la OTAN desde época temprana, así como ganar un primer reconocimiento de su legitimidad sobre las colonias al ser un un claro freno al comunismo. Después empezarían las guerras independentistas en las mismas y el abandono de las tropas de Goa abandonadas a su suerte ante la invasión india de 1961. No debe extrañarnos que la revolución fuese dirigida por militares que sabían que esas guerras no podían ganarse. Cervelló recuerda además que en el ejército portugués solo combatís los soldados que tenían hasta el grado de capitán, el resto del alto mando dirigía las operaciones desde posiciones seguras. Razón de más para que la moral bélica no fuese la apropiada para seguir luchando. Sánchez Cervelló hace, en mi opinión, una adecuada comparación con la guerra de Vietnam. En los años sesenta Portugal perdió población, a la vez que aumentaba el desánimo en el ejército y las presiones internacionales. Pero para cuando Marcelo Caetano (defensor de la negociación con las guerrillas) sucedió al incapacitado Salazar en 1968 ya era tarde. El mismo Caetano afirmaría que tenía las horas contadas desde el momento en que llegó.

Cervelló afirma que la revolución del 25 de abril de 1974 podría verse como una respuesta comunista al golpe del 11 de septiembre de 1973 en Chile. La revolución llevó a cabo numerosas nacionalizaciones en Portugal y el Partido Comunista ocupó el poder. La desesperación de algunos militares que no querían abandonar las colonias y de grupos políticos liberales que renegaban del comunismo llevó a una enorme tensión política en el país. El triunfo de una revolución comunista en Portugal no interesaba al resto de potencias de Europa occidental, además uno de los principales golpistas, el general Spinola, acabaría dando el 11 de marzo de 1975 un frustrado contragolpe. La situación acabaría estabilizándose y el poder se repartiría entre el Partido Socialista y el Partido Popular Democrático. Cervelló escribe: Fue bonito mientras duró.

Sánchez Cervelló se sirve de entrevistas con varios protagonistas de la revolución a la vez que incorpora varios textos y comunicados de la época en los que se expresan los dispares puntos de vista de la sociedad portuguesa. Torre Gómez presenta una visión resumida pero correcta de los diferentes problemas a los que tuvo que hacer frente el salazarismo. Dos manuales de unas cien páginas cada uno excelentes para una primera toma de contacto con el Portugal del siglo XX. Ambos pertenecen a la colección de Cuadernos de Historia.