El Revisor

Reconsideraciones sobre el Conde Duque de Olivares

La obra de John Elliot sobre el Conde Duque de Olivares se acerca a muchas cuestiones que Gregorio Marañón dejó sin plantear en la primera biografía del hombre fuerte del reinado de Felipe IV entre 1621 y 1643. Va mucho más allá del personaje, contextualizándole con buen rigor en la mentalidad de una Monarquía Hispánica bien consciente de que ya no era lo que había sido y en una Europa a punto de explotar en una serie de guerras y revoluciones que definitivamente dejaron a las potencias mediterráneas en un segundo orden. Mientras Marañón apenas salía de la corte para hacer un estudio psicológico de Gaspar de Guzmán, Elliot atiende con gran rigor toda la política exterior, así como los grandes problemas que trajeron en su desarrollo una patente desarticulación de la administración interna de la Monarquía.

Desde luego no se trataba de un válido al estilo clásico (como por ejemplo los Duques de Lerma y Uceda en tiempos de Felipe III.  Elliot  llega a cuestionarse si “valido” es un término correcto para referirse a él) pues de verdad trató de hacer de Felipe IV un gran soberano. Recordemos que en 1621 el nuevo monarca contaba con apenas 16 años, y tenía que hacer frente a no pocos problemas. Guzmán trató de conformar un gobierno con un rey firme que contase a su vez con un ministro fuerte, mucho se le debe en la formación intelectual del Rey Planeta. Ahora bien, si Felipe era inteligente, culto, con un buen gusto poco común y de cuerpo atlético padecía el mal de los Habsburgo del que ya hablaba Marañón, una timidez y falta de confianza que se agravaba con el paso de las generaciones. A esa carencia se unía una explosiva mezcla de pasión por el bello sexo y una religiosidad excesiva que le llevaba a sentirse directo responsable de todos los males que afectaban a sus reinos. Pocos eran quienes estaban capacitados para encabezar aquel gigantesco imperio con pies de barro, y Felipe no era uno de ellos… y el Conde Duque tampoco estuvo a la altura.

Convencido de que se necesitaba una regeneración moral de la población y la recuperación de las buenas costumbres castellanas el Conde Duque de Olivares planteó toda una serie de reformas económicas, administrativas y cívicas. Su aspiración era la formación de un Estado español que fuese más allá de la reunión de varias coronas bajo un mismo rey. Dicho Estado debería estar bien unificado, tener una administración eficaz capaz de recuperarse de la crisis económica y crear un fuerte sentimiento nacional que fuese más allá de Castilla al permitir a gentes de los demás reinos ascender en su administración y a la inversa, castellanos en la administración de los otros países que conformaban entonces la monarquía. El proyecto era muy ambicioso, pero apenas consiguió ninguno de sus objetivos debido al estado constante de guerra.

Elliot desarrolla muy bien lo que en la época era el concepto de “reputación” por el cual había que evitar toda paz que diese una sensación de debilidad. También la idea de que una alianza entre los Habsburgo castellanos y los alemanes debía garantizar la paz y la estabilidad en el continente, lo que explica la intervención que resultaría funesta en la Guerra de los treinta años. En esta situación, Olivares nunca planteó (ni recibió) una paz aceptable por parte de los holandeses. Si hasta finales de la década de 1620 parecía que la monarquía había recuperado su antiguo vigor lo cierto es que ampliar aún más los frentes abiertos en la guerra de Mantua fue el gran error de toda su política. Había insistido desde el principio en recuperar el belicismo de unos tiempos idealizados en exceso y protagonizados por Fernando de Aragón, Carlos V y Felipe II. Elliot incide en que el recuerdo en Castilla (y seguramente también en Aragón) de Felipe II era bastante crítico a su muerte, para luego quedar como una época heroica según avanzaba el reinado de Felipe III (1598-1621) con una política exterior timorata y claramente dominado por Lerma. El recuperar esta política exterior agresiva puede justificarse en parte por la mentalidad de la época, pero no hizo de Olivares un político precisamente popular.

Para Elliot una de las consecuencias de su mandato fue el haber arrastrado a la aristocracia y al clero a unas posiciones ultraconservadores al resistirse a sus reformas, lo que explica su radical oposición al reformismo del XVIII, en gran parte deudor de los proyectos de Olivares. También habría que destacar la desestructuración de todo un imperio, al no haber encontrado más que en la guerra un nexo común entre todos los súbditos de Felipe IV. De este modo Portugal alcanzaría su independencia y Aragón luchó fuertemente por ella. La segunda mitad del siglo vería una cierta estabilidad e igualamiento con Francia (muerto ya Richelieu y destrozada por la Fronda) pero para entonces Olivares ya había desaparecido. Su legado es difícil de juzgar, aunque desde luego no tuvo que ser agradable vivir bajo su mandato.


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