El Revisor

España trágica

El sexto volumen sobre la serie Historia de España que dirigen los historiadores Josep Fontana y Ramón Villares y que está escrita por el primero es una excelente síntesis sobre la implantación del liberalismo en el país y las causas que lo pusieron en la cola de Europa occidental, concluyendo de manera creo que muy correcta que no había comparación entre la ruina española y las potencias allende los pirineos y que es un disparate considerar su desastrosa situación política y social como algo “normal” y propio de la época. Su lectura es altamente recomendable y ayuda a entender como pocas obras la situación actual de España a la vez que es todo un placer leerlo porque está escrito con una agilidad tan deliciosa como poco habitual.

Lo mejor del libro es que va destrozando mitos de la historia española página a página desde el reinado de Carlos IV hasta el triste fracaso del sexenio democrático en 1874. Recalcando que Carlos IV, Manuel Godoy y Fernando VII dejaron que Napoleón saquease España a placer hace una radiografía muy interesante de la Guerra de Independencia donde el gran perjudicado fue el pueblo español (víctima del ejército napoleónico, de los aliados británicos y en última instancia de las propias guerrillas nacionales que necesitaban subsistir de alguna manera y que acabaron agrediendo a determinadas poblaciones) y en el que Napoleón lo que llevaba no era precisamente la democracia, sino la conquista y la opresión disfrazada inteligentemente en una monarquía pseudoconstitucional encabezada por José I (monarca bienintencionado pero de facto un mero títere de su hermano y que pintó bien poco en el desarrollo de los acontecimientos) en la que se planeaba la anexión francesa de Cataluña. El liberalismo radical de Cádiz fue posible plasmarlo en papel en ese contexto y no pudo implantarse de facto durante el trienio liberal (1820-1823) ante la vuelta de los franceses llamados de nuevo por esa lacra borbónica con la que España ha cargado ya demasiado tiempo.

En los albores de la Edad Contemporánea el clero católico alcanzó y fomentó un fanatismo extremo, deseoso de mantener su elevada posición política, social y económica y resultando en una fractura que llevaría al surgimiento de grupos guerrilleros ultrarrealistas primero y al estallido de la Primera Guerra Carlista (1833-1840) después. Por otra parte los líderes políticos españoles destacaron tanto por su ambición personal como por su escasa inteligencia. La guerra tardó en terminarse pues había más miedo en Madrid al propio liberalismo que a las fuerzas carlistas.

Lo que viene a defender Fontana a lo largo de toda la obra es que en el Nuevo Régimen se consolidaron en el poder tanto las viejas élites (Corona, clero y nobleza) como una nueva burguesía ascendente centrada en el comercio y un ejército al que se había metido irresponsablemente en política. Estas élites no se preocuparon en ningún momento de industrializar España ni de crear un sentimiento nacional a través de un sistema educativo moderno, pues solo estaban interesados en el enriquecimiento privado, alcanzándose altas cotas de corrupción en los que participaban todos ellos. Es muy significativo estudiar la carrera pública de personajes como Espartero que en tiempos de Fernando VII acalló los levantamientos liberales de Cataluña (a la que España debe muchísimo) con el loco conde de España para después hacerse el adalid del partido progresista o Serrano, quien también siguió con los realistas antes de 1833 para luego pasarse al bando liberal, ser amante de Isabel II, estar entre los revolucionarios de 1854 y entre los contrarrevolucionarios del 56 para sumarse a la del 68 y traicionar tanto a Prim como a Amadeo y aún tener una posición interesante en el sistema de la Restauración Borbónica.

El Estado liberal español decimonónico fue directamente criminal, acallando a sangre y fuego los motines populares contra los sistemas de quintas y consumos, tolerando la llegada de productos extranjeros sin proteger la industria nacional por miedo al creciente movimiento obrero, bombardeando la propia ciudad de Barcelona dos veces en la década de 1840 (Espartero y el propio Prim). En Cataluña encontramos movimientos demócratas y defensores de la soberanía nacional, del asociacionismo y una economía protegida en esta época. Unas reivindicaciones muy adelantadas dadas en la región que hizo que España no se convirtiese directamente en África. El terror (que en contra de unas creencias divulgadas muy interesadamente viene más del orden contrarrevolucionario que del revolucionario) con que la casta de Madrid aterrorizó Barcelona es solo una muestra de los medios que se aplicaron en el reinado de Isabel II para hacer imposible el progreso y la democracia. Es una vergüenza que las grandes calles de la capital de España lleven los nombres de los políticos de aquella época y tengan monumentos a los mismos.

No había conciencia nacional entre los gobernantes ni por supuesto en la figura regia, todo estaba orientado a sus turbios negocios. Nada bueno sacó España de las guerras emprendidas durante la época de O´Donnell y la Unión liberal (1856-1868) y es muy triste que la guerra fuese el único recurso utilizado para crear un sentimiento de unidad. No es casualidad que países que se tomaron más enserio el sistema educativo lograsen con éxito la unificación (Italia y Alemania) mientras que la unión con Portugal fue imposible y nunca planteada seriamente. Las universidades españolas estaban a la cola del mundo civilizado y el sistema educativo primario en manos de una Iglesia que no aceptó el liberalismo hasta 1891 y seguía siendo retrógrada a más no poder. El analfabetismo español era muy superior a finales del siglo al de Francia, Italia y Alemania. Las carreras técnicas tuvieron un desarrollo muy pobre mientras que se estudiaba en masa Derecho para medrar en una administración desastrosa y espesa.

El propio sexenio democrático vino dado por una revolución dirigida en gran parte por la casta de siempre, pues recordemos que el progresista era un partido apartado del gobierno central por moderados y unionistas, a lo que se suma que en 1868 el régimen isabelino era ya insostenible y difícilmente legitimable.  Septiembre de 1868 fue un golpe necesario para que gran parte de la élite se mantuviese donde había estado siempre, si en un determinado momento una monarquía democrática fue posible todo se vino abajo con el asesinato de Prim en la calle del turco en diciembre de 1870. Pero recuérdese (vuelvo a recomendar la tesis doctoral de Carmen García Bolaños sobre el reinado de Amadeo I, reseñada en este blog) que nunca se cumplieron las reivindicaciones populares y que la Primera República fracasó por tímida y no por radical (ni mucho menos como indica Fontana). También es muy llamativo que la bandera tricolor fuese la ondeada por los grupos republicanos de 1868.

Este ensayo alumbra perfectamente los difíciles enredos políticos españoles desde 1808 (fecha en la que España ya se encontraba en una situación bastante difícil después de un siglo XVIII absolutamente mediocre) hasta 1874, atendiendo con precisión igualmente las grandes dificultades sociales y la llegada de las ideas revolucionarias así como su puesta en práctica. La conclusión de Fontana de que las políticas aplicadas en este corto siglo XIX no fueron un fracaso porque no se proponían el desarrollo del país me parece bastante lúcida y certera. “España” fue un proyecto imposible y en el siglo XX las consecuencias serían desastrosas.  


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